CAPÍTULO 05 — EL SEGUNDO FOCO EN LOS PABELLONES DE ZIERBENA #2
El suelo de hormigón estaba cubierto por una capa de diez centímetros de disolvente líquido en llamas, y la estructura metálica de vigas de acero IPN 400 crujía y se combaba bajo el peso de la cubierta colapsada.
Korta y Eneko avanzaban en posición de cuclillas baja, proyectando una gruesa alfombra de espuma blanca de baja expansión que sofocaba el combustible líquido sobre el suelo y creaba un pasillo de avance seguro.
Ajustó la lanza en modo de niebla defensiva a sesenta grados para enfriar la radiación térmica en la bóveda.
El agua pulverizada absorbía el calor voraz, transformándose en vapor que los bomberos evacuaban hacia los laterales de la nave.
Korta barrió la nave con la cámara termográfica FLIR .
En el fondo del pabellón, en el altillo metálico de la Oficina de Control de Cargas , la pantalla térmica detectó una anomalía crucial.
Dos siluetas humanas con temperatura corporal de treinta y siete grados yacían acurrucadas bajo una mesa de acero blindada, atrapadas por el fuego que rodeaba la escalera de acceso.
—¡Busturia! ¡Tengo dos víctimas vivas en el altillo de la oficina de control!
—comunicó Korta por la radio con voz firme—.
Están cercadas por el fuego de disolventes y las vigas del techo están a punto de colapsar.
Eneko cubre con la línea de espuma; yo subo por la escala de gato exterior para evacuar a los operarios.
Korta corrió hacia la estructura del altillo, trepando por la escalerilla metálica mientras las llamas lamían los peldaños de acero.
Al alcanzar la plataforma superior, a cinco metros de altura, el calor era asfixiante: la temperatura del aire en el techo alcanzaba los cuatrocientos ochenta grados.
Korta pateó la puerta de la oficina de control, accediendo al recinto donde el humo denso impedía la visibilidad.
Encontró a los dos operarios: dos jóvenes técnicos de planta que se habían cubierto con chaquetones de cuero mojados y estaban al borde de la asfixia por inhalación de vapores tóxicos.
Korta les colocó de inmediato las dos capuchas de rescate de flujo continuo de oxígeno que llevaba en su arnés.
—¡Tranquilos! ¡Soy de Bomberos de Bilbao! ¡Os voy a sacar de aquí ya! —gritó Korta a través del modulador de voz de su máscara.
Tomó al primer operario en brazos, cargándolo sobre su hombro derecho en transporte de bombero, y guió al segundo sujetándolo firmemente por el cinturón.
Descendió por la escalerilla en voladizo mientras Eneko protegía la maniobra con una cortina ininterrumpida de espuma AFFF .
Cuando los dos operarios alcanzaron el suelo del pabellón y comenzaron a ser evacuados hacia la salida por los bomberos de apoyo, un crujido metálico aterrador retumbó en la parte alta de la nave.
Una viga maestra de acero IPN 400 de seis metros de longitud y cuatrocientos kilogramos de peso, debilitada por el calor extremo de mil grados, se desprendió del techo del pabellón directamente sobre la trayectoria de evacuación del segundo operario.
Korta reaccionó con la velocidad y la ferocidad del instinto protector más puro.
Se abalanzó sobre el joven trabajador, empujándolo hacia delante fuera de la zona de caída, y se interpuso físicamente para recibir el impacto.
La viga incandescente golpeó de refilón el hombro y el brazo izquierdo de Korta, rasgando la capa exterior de Nomex del chaquetón y proyectándolo con violencia contra el suelo de hormigón.
El calor abrasador del metal al rojo vivo atravesó el tejido protector, quemando la piel de su antebrazo y hombro izquierdo mientras una lengua de fuego de disolvente bañaba su costado.
A pesar del dolor lacerante, Korta apretó los dientes, se incorporó con una fuerza de voluntad descomunal y arrastró al operario fuera de la nave a través del umbral este.
Justo en ese segundo, el Pabellón B colapsó por completo en una gigantesca llamarada que quedó confinada en el interior de la solera gracias a la alfombra de espuma.
En el exterior, la lancha de extinción Itsas-Kotxea II , posicionada en la dársena por el equipo de Unai Etxebarria, abrió sus dos monitores de agua salada de diez mil litros por minuto, inundando las ruinas del pabellón y sofocando los últimos focos del incendio.
En la carpa médica de Soporte Vital Avanzado, los dos operarios rescatados fueron recibidos por los enfermeros intensivistas, comprobando que se encontraban conscientes y estables con quemaduras leves por inhalación.
Segundos después, Korta entró en la carpa tambaleándose ligeramente, cubierto de hollín negro y con el chaquetón de intervención rasgado y humeante en el hombro izquierdo.
Al ver entrar al bombero herido, el corazón de Leire dio un vuelco doloroso.
Dejó caer las gasas que sostenía y corrió hacia él, sujetándolo por la cintura con ambas manos para evitar que cayera.
—¡Jon Ander! ¡Dios mío, siéntate aquí! —exclamó Leire con la voz temblorosa por la angustia y los ojos anegados en lágrimas.
Korta se sentó en la camilla de triaje, respirando con dificultad mientras se despojaba de la máscara facial con la mano derecha.
