CAPÍTULO 04 — EL CAFÉ DE GUARDIA EN BASURTO Y LA PISTA DE PEÑAS NEGRAS #3
Leire se levantó de inmediato y caminó hacia la posición de Korta.
Sumergido a metro y medio de profundidad, encajado boca abajo entre los barrotes de hierro de la reja de aspiración, yacía el cadáver de un hombre ataviado con un traje seco de buceo técnico de neopreno trilaminado Bare HD2 Tech Dry.
Llevaba a la espalda un bibotella de acero de quince litros con grifos de aislamiento y una escafandra de circuito cerrado de buceo ( rebreather ) Inspiration EVP .
Korta se arrodilló sobre la roca resbaladiza y sujetó la válvula de hombro del traje seco con su bichero de rescate.
Con un esfuerzo coordinado, Korta y Leire izaron el cuerpo fuera del agua, depositándolo sobre la solera de madera de la repisa.
El buzo llevaba una máscara facial completa con sistema de comunicaciones submarinas.
Leire retiró la máscara con cuidado forense: el rostro correspondía a un varón joven, de unos treinta y cinco años, con evidentes signos de asfixia mecánica y livideces faciales oscuras.
Korta examinó el equipo de buceo.
—Miren las mangueras de inhalación del rebreather —señaló Korta con indignación—. Las dos tráqueas corrugadas de caucho han sido cortadas con una hoja afilada a nivel del conector de la válvula bucal.
—Le cortaron el suministro de oxígeno mientras estaba sumergido en el lago inspeccionando las tomas de inyección —explicó Leire mientras examinaba el cuello de la víctima—. El buzo sufrió una hipoxia fulminante bajo el agua y quedó atrapado por la fuerza de succión de las bombas de aspiración.
Korta revisó los bolsillos del chaleco hidrostático del buzo, extrayendo una cartera estanca con la documentación.
—Se llamaba Aitor Zaldibar Ezkurra , treinta y cuatro años, natural de Portugalete. Era buzo técnico profesional y perito ambiental contratado por la Cofradía de Pescadores de Santurtzi para rastrear el origen de los vertidos químicos en la ría.
—Lo asesinaron aquí abajo para que no saliera con las mediciones submarinas —concluyó Leire con la voz quebrada por la rabia—. Ormaetxea en Punta Ceballos y Zaldibar en la sima de Peñas Negras... Están eliminando sistemáticamente a cualquiera que se acerque a la verdad.
Korta conectó el transmisor TETRA en frecuencia táctica con superficie.
—Busturia, aquí Korta. Tenemos las muestras químicas aseguradas y un segundo cadáver localizado en el lago subterráneo: se trata del buzo desaparecido Aitor Zaldibar, con claros signos de homicidio por sabotaje de su equipo de respiración.
Preparad el cabrestante Tirfor y la camilla nido Ferno Titan para evacuación vertical inmediata.
— «Entendido, Korta. El helicóptero Super Puma está tomando tierra en la campa exterior de Peñas Negras para trasladar el cuerpo directamente al helipuerto del IVML. Enviamos la camilla por la línea principal.»
Dos minutos más tarde, la camilla nido de polietileno reforzado descendió suavemente por el cable de acero del trípode.
Korta y Leire empaquetaron el cuerpo del buzo en la camilla, inmovilizándolo con las cinchas de ocho puntos y asegurando sus pertenencias en una saca estanca precintada.
Korta enganchó el mosquetón maestro de la camilla al cable del Tirfor .
—¡Tiro vertical en marcha! —ordenó Korta por la radio.
La camilla comenzó a ascender por el abismo kárstico hacia la luz de la superficie.
Una vez evacuada la camilla, Korta conectó el bloqueador de puño Jumar y el pedal de ascenso a la cuerda semiestática de Leire.
—Sube tú primero, Leire. Yo iré dos metros por debajo empujando tu bloqueador si la cuerda cede.
Leire comenzó el ascenso por cuerda simple mediante la técnica de avance alterno de puño y croll.
A pesar de los noventa metros de vertical, la preparación física de Leire y la presencia constante y protectora de Korta justo debajo de ella le permitieron mantener un ritmo constante y seguro.
A los veinte minutos de ascenso ininterrumpido a través de la llovizna helada de la caverna, la cabeza de Leire emergió por el brocal del pozo, donde las manos firmes de Busturia y Patxi la recibieron en la superficie.
Segundos después, Korta superó el borde del pozo de un salto ágil y potente, pisando la tierra firme de Peñas Negras.
En la campa exterior de Peñas Negras, el helicóptero Airbus H225 Super Puma de la Ertzaintza mantenía sus rotores en marcha con un rugido ensordecedor.
El equipo de celadores forenses y la policía judicial cargaron la camilla con el cuerpo de Aitor Zaldibar en la bodega de carga de la aeronave, despegando de inmediato rumbo a Bilbao.
