CAPÍTULO 04 — EL CAFÉ DE GUARDIA EN BASURTO Y LA PISTA DE PEÑAS NEGRAS #2
Introdujo cuatro parabolts de acero inoxidable AISI 316L con chapas de anclaje Petzl Coeur , apretando las tuercas con una llave dinamométrica a un par de apriete exacto de cincuenta newtons por metro.
Montó un sistema de anclaje compensado en triángulo de fuerzas con cinta de dyneema de veintidós milímetros, distribuyendo la carga de rotura en más de cuarenta kilonewtons.
Instaló en la cabeza del trípode una polea autoblocante de alta eficacia Petzl Pro Traxion y conectó el cable de acero de ocho milímetros del polipasto manual Tirfor T-516 , junto con las dos cuerdas semiestáticas de once milímetros Korda's Dana 1000 : una como línea de trabajo para descenso y ascenso en cuerda simple y otra como línea de vida secundaria independiente.
—Cabecera de pozo terminada y probada a tracción estática de seiscientos kilos —anunció Korta a su equipo—. La vertical tiene exactamente noventa y dos metros hasta la primera repisa de la galería San Luis.
Leire se aproximó al borde del pozo, observando la oscuridad insondable que se tragaba la luz del día.
Desde las profundidades del abismo ascendía un murmullo sordo de agua subterránea y una corriente de aire gélido con un sutil olor acre a disolventes y azufre.
Korta se situó a su lado, colocando una mano firme sobre su hombro.
—¿Lista para el gran salto, doctora?
Leire le miró con una sonrisa valiente y serena.
—Contigo bajo hasta el centro de la tierra, Jon Ander.
En la zona de equipamiento, Korta y Leire procedieron al chequeo cruzado de seguridad ( buddy check ).
Korta se situó frente a Leire, revisando cada elemento de su equipo con una meticulosidad profesional que denotaba un cuidado absoluto.
Comprobó el arnés integral, verificando que los cierres rápidos automáticos Fast LT de las perneras estuvieran bloqueados.
Ajustó el descendedor autofrenante Petzl Rig en el anillo ventral, pasando la cuerda por la leva de frenado y realizando una prueba de carga en suspensión para verificar el bloqueo instantáneo.
A continuación, acopló el equipo de respiración autónoma de circuito cerrado Dräger PSS BG4 plus a la espalda de Leire.
Ajustó las correas pectorales y lumbares del equipo, amoldándolo con firmeza al torso de la doctora.
Las manos enguantadas de Korta rozaron los hombros, los costados y la cintura de Leire con una mezcla de firmeza técnica y una ternura protectora incontenible.
Leire alzó el rostro hacia Korta: la distancia entre sus labios era de apenas diez centímetros.
Sintió la respiración profunda y serena del bombero y la calidez que emanaba de su pecho.
—Tus ojos transmiten una paz increíble, Jon Ander —susurró Leire conmovida—. Nunca había conocido a un hombre que me hiciera sentir tan protegida y tan respetada al mismo tiempo.
Korta colocó sus manos sobre los hombros de Leire, mirándola con una devoción austera y profunda.
—Tú eres lo más valioso que ha entrado en esta guardia, Leire. Voy a ir dos metros por delante de ti en la cuerda. Si sientes cualquier mareo, cualquier roce o la menor duda, me das dos tirones secos de la línea guía y nos detenemos de inmediato.
Korta le ajustó el casco de rescate Petzl Vertex Vent con iluminación frontal dual Duo S de mil cien lúmenes, abrochando el barboquejo bajo su barbilla con delicadeza infinita.
—Estás lista, doctora. Vamos a por ellos.
Leire le sonrió, con los ojos brillando de determinación.
—Vamos, Jon Ander.
A las ocho y cuarto de la mañana, Korta se colocó sobre el vacío del pozo.
Enganchó su descendedor Rig , liberó la palanca multifunción y comenzó a descender por la vertical de la sima de la mina La Barga.
Leire se situó en la segunda línea de cuerda dos metros por encima de él, manteniendo la vista fija en la silueta ancha y segura del cabo.
El descenso por los primeros treinta metros transcurrió entre paredes cilíndricas de caliza pulida por las filtraciones de agua durante millones de años.
A partir de los cuarenta metros, el pozo se ensanchó súbitamente, transformándose en una inmensa campana kárstica en volado absoluto .
Los haces de luz de las linternas frontales cortaban la negrura total de la caverna, iluminando estalactitas gigantescas cubiertas por una costra rojiza de óxido de hierro y cortinas de agua subterránea que caían como una llovizna helada.
El silencio de la superficie quedó atrás, sustituido por el estruendo de las cascadas subterráneas y el eco metálico de los mosquetones.
El detector multigas Ventis Pro5 fijado al pecho de Korta comenzó a emitir lecturas continuas por telemetría.
— «Profundidad: -65 metros. Oxígeno: 19.4%. Sulfuro de hidrógeno (H2S): 8 ppm. Compuestos orgánicos volátiles (PID): 450 ppb.»
—Atmósfera respirable pero en degradación progresiva —comunicó Korta por el intercomunicador del casco—. Encended los sistemas Dräger BG4 a demanda por precaución.