Una sonrisa cansada y serena apareció en sus labios ennegrecidos por el humo.
—Los dos chicos están a salvo, Leire... La esfera de gas no va a estallar.
Leire tomó unas tijeras de rescate quirúrgicas y cortó con delicadeza la manga destrozada del chaquetón y de la camiseta térmica de Korta.
Al retirar el tejido chamuscado, quedó al descubierto una quemadura de segundo grado profundo ( dérmica profunda ) de quince centímetros de longitud en el antebrazo y el deltoides izquierdo, con flictenas rotas, exudado serohemático y piel eritematosa viva.
Leire sintió un nudo en la garganta ante el sufrimiento del hombre que amaba en silencio.
Con manos temblorosas pero con una precisión médica impecable, comenzó la desinfección y cura de urgencia.
Irrigó la lesión con doscientos mililitros de suero salino estéril frío para detener la progresión del daño térmico dérmico.
Aplicó suavemente una capa gruesa de apósitos estériles de hidrogel WaterJel y crema de Sulfadiazina de Plata al 1% con Nitrato de Cerio , aliviando de inmediato el dolor abrasador.
—Voy a ponerte tres miligramos de fentanilo intravenoso para el dolor, Jon Ander —dijo Leire mientras preparaba la jeringa con lágrimas rodando por sus mejillas.
Korta alzó su mano derecha sana y detuvo suavemente los dedos de Leire.
Acarició con su pulgar la mejilla húmeda de la forense, mirándola con una ternura infinita.
—No hace falta fentanilo, Leire. Tu tacto y tu mirada me curan más que cualquier medicina.
Leire se detuvo, clavando sus ojos castaños en los de Korta.
La distancia entre sus rostros desapareció en mitad del aire cargado de humo y desinfectante de la carpa.
Leire apoyó suavemente su frente contra la de Korta, sintiendo la respiración cálida y profunda del bombero y el roce de su piel curtida.
—Eres el hombre más valiente y más noble que he conocido en mi vida, Jon Ander —susurró Leire con la voz rota por la emoción—. Cuando te vi entrar en ese pabellón en llamas se me partió el alma. No podría soportar perderte.
Korta rodeó suavemente su cintura con su brazo sano, atrayéndola contra su pecho.
—No me vas a perder nunca, Leire. Mientras tú estés en mi vida, siempre encontraré el camino para salir de cualquier fuego y volver a tus brazos.
Se miraron en el silencio sagrado de la carpa médica, sellando con un roce tierno de sus labios una promesa indestructible de amor forjada en el fuego de la batalla.
A las doce y media de la noche, la inspectora jefa Irati Mendiluze y dos técnicos del equipo TEDAX de la Ertzaintza ingresaron en la carpa médica portando una caja metálica precintada.
—Doctora Arregi, cabo Cortázar... miren lo que han recuperado los especialistas en la base de la Esfera Norte de gas —anunció Irati con semblante sombrío.
En el interior de la caja reposaba un fragmento metálico carbonizado con restos de una placa de circuito impreso y una batería de litio.
El especialista TEDAX explicó el hallazgo.
—Es el receptor de un iniciador electrónico por radiofrecuencia con temporizador digital programable , acoplado a restos de un explosivo plástico de alta velocidad de detonación tipo Semtex-H con base de RDX y PETN.
—Colocaron la carga adherida magnéticamente a la válvula de purga de la esfera de propano y la sincronizaron para detonar quince minutos después de iniciarse el fuego en el Pabellón B.
Irati apretó los puños.
—Querían provocar la BLEVE mientras las dotaciones de bomberos y los sanitarios estuvieran combatiendo el fuego en el pabellón. No fue solo un sabotaje industrial; fue un intento deliberado de asesinar a los equipos de emergencia de Bizkaia.
Korta apretó la mandíbula con una furia fría y calculadora.
—Los mercenarios de Helvetia Petrochemical sabían que habíamos descubierto la tubería clandestina en Punta Ceballos y la sima de Peñas Negras. Querían destruir el Muelle Reina Sofía para crear el caos y forzar la retirada de la Policía Judicial.
Leire terminó de vendar el brazo de Korta con una venda elástica estéril.
—Pero han fracasado. Y ahora tenemos el detonador, las huellas químicas del explosivo y la certeza absoluta de quiénes son.
A las dos de la madrugada, Korta y Leire fueron trasladados en la ambulancia SVA hasta el Hospital Universitario de Cruces en Barakaldo.
En el Box 1 de Quirófano de la Unidad de Grandes Quemados, la doctora Miren Mendiluze examinó minuciosamente la quemadura del brazo de Korta bajo luz quirúrgica de campo estéril.
—Jon Ander, tienes una quemadura de segundo grado profundo con afectación de la dermis reticular en un cuatro por ciento de superficie corporal total —dictaminó Miren con rigor clínico—.
La irrigación fría que le aplicó Leire en el muelle evitó la trombosis microvascular profunda.
Vamos a realizar un desbridamiento enzimático suave y colocar un apósito biológico de membrana de colágeno porcino Biobrane .
Leire asistió a Miren durante la intervención, sujetando el brazo de Korta con suavidad y sosteniendo su mirada para infundirle calma.