Korta y Leire ingresaron en la carpa de descontaminación HazMat, donde los especialistas rociaron sus trajes y equipos con solución neutralizante de perfluorados antes de permitirles despojarse de los arneses y las escafandras.
Al salir de la carpa, libres de los equipos de protección, el viento frío de los montes de Triano sopló sobre sus rostros.
Leire miró a Korta: el cansancio, la tensión acumulada tras horas en las profundidades del abismo y la crudeza del doble homicidio hicieron mella por un segundo en la fortaleza de la médica forense.
Korta dio un paso hacia ella y, sin decir una palabra, la envolvió entre sus brazos fuertes y protectores.
Leire apoyó el rostro en el pecho de Korta, rodeando su cintura con fuerza y dejando escapar un suspiro hondo que liberó toda la angustia contenida.
Korta acarició suavemente su cabello castaño, cobijándola contra su cuerpo con una ternura inmensa.
—Ya ha pasado, Leire. Estamos arriba y tenemos todas las pruebas.
Leire alzó la vista, mirándole a los ojos con una devoción absoluta y sincera.
—Gracias por no soltarme la mano en ningún momento, Jon Ander.
Korta sostuvo su mirada, rozando suavemente su mejilla fría con el pulgar.
—Nunca te soltaré, Leire. Jamás.
A las doce del mediodía, el convoy de la Ertzaintza escoltó a Korta, Leire y la inspectora Irati Mendiluze hasta la sede del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco en Bilbao.
En el despacho de la magistrada Elena Orue , los peritos desplegaron sobre la mesa judicial los recipientes de PTFE con las muestras de vertidos, los informes cromatográficos preliminares y los datos del homicidio de Aitor Zaldibar.
La jueza Orue examinó las pruebas con semblante sombrío e implacable.
—Esto ya no es solo un delito ambiental ni un sabotaje industrial aislado —declaró la magistrada con voz rotunda—. Estamos ante una organización criminal transnacional que ha asesinado a dos ciudadanos vascos para encubrir un ecocidio masivo en Las Encartaciones.
La jueza firmó de inmediato tres autos judiciales de máxima urgencia.
—Ordeno la intervención judicial inmediata y el cese cautelar de actividades de la terminal de Punta Ceballos , el embargo preventivo de todas las cuentas bancarias de Helvetia Petrochemical en España y la detención inmediata del director de planta Ignacio Berasaluce y de su cúpula de seguridad privada.
La magistrada miró a Korta y a Leire con profundo respeto institucional.
—Excelente trabajo pericial, cabo Cortázar, doctora Arregi. Han salvado la salud de miles de personas en esta tierra.
A las cuatro de la tarde, tras concluir las declaraciones judiciales, Korta y Leire se trasladaron al puerto pesquero de Santurtzi para entrevistarse con el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores y los familiares de Aitor Zaldibar.
El puerto lucía tranquilo bajo el sol de invierno, con los barcos de bajura amarrados en los muelles de la dársena y el monte Serantes recortándose contra el horizonte marino.
Leire informó a la familia del buzo con una delicadeza humana y un rigor profesional extraordinarios, garantizándoles que la justicia caería con todo su peso sobre los culpables de su muerte.
Al salir de la sede de la cofradía, caminaron juntos por el espigón del puerto, sintiendo la brisa limpia del Cantábrico.
Korta tomó suavemente la mano de Leire, entrelazando sus dedos con una naturalidad cálida y reconfortante.
—La familia de Zaldibar podrá descansar en paz sabiendo la verdad, Leire. Gracias a tu empeño.
Leire apretó la mano de Korta, apoyando su cabeza en su hombro mientras contemplaban las aguas del Abra.
—Lo hemos hecho juntos, Jon Ander. Tú pusiste el coraje para bajar a esa sima y yo puse la ciencia. Somos un buen equipo.
Korta sonrió, mirándola con los ojos llenos de amor y admiración.
—El mejor equipo de toda Bizkaia, Leire.
A las ocho de la noche, las campanas de la iglesia de San Jorge de Santurtzi repicaban en la distancia mientras la noche caía sobre el Abra y las luces de los faros de Arriluce y Punta Galea comenzaban a destellar en la oscuridad marina.
En las simas de Peñas Negras, las bombas de inyección clandestina habían quedado precintadas y desconectadas para siempre por la Ertzaintza, poniendo fin a meses de impunidad y veneno en el subsuelo de Las Encartaciones.
Pero en las sombras de las finanzas internacionales y en los despachos blindados del consorcio petroquímico, los cabecillas de la trama preparaban su contraofensiva final para la víspera del solsticio de verano.
Jon Ander Cortázar y Leire Arregi sabían que la batalla definitiva aún estaba por librarse: pero en la firmeza de sus manos entrelazadas y en el amor indestructible que nacía entre las cenizas y el hierro, ambos habían encontrado la certeza de que ninguna sombra podría apagar la llama de su verdad.
El latido de la justicia resonaba con fuerza en el corazón de Bizkaia.