Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 08 — LA EMBOSCADA EN LOS HORNOS DE CALCINACIÓN DE ORTUELLA
31%

CAPÍTULO 08 — LA EMBOSCADA EN LOS HORNOS DE CALCINACIÓN DE ORTUELLA

A las doce y cuarto de la noche del treinta y uno de diciembre, una lluvia gélida y persistente, arrastrada por rachas de viento del noroeste, azotaba las laderas escarpadas de Ortuella , en el corazón histórico de la cuenca minera de Bizkaia.

En el paraje abandonado de La Mina Chica , entre terraplenes de escombros de mineral y antiguas vías férreas invadidas por la maleza y las zarzas, cuatro vehículos todoterreno de la Brigada Móvil de la Ertzaintza y el furgón de apeos y rescate de Bomberos de Bilbao apagaron sus luces a trescientos metros del objetivo.

Frente a ellos, recortadas contra el cielo plomizo de la medianoche, se alzaban las siluetas colosales y fantasmagóricas de los cinco Hornos de Calcinación de Ortuella .

El cabo Jon Ander 'Korta' Cortázar y la doctora Leire Arregi descendieron del vehículo táctico, ajustándose los equipos de intervención.

Korta portaba su chaquetón ignífugo de Nomex con arnés de rescate táctico, chaleco antibalas interior de kevlar, casco Gallet F1 con iluminación frontal dual y el equipo de respiración autónoma en circuito cerrado Dräger PSS BG4 plus .

A su lado, Leire vestía el chaleco médico de emergencias de alta visibilidad sobre una chaqueta de protección balística nivel IIIA, portando la mochila de soporte vital avanzado con respirador volumétrico portátil, botellas de oxígeno de dos litros a trescientos bar y el maletín de fármacos de reanimación.

El comandante de la Brigada Móvil reunió a los doce operativos en torno al plano topográfico iluminado por luz roja tenue.

—Los mercenarios ocupan la base subterránea del Horno Número 3 —susurró el comandante—. Según la decodificación del teléfono satelital, retienen allí al anciano capataz Bernabé Zarraga , de ochenta y dos años, para obligarle a identificar las llaves de paso de los colectores de desagüe.

—El Horno 3 tiene dos accesos: la rampa de carga superior, fuertemente batida por tiradores con visores térmicos, y la antigua galería de extracción de cenizas que conecta con el túnel de ferrocarril de La Mina Chica.

Korta señaló el túnel ferroviario en el mapa.

—Esa galería de tiro de humos tiene una sección de dos metros por dos, con solera de adoquín. Podemos avanzar en fila india con escudos balísticos y asaltar la cámara baja del horno en menos de tres minutos.

El comandante asintió.

—Korta y la doctora Arregi aseguran la extracción del rehén; la Brigada Móvil cubre los flancos y neutraliza a los tiradores. Operación fijada a las 00:25.

La columna táctica avanzó en silencio absoluto por el interior del túnel de La Mina Chica.

El agua de escorrentía minera, teñida de rojo por el óxido de hierro, cubría los adoquines hasta los tobillos, produciendo un chapoteo amortiguado por el rugido del viento exterior.

Korta abría la marcha empuñando una cizalla hidráulica portátil Holmatro CT 5111 , mientras dos agentes de la Ertzaintza protegían la vanguardia con escudos de asalto de titanio dotados de visores balísticos multicapa.

Leire caminaba en tercera posición, manteniendo una mano apoyada sobre la espalda de Korta y la otra sujetando con firmeza la mochila médica.

A los ciento cincuenta metros de avance, la galería desembocaba en la Cámara de Descarga del Horno 3 .

Un recinto circular de doce metros de diámetro con bóveda de cañón de ladrillo refractario, donde antiguamente caía el mineral calcinado a través de compuertas de hierro fundido.

El aire en el interior estaba viciado por el humo de un calefactor diésel y el olor penetrante de pólvora quemada y tabaco rubio.

A través de la cámara termográfica FLIR , Korta detectó tres firmas térmicas humanas.

Dos siluetas erguidas con fusiles automáticos patrullaban la pasarela metálica superior, mientras una tercera silueta yacía atada a una silla de madera en el centro de la estancia, con una manta sobre las piernas y un goteo rítmico de oxígeno médico.

—Tengo a Zarraga en el centro de la cámara —comunicó Korta por el hilo telefónico—. Está consciente pero presenta respiración superficial y bradicardia aparente. Dos tiradores hostiles en la pasarela a las diez y a las dos.

El comandante alzó tres dedos.

—Asalto en tres, dos, uno... ¡ya!

La puerta metálica de acceso a la cámara fue abatida de un solo impacto por el ariete hidráulico de los bomberos.

Los dos especialistas de la Ertzaintza irrumpieron en el recinto lanzando dos granadas aturdidoras Flashbang de siete detonaciones .

Una serie de estallidos ensordecedores de ciento ochenta decibelios y destellos de dos millones de candelas iluminaron la bóveda de ladrillo, desorientando a los dos guardias mercenarios.

— «¡Ertzaintza! ¡Armas al suelo!» —bramaron los agentes avanzando en formación de cuña.

Los mercenarios, entrenados en operaciones de combate en espacios cerrados, reaccionaron arrojándose tras las tolvas de hierro y abriendo fuego automático con sus subfusiles B&T MP9 .

