Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 06 — LA ESCAROTOMÍA DE URGENCIA EN EL QUIRÓFANO DE QUEMADOS
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CAPÍTULO 06 — LA ESCAROTOMÍA DE URGENCIA EN EL QUIRÓFANO DE QUEMADOS

A las cuatro de la madrugada del veintinueve de diciembre, las sirenas de la ambulancia de Soporte Vital Avanzado rasgaron la noche gélida de Barakaldo mientras el vehículo enfilaba la rampa de acceso directo al Pabellón Quirúrgico del Hospital Universitario de Cruces .

La lluvia torrencial, acompañada por rachas de viento del Cantábrico que hacían temblar las estructuras acristaladas de las pasarelas elevadas, azotaba el helipuerto y las dársenas de urgencias.

En el interior de la ambulancia, el equipo médico de Osakidetza luchaba segundo a segundo por mantener con vida al bombero especialista Egoitz Beldarrain , de treinta y un años, perteneciente a la dotación del Parque Foral de Urioste.

Beldarrain había sufrido un atrapamiento repentino durante el colapso de la fachada este del Pabellón B en el Muelle Reina Sofía de Zierbena, quedando sepultado bajo una cascada de bidones de disolventes en llamas.

El bombero presentaba quemaduras térmicas de tercer grado profundo ( espesor total ) en el sesenta y cinco por ciento de su superficie corporal, afectando de forma circular a todo el tórax, el abdomen, el cuello y ambas extremidades superiores.

La piel del torso, transformada por el calor extremo de mil grados en una costra rígida, apergaminada, blanquecina e inelástica denominada escara dérmica profunda , actuaba como una coraza inextensible que impedía mecánicamente la expansión de la caja torácica durante la ventilación mecánica.

El respirador de transporte Hamilton T1 emitía pitidos de alarma de alta prioridad.

— «¡Alarma de Presión Pico: 48 cmH2O! ¡Volumen corriente insuficiente: 180 ml! ¡Hipoxia refractaria: Saturación de O2 al 79%! ¡Bradicardia sinusal progresiva a 44 latidos!»

La doctora Leire Arregi , situada a la cabecera de la camilla con el ambú de ventilación manual reforzada y el monitor multiparamétrico, aspiraba secreciones serohemáticas del tubo endotraqueal.

—¡Síndrome compartimental torácico y de extremidades superiores en fase descompensada!

—diagnosticó Leire con voz firme a través de la mascarilla quirúrgica—.

La escara rígida está asfixiando al paciente por restricción mecánica diafragmática y comprimiendo el retorno venoso a la aurícula derecha.

Si no practicamos una escarotomía torácica descompresiva de urgencia en los próximos diez minutos, entrará en parada cardíaca por disociación electromecánica.

La camilla entró a toda velocidad por las puertas batientes del área quirúrgica de la quinta planta, donde el equipo de la Unidad de Grandes Quemados ya aguardaba con el campo estéril preparado.

El Quirófano 4 de la Unidad de Grandes Quemados de Cruces, dotado con climatización por flujo laminar estéril a temperatura constante de treinta y dos grados centígrados para evitar la hipotermia severa del paciente desprovisto de barrera cutánea, estaba presidido por la doctora Miren Mendiluze .

Miren, con el gorro quirúrgico, gafas de protección ocular y bata impermeable estéril, revisaba los accesos vasculares centrales y el sistema de calentamiento rápido de fluidos Belmont Rapid Infuser .

—¡Transferencia a la mesa quirúrgica en tres, dos, uno... ya! —ordenó Miren mientras seis sanitarios movilizaban la sábana estéril de transferencia térmica.

Leire se despojó del chaleco de emergencias, realizó el lavado quirúrgico de manos con clorhexidina al cuatro por ciento durante tres minutos y se enfundó la bata estéril y el doble guante quirúrgico de nitrilo.

Se situó a la derecha de la mesa de operaciones frente a Miren, mientras el anestesista intensivista canalizaba una vía venosa central ecoguiada en la vena femoral derecha y una línea arterial en la arteria pedia dorsal para monitorización continua de la presión invasiva.

El monitor Mindray BeneVision mostraba un cuadro de shock distributivo y obstructivo extremo: presión arterial de sesenta sobre莊treinta, lactato sérico en doce milimoles por litro y ausencia total de pulso arterial en la arteria radial izquierda detectable por sonda Doppler portátil.

—Comenzamos la reposición masiva de fluidos según la Fórmula de Parkland modificada —indicó Miren—.

Para un paciente de ochenta kilos con sesenta y cinco por ciento de superficie quemada, pautamos dos mililitros por kilo y por porcentaje: diez mil cuatrocientos mililitros de Ringer Lactato en las primeras veinticuatro horas, infundiendo cinco mil doscientos mililitros en las primeras ocho horas desde el siniestro.

Leire tomó el bisturí eléctrico monopolar con punta de diamante y aspiración de humos integrada.

—Procedemos de inmediato a la escarotomía torácica y de extremidades superiores para descompresión hemodinámica y ventilatoria.

Leire ajustó la potencia de corte y coagulación del electrobisturí a cuarenta vatios.

