Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 10 — EL ASALTO AL BUQUE HELVETIA STAR
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CAPÍTULO 10 — EL ASALTO AL BUQUE HELVETIA STAR

A las seis en punto de la mañana del cuatro de enero, una densa niebla marina, cargada de salitre y frío polar, envolvía los muelles exteriores del Superpuerto de Zierbena , en la bocana del Abra vizcaíno.

Atracado en el espigón norte del Muelle Reina Sofía , bajo las sombras gigantescas de las grúas pórtico de carga de contenedores, rugía el motor diésel auxiliar de propulsión del buque quimiquero de doble casco 'Helvetia Star' .

Un carguero especializado de ciento veinte metros de eslora, dieciocho metros de manga y siete metros de calado, con bandera de conveniencia de Liberia y puerto de registro en Monrovia, formalmente fletado por una filial marítima de Helvetia Petrochemical .

A trescientos metros del buque, en la dársena pesquera de Zierbena, el puesto de mando táctico conjunto ultimaba la cuenta atrás.

El comandante de la Brigada Móvil de la Ertzaintza ( Beltzak ) , el jefe de la Unidad de Buceo Unai Etxebarria , el cabo de bomberos Jon Ander 'Korta' Cortázar y la doctora Leire Arregi sincronizaron sus cronómetros digitales con la señal horaria del satélite GPS.

Korta vestía el chaquetón de intervención ignífugo de color arena con arnés integral de asalto naval, chaleco antibalas nivel IV con placas cerámicas de carburo de boro, casco táctico con cámara termográfica FLIR y el equipo de respiración de circuito cerrado Dräger PSS BG4 plus .

A su lado, Leire vestía el chaleco médico balístico con funda táctica de alta visibilidad, portando en su arnés el respirador de transporte, botellas de oxígeno de composite a trescientos bar, ampollas de antídotos específicos y el maletín de toma de muestras judiciales.

Alrededor de su cuello, Leire acarició el colgante de pirita dorada y plata que Korta le había entregado.

Korta tomó la mano de Leire entre sus guantes de kevlar, mirándola a los ojos con una intensidad que derretía el frío del Cantábrico.

—Entramos en tres vectores simultáneos, Leire. Unai y yo abordamos por la escala de estribor; los Beltzak caen por aire sobre el helipuerto y la dotación de tierra bloquea la pasarela.

—Tú subes con el equipo médico en cuanto aseguremos la cubierta principal. Quédate a cubierto tras el furgón blindado hasta que oigas la clave 'Gernika' por el canal táctico.

Leire apretó la mano de Korta con una firmeza apasionada.

—Ten mucho cuidado en esa bodega criogénica, Jon Ander. Recuerda que te estoy esperando aquí fuera para volver juntos a Galdames.

Korta sonrió con serenidad indomable, besando los labios de Leire con infinita ternura.

—Volveré a ti, Leire. Siempre vuelvo a ti.

A las 06:04 horas, el comandante de los Beltzak dio la orden ejecutiva por la red TETRA.

— «¡Atención todas las unidades! ¡Código Gernika! ¡Inicien el asalto ya!»

En el mar, la embarcación semirrígida de asalto Zodiac Hurricane 920, propulsada por dos motores fueraborda fueraborda de trescientos caballos con escapes sumergidos ultrasilenciosos, cortó las olas del Abra a cuarenta nudos de velocidad.

Al alcanzar la amura de estribor del Helvetia Star , el patrón clavó la proa contra el casco de acero.

Dos buzos tácticos dispararon un arpón neumático con gancho de titanio y escala de cuerda de kevlar que se fijó con fuerza magnética a la regala de la cubierta principal a ocho metros de altura.

Korta y el oficial Unai Etxebarria treparon por la escala con una agilidad felina, encaramándose a la pasarela de estribor en menos de doce segundos.

Simultáneamente, desde el cielo encapotado de la madrugada, el helicóptero biturbina Eurocopter EC135 de la Ertzaintza se posicionó en vuelo estacionario a quince metros sobre la plataforma de popa del carguero.

Seis tiradores de élite de la Brigada Móvil descendieron por la cuerda rápida ( Fast-Rope ), tomando tierra en el helipuerto con los subfusiles MP5 en posición de guardia y bloqueando las salidas de los camarotes de la tripulación.

En tierra firme, dos vehículos blindados URO VAMTAC y el furgón de apeos pesados de Miribilla cruzaron la barrera de control del muelle a toda velocidad, atravesando la pasarela de desembarque y sellando el perímetro terrestre.

En la cubierta superior, dos guardias de seguridad privada mercenaria armados con fusiles automáticos intentaron parapetarse tras las maquinillas de amarre de proa.

— «¡Ertzaintza! ¡Armas al suelo o abrimos fuego!» —bramó el sargento de los Beltzak avanzando con el escudo balístico pesado.

Uno de los mercenarios apuntó su arma hacia la escala.

Dos francotiradores apostados en el patín del helicóptero efectuaron disparos de inmovilización no letales con proyectiles de impacto cinético, derribando a los dos tiradores sobre las planchas metálicas.

Korta y Unai irrumpieron en el Puente de Mando derribando la puerta estanca con un ariete hidráulico.