Leire conectó la válvula de su máscara Panorama Nova , inhalando el oxígeno puro dosificado por la cal sodada.
El descenso en cuerda simple continuó con una cadencia suave y perfecta.
A los noventa y dos metros de profundidad, las botas de Korta tocaron la plataforma de madera de roble y acero de la Repisa de la Galería San Luis .
Korta aseguró la posición, ancló su cabo de anclaje a un cáncamo minero de la pared y extendió sus brazos para recibir a Leire.
Cuando los pies de la doctora tocaron la repisa, Korta la sujetó con firmeza por la cintura, atrayéndola suavemente hacia su pecho para estabilizarla.
Leire se apoyó en él durante tres segundos, sintiendo el latido firme y protector del corazón del bombero.
—Pies en tierra firme, doctora —dijo Korta con una sonrisa bajo el visor—. Bienvenida al nivel menos noventa de Peñas Negras.
El escenario que se abría ante los dos rescatadores era sobrecogedor y monumental.
La Galería San Luis desembocaba en una gigantesca caverna natural de más de cien metros de longitud por treinta de anchura, excavada en la unión entre la roca caliza y el filón de mineral de hierro.
Por el centro de la caverna discurría un río subterráneo de aguas oscuras y aceitosas que desembocaba en un lago subterráneo profundo de color verde esmeralda turbio.
En la orilla del lago, montada sobre una estructura de vigas de acero galvanizado ancladas a la roca viva, se alzaba la Estación Clandestina de Bombeo .
Cuatro gigantescas bombas sumergibles de impulsión de alta presión de la firma suiza Sulzer , pintadas de color azul industrial y dotadas de motores eléctricos blindados de doscientos kilovatios, zumbaban con un rumor sordo y continuo que hacía vibrar el suelo de la caverna.
Las bombas estaban conectadas directamente a la tubería de acero inoxidable de cuatrocientos milímetros procedente de Punta Ceballos que Korta había descubierto el día anterior.
Desde las bombas partían ocho mangueras de alta presión de caucho armado de ciento cincuenta milímetros que se sumergían en el lago subterráneo, inyectando un caudal masivo de líquido viscoso blanquecino directamente en la Falla Tectónica de La Barga , que conectaba con los acuíferos profundos de Las Encartaciones.
Leire se aproximó a la estructura con su maletín de toma de muestras.
—Dios mío... Jon Ander, mira el caudalímetro digital de la bomba número dos —señaló Leire con la voz entrecortada por el asombro—. Registra una inyección continua de ciento veinte metros cúbicos por hora .
—Llevan meses bombeando miles de toneladas de disolventes fluorados y grafeno residual día y noche —declaró Korta mientras fotografiaba los cuadros eléctricos y los números de serie de los motores—.
Es un vertido a escala industrial diseñado para ahorrar decenas de millones de euros en tratamiento de residuos a costa de envenenar el subsuelo de toda la comarca.
Leire desplegó los recipientes criogénicos de PTFE y una jeringa de aspiración volumétrica de teflón de doscientos mililitros.
Se arrodilló al borde del lago subterráneo, sumergiendo la sonda de muestreo a un metro de profundidad junto a la tobera de descarga de la bomba principal.
El líquido aspirado presentaba una densidad anormalmente alta, con una coloración lechosa y tornasolada que desprendía un intenso olor a éteres y disolventes halogenados.
Leire conectó el reactivo colorimétrico de campo para detección rápida de perfluorados.
En menos de diez segundos, la tira reactiva viró de amarillo pálido a un azul oscuro intenso y saturado.
—Positivo masivo para PFOS y derivados de fluoropolímeros en concentración superior a quinientos miligramos por litro —dictó Leire ante la grabadora forense—. Sellamos los recipientes número 101 al 105 para cromatografía de gases y espectrometría de masas en el IVML.
La doctora extrajo una placa de Petri de vidrio óptico y colocó una gota del efluente bajo la lente de su microscopio óptico portátil Optika B-150 .
—Se observan microestructuras laminares bidimensionales en suspensión coloidal con bordes poligonales de entre dos y cinco micrómetros de diámetro —describió Leire—.
Es grafeno monocapa modificado con grupos fluorados , un nanomaterial sintético de alta resistencia utilizado en baterías de última generación y lubricantes aeroespaciales.
—El grafeno fluorado actúa como un caballo de Troya biológico —añadió la doctora con gravedad clínica—. Las microplacas de grafeno atraviesan las membranas celulares y se fijan en el ADN nuclear, transportando los disolventes fluorados directamente al interior de las células hepáticas y renales.
Mientras Leire completaba el sellado de las muestras, Korta recorrió con el foco de su linterna la orilla del lago subterráneo para inspeccionar las tomas de aspiración sumergidas.
A quince metros de la estación de bombeo, en una zona de aguas calmas donde la corriente del río subterráneo formaba un remolino contra la pared rocosa, el haz de luz iluminó un bulto voluminoso de color negro y amarillo atrapado entre las rejas de protección de acero de la compuerta de drenaje.
Korta se detuvo en seco, agudizando la vista a través del agua turbia.
—Leire... ven aquí despacio. Tenemos otro cuerpo.