Con un trazo firme, continuo y milimétricamente guiado, inició la primera incisión longitudinal en la línea axilar anterior derecha , partiendo desde el segundo espacio intercostal a nivel subclavicular y descendiendo verticalmente hasta la duodécima costilla a nivel del flanco abdominal.

Al incidir la escara córnea quemada, el tejido necrótico, desprovisto de terminaciones nerviosas sensitivas viables, se abrió con un chasquido sordo característico.

Los bordes de la herida se separaron instantáneamente más de cuatro centímetros, liberando la tensión elástica acumulada en la pared torácica y dejando al descubierto el tejido celular subcutáneo viable y sangrante.

Leire repitió la incisión en la línea axilar anterior izquierda , descendiendo con idéntica precisión milimétrica.

A continuación, trazó dos incisiones transversales de descarga: una a nivel de la fosa infraclavicular uniendo ambas líneas axilares, y otra a nivel del reborde costal inferior, configurando el clásico patrón quirúrgico en 'W' o coraza descompresiva .

El efecto fisiológico en el respirador volumétrico fue inmediato y asombroso.

La presión pico en la vía aérea descendió bruscamente de cuarenta y ocho a veintidós centímetros de agua , el volumen corriente se elevó a quinientos veinte mililitros por embolada y la saturación arterial de oxígeno se recuperó de forma fulminante hasta el noventa y ocho por ciento .

—¡Tórax completamente liberado! —anunció el anestesista con alivio visible—. La presión venosa central se normaliza y la presión arterial sistólica sube a ciento diez milímetros de mercurio.

Miren aplicó compresas hemostáticas empapadas en solución de adrenalina tópica diluida al 1:200.000 en los bordes de la escara para sellar el sangrado capilar.

—Excelente trazado descompresivo, Leire. Has salvado la ventilación. Ahora vamos a por el brazo izquierdo antes de que pierda la mano por isquemia.

Leire se trasladó al lateral izquierdo de la mesa quirúrgica, donde el brazo del bombero yacía rígido, edematizado y frío como el mármol.

La doctora colocó la sonda Doppler sobre la arteria radial en la tabaquera anatómica: el silencio era absoluto, sin señal acústica de flujo sanguíneo arterial debido a la compresión extrínseca de la escara.

Con el bisturí frío número diez, Leire realizó una incisión longitudinal en la cara medial del brazo , discurriendo entre el bíceps y el tríceps para evitar la lesión del nervio cubital y de la arteria braquial.

Continuó la incisión por la cara volar del antebrazo, cruzando oblicuamente el pliegue del codo y la muñeca en la zona tenar para prevenir retracciones cicatriciales articulares.

Al seccionar la fascia antebraquial profunda ( fasciotomía descompresiva ), los vientres musculares de los flexores de los dedos protruyeron a través de la brecha quirúrgica, recuperando de inmediato su coloración sonrosada y su contractilidad.

Leire colocó de nuevo la sonda Doppler sobre la arteria radial.

Un latido rítmico, sonoro y potente retumbó por los altavoces del quirófano.

— «¡Flujo arterial radial y cubital restaurado al cien por cien!» —comunicó Leire con una sonrisa exhausta bajo la mascarilla—. La microcirculación de la mano está preservada; el tejido no presenta necrosis isquémica irreversible.

Miren y Leire cubrieron todas las incisiones con apósitos estériles de hidrogel WaterJel y mallas impregnadas en Sulfadiazina de Plata con Nitrato de Cerio , asegurando las extremidades con vendajes no compresivos de algodón hidrófilo.

—Procedimiento quirúrgico de emergencia finalizado a las 06:15 horas —dictaminó Miren Mendiluze—. Paciente estabilizado hemodinámicamente, con diuresis preservada a setenta mililitros por hora. Traslado a la UCI de Aislamiento Estéril de Grandes Quemados.

En la sala de espera de la quinta planta de Cruces, veintidós bomberos de los parques de Urioste, Miribilla y Derio aguardaban en silencio absoluto desde hacía tres horas.

Entre ellos se encontraba el cabo Jon Ander 'Korta' Cortázar , con el brazo izquierdo vendado y el rostro cansado pero con la mirada firme y atenta.

A su lado, los padres y la joven esposa de Egoitz Beldarrain lloraban en silencio, abrazados y rezando frente a las cristaleras que daban a la ría de Bilbao.

A las seis y media de la mañana, las puertas neumáticas del bloque quirúrgico se abrieron.

La doctora Leire Arregi , con la bata quirúrgica aún manchada por la batalla contra la muerte y el cabello recogido cayendo en mechones sobre su frente, avanzó hacia el grupo.

El silencio en la sala fue sobrecogedor: los veintidós bomberos se pusieron en pie al unísono, conteniendo la respiración.

Leire se detuvo frente a la familia de Beldarrain, retirándose la mascarilla y mirándolos con una calidez y una dulzura infinitas.

—La intervención ha sido un éxito absoluto —anunció Leire con voz suave y emocionada—. Hemos liberado la presión del tórax y hemos restablecido la circulación de su brazo. Egoitz está vivo, estable en la UCI y va a salir adelante.

Un grito de júbilo y llanto contenido estalló en la sala.

La esposa de Beldarrain se arrojó a los brazos de Leire, llorando sobre su hombro y bendiciendo sus manos entre sollozos de infinita gratitud.