Las ráfagas de 9 mm impactaron contra los escudos balísticos con un repiqueteo ensordecedor, arrancando fragmentos de ladrillo refractario centenario que volaron por la estancia como metralla.

Uno de los tiradores lanzó una granada de humo denso de fósforo blanco , saturando la cámara con una densa nube asfixiante que redujo la visibilidad a cero.

Korta reaccionó con una determinación sobrehumana.

Conectó su equipo de circuito cerrado Dräger , se interpuso entre la línea de fuego y Leire, y avanzó a gatas bajo la cortina de humo hacia la silla donde se encontraba el anciano.

Los proyectiles rebotaban contra las vigas de hierro sobre su cabeza.

Korta alcanzó la silla de Bernabé Zarraga, cortó las cuerdas de nailon que lo inmovilizaban con su navaja de rescate y cargó al anciano en brazos, protegiéndolo con su cuerpo y su chaquetón de Nomex.

—¡Leire! ¡Tengo al capataz! ¡Hacia la galería de tiro de humos, ya! —gritó Korta a través del modulador fónico.

Korta trasladó a Zarraga hasta un recodo protegido de la galería de tiro de humos, donde Leire ya había desplegado la esterilla térmica estéril y el equipo de oxigenoterapia.

El anciano, de ochenta y dos años, presentaba un cuadro de insuficiencia respiratoria aguda descompensada por enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y silicosis minera severa .

Su saturación de oxígeno en sangre había caído al setenta y cuatro por ciento, con cianosis ungueal marcada, tiraje intercostal y respiración agónica a ocho respiraciones por minuto.

La bombona de oxígeno de transporte que los secuestradores le habían colocado estaba completamente vacía.

Leire actuó con una celeridad y una maestría quirúrgica impecables.

Conectó de inmediato la mascarilla con reservorio de alta concentración al cilindro de oxígeno medicinal a quince litros por minuto, asegurando una fracción inspirada de oxígeno (FiO2) del noventa y cinco por ciento.

Canalizó una vía venosa periférica de calibre dieciocho en la vena antebraquial izquierda.

Administró por vía intravenosa doscientos miligramos de hidrocortisona para frenar la inflamación bronquial y nebulizó una combinación de salbutamol y bromuro de ipratropio mediante el sistema Micro Mist .

—¡Saturación recuperándose al noventa y dos por ciento! —anunció Leire monitorizando el pulso carotídeo—. La frecuencia cardíaca se estabiliza en ochenta latidos. Don Bernabé, respire despacio, está con nosotros, está a salvo.

El anciano abrió lentamente los ojos, cubiertos por una gasa de lágrimas y carbón.

Miró a Korta, reconociendo al instante las facciones y el escudo de Miribilla en su casco.

—Tú... tú eres el hijo de Patxi Cortázar... el barrenista de Gallarta... —susurró el anciano con voz temblorosa y entrecortada.

Korta tomó la mano arrugada del viejo capataz entre las suyas, acariciándola con una ternura filial infinita.

—Sí, don Bernabé. Soy Jon Ander. Y no vamos a dejar que nadie le haga daño.

El anciano capataz apretó débilmente los dedos de Korta, señalando con la mirada una caja de herramientas de hojalata oxidada que yacía oculta bajo su silla de ruedas.

—Jon Ander... esos malnacidos querían que les dijera cómo abrir la compuerta maestra de La Mina Chica para inundar la ría con los venenos de Suiza... —explicó Zarraga tosiendo levemente—. No les dije nada... aguanté los golpes... porque sabía que los bomberos de Bizkaia vendríais a por mí.

Korta recuperó la caja de hojalata y la abrió.

En su interior reposaba un cuaderno de campo encuadernado en cuero negro fechado en 1978 , con el membrete de la Real Compañía Asturiana de Minas .

En sus páginas manuscritas a tinta indeleble figuraban los planos topográficos originales de la red subterránea completa de Ortuella, Gallarta y Peñas Negras .

Con todas las cotas de nivel, los diámetros de las galerías de desagüe, las válvulas de derivación manuales y la ubicación exacta de la Cámara del Solsticio : el punto neurálgico donde confluían los tres colectores principales antes de su vertido en el estuario del Nervión.

Leire guardó el cuaderno en una bolsa estanca de custodia judicial.

—Don Bernabé, este cuaderno es la prueba definitiva que salvará a Bizkaia. Ha sido usted el hombre más valiente de esta tierra.

El anciano sonrió con serenidad, cerrando los ojos aliviado mientras la medicación devolvía el aire limpio a sus pulmones.

Mientras Leire estabilizaba al rehén, los agentes de la Brigada Móvil ejecutaron la maniobra de cerco y neutralización en la cámara alta del Horno 3.

Lanzaron cuatro botes de gas lacrimógeno ortoclorobencilidenomalononitrilo (CS) a través de las troneras de carga de mineral.

El gas irritante saturó las tolvas metálicas en diez segundos, forzando a los dos tiradores mercenarios a abandonar sus parapetos tosiendo y cegados por el ardor ocular.

Al emerger por la pasarela este con las armas en alto en un intento desesperado de alcanzar el exterior, dos tiradores de precisión de la Ertzaintza apostados en la colina de Ortuella efectuaron disparos de inmovilización con rifles de cerrojo Accuracy International AX308 .