Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 06 — LA ESCAROTOMÍA DE URGENCIA EN EL QUIRÓFANO DE QUEMADOS #3
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CAPÍTULO 06 — LA ESCAROTOMÍA DE URGENCIA EN EL QUIRÓFANO DE QUEMADOS #3

Leire colocó un ramo de brezo silvestre y ramas de roble sobre la sepultura.

—Aita... —susurró Korta con la voz embargada por el respeto—. Hemos sacado a los muchachos del pozo y hemos llevado ante el juez a los que intentaron manchar este valle. Mañana entraremos en Bodovalle a terminar el trabajo.

Leire tomó la mano de Korta, apretándola con amor infinito.

—Tu padre sabe que su hijo es el guardián más noble de este pueblo, Jon Ander.

Korta la miró en la penumbra del camposanto, abrazándola con una devoción sagrada bajo la luna de Bizkaia.

A las nueve de la noche, Korta y Leire regresaron a la calidez de Arregi-Enea en Galdames.

En el salón rústico, el fuego de leña de encina iluminaba las vigas de roble del techo con un resplandor dorado y ardiente.

Leire preparó una cena ligera de queso curado y manzanas asadas, compartiendo un vino tinto de la Rioja Alavesa junto al hogar.

Tras la cena, subieron a la habitación principal.

Despojados de los uniformes y de la tensión de las intervenciones, Korta y Leire se entregaron al amor con una pasión madura, profunda e incontenible.

Korta desnudó a Leire con delicadeza infinita, recorriendo con sus labios su cuello, sus hombros y su vientre, haciéndola vibrar con una ternura y un deseo que colmaban todos sus sentidos.

Leire acarició el torso ancho y las cicatrices de Korta, besando su hombro vendado con un amor sanador y entregándose a él con una rendición absoluta.

Hicieron el amor al ritmo lento y profundo de las brasas, sintiendo que sus cuerpos y sus almas se fundían en un solo ser indestructible.

A las once de la noche, Korta y el sargento Busturia realizaron la última comprobación técnica del instrumental en el taller de Miribilla.

Calibraron dos detectores multigas con sensores de fotoionización ( PID ) para compuestos orgánicos volátiles fluorados y verificaron la carga de oxígeno a doscientos diez bar en cuatro equipos de respiración autónoma de circuito cerrado Dräger PSS BG4 plus .

—Llevamos cuatro cartuchos de cal sodada DrägerSorb de repuesto y dos botellas de oxígeno de reserva —confirmó Busturia mientras sellaba los cofres de transporte estancos—.

Si hay mercenarios armados en Bodovalle, la Ertzaintza entrará en vanguardia con escudos balísticos mientras nosotros aseguramos las tomas de gas y las bombas.

A la una y media de la madrugada, la doctora Miren Mendiluze llamó al teléfono seguro de Leire.

—Leire... La centralita de Cruces acaba de registrar una llamada telefónica anónima con voz distorsionada —informó Miren con tono grave—. Han amenazado con sabotear los generadores de oxígeno de la UCI si no cesamos los informes periciales del caso de Zierbena.

Leire reaccionó de inmediato.

—Miren, el oficial Unai Etxebarria y una sección de la Brigada Móvil de la Ertzaintza están reforzando ya el perímetro del hospital y la planta de gases medicinales. Ningún extraño cruzará las puertas de la quinta planta.

Korta colocó su mano sobre el hombro de Leire.

—Nadie tocará a nuestros pacientes en Cruces, Leire. Estamos preparados para todo.

A las cuatro y media de la madrugada, mientras aguardaban la hora de salida del convoy, Korta extendió sobre la mesa de roble del caserío la sección estratigráfica del subsuelo de Gallarta.

Leire observaba con fascinación el plano geológico mientras Korta le explicaba la epopeya de la corta.

—Bodovalle es la mayor corta a cielo abierto de Europa, con más de setecientos metros de diámetro y una cota de fondo que desciende a ciento cuarenta metros bajo el nivel del mar —detalló Korta con orgullo minero—.

De aquí salieron millones de toneladas de mineral de hierro rubio , campanil y vena .

Aquí trabajaron nuestros abuelos con picos de mano y dinamita a cuarenta grados bajo tierra, y aquí nació la lucha obrera de 1890 con la gran huelga general que cambió la historia de Bizkaia.

Leire acarició el mapa con devoción.

—Nuestros mayores dieron su vida para levantar este país desde el fondo de esa corta. No permitiremos que unos mercenarios extranjeros conviertan su memoria en un vertedero de veneno.

A las cinco y media de la mañana, antes de la salida del convoy táctico, Korta y Leire salieron al porche de piedra de Arregi-Enea .

La mañana era fría, transparente y limpia, con la niebla retirándose hacia los valles de Enkarterri.

Compartieron un tazón de café de puchero recién hecho y pan tostado con aceite de oliva y sal gorda.