En el interior, el capitán del buque, un oficial mercante griego de cincuenta y cinco años con antecedentes por tráfico marítimo ilegal en el mar Negro, manipulaba frenéticamente la consola de navegación satelital intentando borrar las rutas de derrota registradas en el ordenador de a bordo.

Unai Etxebarria se abalanzó sobre él, inmovilizando sus brazos contra la bitácora y colocándole los grilletes de acero.

—¡Capitán, queda detenido por orden de la Audiencia Provincial de Bizkaia y la Interpol por delitos de terrorismo ambiental y homicidio! —proclamó Unai con voz firme.

En la consola de control de carga de la timonera, una alarma roja intermitente comenzó a parpadear acompañada de un zumbido agudo.

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Korta miró el display con los ojos encendidos de determinación.

—El jefe de máquinas ha bajado a la bodega inferior para abrir las tomas de mar y vaciar los cuatro tanques en la bocana del puerto antes de que podamos precintarlos.

Korta conectó de inmediato su equipo de circuito cerrado Dräger BG4 plus , ajustándose la máscara panorámica y encendiendo la linterna frontal de alta potencia.

Descendió por la escala vertical de acero de la escotilla de proa, penetrando en el laberinto subterráneo de la Bodega Criogénica Número 2 .

Una inmensa caverna de acero naval de cuarenta metros de longitud, doce metros de anchura y diez metros de puntal, iluminada únicamente por luces de emergencia rojas antideflagrantes.

La temperatura ambiental en la bodega era de ocho grados bajo cero , y una densa niebla blanca de vapor químico condensado flotaba sobre el plan de sentinas.

En el fondo de la bodega, encaramado sobre la pasarela metálica de la válvula de purga de trescientos milímetros, el jefe de máquinas saboteador, armado con una barra de hierro forjado de un metro, golpeaba desesperadamente el volante manual para vencer el bloqueo del servomotor.

Al ver aproximarse a Korta, el saboteador arrojó una lata de disolvente presurizado contra una tubería de vapor caliente.

Una llamarada cegadora estalló en el pasillo central, creando una barrera de fuego entre ambos.

Korta no vaciló un solo segundo.

Desenfundó el extintor portátil de polvo químico seco polivalente ABC de doce kilogramos que portaba al hombro, proyectando un manto sofocante de fosfato monoamónico que extinguió las llamas en cuatro segundos.

Avanzó a través del humo blanco, saltó sobre la pasarela metálica y placó al saboteador contra el mamparo de acero, desarmándolo con una llave de inmovilización táctica y reduciéndolo en el suelo de rejilla.

Busturia descendió por la escala con los grilletes, asegurando al detenido.

—¡Saboteador inmovilizado! —gritó Busturia—. ¡Korta, la válvula maestra sigue perdiendo presión a doce bar!

Korta se arrodilló sobre la plataforma de acero junto al colector principal de trescientos milímetros.

El fluido químico viscoso, cargado de solventes fluorados y grafeno, salpicaba con fuerza a través de la empaquetadura de la prensaestopas.

Korta encajó la llave de trinquete de bronce antichispas de cuarenta y seis milímetros en el eje del volante de la válvula de compuerta.

Apoyó los pies en los refuerzos del mamparo y tiró con toda la musculatura de su espalda y sus brazos, aplicando un par de torsión colosal de seiscientos newtons por metro.

El acero crujió contra la presión del flujo.

Una vuelta... dos vueltas... tres vueltas completas...

Korta apretó los dientes, sintiendo el sudor frío resbalar por su frente bajo la máscara mientras la memoria viva de su padre barrenista y el amor invencible por Leire le infundían una fuerza sobrehumana.

Con un chasquido metálico rotundo, el obturador de cuña encajó en su asiento de estanqueidad.

El flujo tóxico cesó por completo.

El manómetro de presión de descarga cayó a cero absoluto.

A las 06:22 horas, Korta conectó el transmisor de su máscara.

—Puesto de mando, aquí Cortázar —transmitió con respiración agitada pero firme—. Válvula maestra de descarga del Helvetia Star completamente cerrada, bloqueada y asegurada. Cero vertidos al Cantábrico.

A las 06:30 horas, la doctora Leire Arregi subió a bordo del Helvetia Star escoltada por dos agentes de la Brigada Móvil.

Descendió a la bodega criogénica con su maletín de toma de muestras estériles.

Al ver a Korta en pie junto a la válvula cerrada, sano y salvo, Leire sintió que el corazón le daba un vuelco de alivio y orgullo inmenso.

Se acercó a él, apoyando su mano enguantada sobre su pecho blindado.

—Has salvado este mar, Jon Ander. Eres un héroe —susurró Leire mirándolo a través del visor con lágrimas de emoción en los ojos.

Korta acarició la mano de Leire.

—Lo hemos hecho juntos, Leire. Ahora te toca a ti sellar la condena de estos criminales.

Leire desplegó los instrumentos de muestreo.

Conectó la jeringa estéril de teflón de cincuenta mililitros a las tomas de purga de los tanques 1 y 2, extrayendo muestras directas del líquido viscoso ámbar.

Realizó las pruebas presuntivas de cianuro y pH in situ: viraje fulminante a azul de Prusia y pH de 2.2.

A continuación, colocó cuatro precintos judiciales de acero inviolable con código QR y número de serie único sobre las palancas de accionamiento de los cuatro tanques.