Don Imanol y doña Begoña salieron a despedirlos, abrazándolos con emoción contenida.

—Que Dios y la fuerza de esta tierra os acompañen, hijos —bendijo el anciano minero—. Volved enteros.

Korta y Leire asintieron con una serenidad majestuosa, subiendo al todoterreno de bomberos.

A las seis menos cuarto de la mañana, el convoy hizo una breve escala en el Parque Central de Miribilla para incorporar a la Bomba Urbana Pesada 1 y al furgón de apeos.

Al salir por el portón principal, los bomberos de guardia formaron en el patio y el sargento Busturia accionó un toque corto de tres segundos de sirena de honor .

El sonido grave y solemne retumbó sobre las laderas de Bilbao, despidiendo al cabo Cortázar y a la doctora Arregi con el homenaje más sagrado que un parque de bomberos puede rendir a sus hermanos de armas.

Korta alzó su mano enguantada devolviendo el saludo, con los ojos brillando de orgullo y determinación.

Leire le apretó la mano con fuerza, sintiendo el latido de todo un pueblo impulsando sus pasos hacia la corta minera.

A las seis y media de la mañana, en el mirador del barrio minero de Peñucas , a escasos metros de la boca de la Galería San José, Korta y Leire revisaron la línea de comunicación por cable telefónico de campaña militar TA-312/PT .

Dado que la inmensa masa de mineral de hierro magnetizado de Bodovalle bloqueaba las señales de radiofrecuencia TETRA, el tendido de cable de cobre bifilar de dos milímetros garantizaba la conexión de voz en tiempo real con el puesto de mando en superficie.

Antes de colocarse la escafandra Dräger , Korta extrajo de su bolsillo un pequeño colgante tallado en pirita de hierro dorada y plata de ley .

Con manos firmes y delicadas, lo colocó alrededor del cuello de Leire, ajustando el cierre sobre su piel.

—Perteneció a mi madre, Leire —dijo Korta conmovido—. Lo llevó durante cuarenta años mientras mi padre bajaba al pozo. Ahora es tuyo, para que la tierra te proteja en cada paso que des.

Leire acarició la pirita dorada, con los ojos anegados en lágrimas de felicidad y amor.

Apoyó su frente contra la de Korta, sintiendo el latido sagrado de sus almas.

—Lo llevaré sobre mi corazón para siempre, Jon Ander. Te amo.

Junto a la boca enrejada del túnel San José, Korta tomó su histórica lámpara de carburo de latón de 1920.

Desenroscó el depósito inferior, colocó cincuenta gramos de carburo de calcio sólido en piedras grisáceas y ajustó el goteo superior de agua.

La reacción química endotérmica generó de inmediato una corriente de gas acetileno puro.

Korta accionó el pedernal de chispa; una llama blanca, brillante e inmaculada brotó en la tobera, protegida por la rejilla de seguridad de malla Davy de bronce.

— «Lurraren bihotzean, sua eta leialtasuna» —pronunció Korta el juramento minero—. En el corazón de la tierra, fuego y lealtad.

Leire contempló la llama dorada que disipaba las sombras del túnel, asintiendo con devoción.

—Fuego y lealtad, Jon Ander. Hasta el final.

Iniciaron el descenso por los primeros escalones de piedra labrada, adentrándose en el silencio ancestral de la tierra roja de Gallarta.

El eco de sus botas de bombero resonaba sobre la roca húmeda de esquisto y siderita, mientras el aire denso, fresco y ferroso de las profundidades acariciaba sus rostros decididos.

La galería descendía en suave pendiente hacia el corazón mismo del yacimiento, donde el agua subterránea goteaba rítmicamente sobre las antiguas traviesas de roble del ferrocarril minero.

Cada paso que daban hacia las entrañas de Bodovalle era un latido más hacia la justicia y la liberación del corazón minero de Bizkaia.

A las siete de la mañana del treinta de diciembre, el convoy táctico de la Ertzaintza y los Bomberos de Bilbao inició la incursión hacia la corta de Bodovalle bajo un cielo rojo como el fuego.

El Acto I de Cenizas en la noche de San Juan se cerraba con una victoria rotunda de la justicia, la medicina forense y el coraje de los bomberos vascos.

Mikel Ormaetxea y Aitor Zaldibar descansaban en paz bajo la ley, y Egoitz Beldarrain respiraba con vida en Cruces gracias a la ciencia de Leire Arregi y la valentía de Jon Ander Cortázar.

Pero en las profundidades de la corta minera de Bodovalle y en los hornos oscuros de Ortuella, los enigmas del Acto II aguardaban la llegada de los dos héroes de Bizkaia.

Con su amor consagrado en el fuego y la verdad como bandera, el cabo de bomberos y la médica forense se preparaban para descender al corazón de hierro de su tierra y conquistar la libertad definitiva de su pueblo.