CAPÍTULO 04 — EL CAFÉ DE GUARDIA EN BASURTO Y LA PISTA DE PEÑAS NEGRAS
A las cinco y media de la madrugada del veintisiete de diciembre, una helada severa cubría con una costra blanca y cristalina los adoquines del muelle de Ripa y las laderas escarpadas de Miribilla.
El termómetro marcaba un grado bajo cero y el cielo de Bizkaia, completamente despejado de nubes tras el paso del temporal, se teñía de un azul cobalto oscuro salpicado por los últimos luceros del alba.
Llevaba el arnés integral de espeleología Petzl Navaho Sit Fast ceñido sobre la cadera, mosquetones de acero forjado Triact-Lock en el anillo ventral y su cuchillo de rescate de titanio en el bolsillo del muslo.
Korta alzó la vista hacia las cumbres oscuras que coronaban el valle.
—Iremos primero al Hospital de Basurto para recoger a la doctora Arregi y el maletín de reactivos criogénicos que preparó el equipo de toxicología. Nadie baja a esa sima sin los antídotos y los recipientes de teflón para las muestras.
Korta subió al asiento del conductor del todoterreno y el convoy partió rumbo al barrio de Basurto con las luces de posición iluminando el asfalto escarchado.
A las seis menos cuarto de la mañana, Korta cruzó el pabellón de Urgencias del histórico Hospital de Basurto , cuyos pabellones de ladrillo rojo y estilo modernista llevaban más de un siglo albergando la medicina de vanguardia de la capital vizcaína.
En la cafetería médica de guardia, en una mesa esquinada junto a los ventanales que daban a los jardines interiores cubiertos de escarcha, la doctora Leire Arregi aguardaba acompañada por la doctora Miren Mendiluze , jefa de Cirugía de Trauma y Medicina Hiperbárica de Cruces, y el doctor Xabier Gorrotxategi , catedrático de Toxicología Clínica de la Universidad del País Vasco.
Leire vestía un traje de espeleomedicina de dos piezas en tejido impermeable Gore-Tex Pro , botas técnicas de montaña con suela Vibram Megagrip y una chaqueta polar negra con el escudo bordado del IVML.
Al ver entrar a Korta con su imponente presencia física y sus hombros anchos recortados contra la luz del pasillo, el rostro de Leire se iluminó con una sonrisa franca y cómplice.
Korta se acercó a la mesa, saludando con una inclinación de cabeza respetuosa a los facultativos.
—Egun on, doctoras... doctor Gorrotxategi.
—Egun on, Jon Ander —respondió Leire mientras le acercaba una taza de café negro recién servido—. Siéntate. El doctor Gorrotxategi acaba de terminar la correlación epidemiológica de los datos extraídos de la tarjeta microSD de Mikel Ormaetxea.
Korta tomó asiento junto a Leire: la cercanía de sus hombros y el calor que desprendían sus cuerpos crearon una atmósfera inmediata de seguridad compartida.
El doctor Gorrotxategi, un hombre de sesenta años con gafas de montura metálica y expresión grave, desplegó en su ordenador portátil una serie de mapas cromáticos del subsuelo de Las Encartaciones.
—Cabo Cortázar, lo que Ormaetxea documentó en esos archivos supera cualquier escenario de contaminación industrial fortuita que hayamos visto en Europa —explicó el toxicólogo con voz pausada—.
La corporación Helvetia Petrochemical ha estado inyectando en la sima de la mina La Barga una mezcla de Ácido Perfluorooctanoico (PFOA) , Sulfonato de Perfluorooctano (PFOS) y dispersiones coloidales de grafeno monocapa fluorado .
Gorrotxategi señaló con el cursor los acuíferos subterráneos.
—Los niveles de estos 'químicos eternos' en las surgencias de Peñas Negras alcanzan los cuatrocientos microgramos por litro. La normativa europea fija el límite máximo admisible en cero coma un microgramos por litro.
—Están vertiendo a una concentración cuatro mil veces superior al umbral de toxicidad sistémica —sentenció Leire con indignación—.
Estos compuestos no se degradan en el medio ambiente durante siglos.
Se bioacumulan en el tejido adiposo, el hígado y el parénquima renal, induciendo mutaciones oncogénicas, colangiocarcinomas y necrosis tubular aguda.
Miren Mendiluze intervino, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa.
—Esto explica el incremento anómalo de ingresos por fibrosis pulmonar atípica y carcinomas hepáticos que hemos registrado en Cruces durante los últimos cuatro años en pacientes de Gallarta, Ortuella y Galdames.
Siempre se achacaron a la exposición histórica al polvo de sílice de las minas, pero la histopatología mostraba depósitos de polímeros sintéticos que nadie supo clasificar hasta hoy.
Leire apretó los puños sobre la mesa.
—Mikel Ormaetxea descubrió que su propio hermano menor, que falleció hace dos años de un cáncer fulminante de vías biliares a los cuarenta y tres años, no había enfermado por el polvo de hierro, sino por beber agua de un pozo familiar alimentado por el acuífero de Peñas Negras.
—Por eso recopiló todas las pruebas arriesgando su vida —añadió Korta con la voz tomada por la emoción—. Conocí a su hermano en el frontón de Gallarta. Era un buen hombre. Ormaetxea no buscaba dinero ni ascensos; buscaba justicia para su sangre y para su pueblo.
Leire posó su mano sobre el antebrazo de Korta, sintiendo la tensión de sus músculos bajo el tejido del mono.
—Y nosotros se la vamos a dar, Jon Ander. Hoy mismo.
Gorrotxategi cerró la carpeta y entregó a Leire una caja térmica de transporte biológico.
—Lleváis diez recipientes estériles de politetrafluoroetileno (PTFE) con cierre criogénico para las muestras líquidas y sólidas de la sima, y cinco viales de Pralidoxima y Atropina por si el aire del fondo presenta trazas del neurotóxico organofosforado. Mucha precaución en ese descenso.
Korta apuró su café y se puso en pie, recogiendo su casco de rescate.
—Es hora de subir a los montes de Triano. El convoy está listo.
A las seis y media de la mañana, los vehículos abandonaron Bilbao por la autovía A-8, tomando el desvío hacia Trapagaran y ascendiendo por la serpenteante carretera comarcal que conduce al histórico enclave minero de La Arboleda .
A medida que el convoy ganaba altitud, el paisaje industrial de la margen izquierda fue dando paso a las laderas rojizas y desnudas de la cuenca minera de Bizkaia.
El suelo, rico en hematites, siderita y limonita, mostraba sus cicatrices centenarias: inmensas cortas a cielo abierto convertidas con el paso de las décadas en lagunas artificiales de aguas verdosas rodeadas por abedules y pastos de montaña.
Restos de antiguos cargaderos de mineral de hierro, torretas metálicas de cables aéreos de transporte y bocaminas cegadas con muros de piedra jalonaban el trayecto, testigos silenciosos del sudor de miles de mineros que durante más de un siglo alimentaron los altos hornos de Bizkaia.
Korta conducía el todoterreno con maestría serena sobre el asfalto cubierto por placas de hielo negro.
A su lado, Leire observaba el paisaje a través de la ventanilla, con el rostro bañado por la luz dorada del amanecer que comenzaba a despuntar sobre las cimas del Ganekogorta y el Eretza.
—Mi aitona me traía a estas campas de pequeña los domingos de primavera a coger moras y a enseñarme las entradas de los pozos mineros —comentó Leire con voz suave y nostálgica—.
Me contaba que la tierra de Las Encartaciones era como una madre generosa que lo había dado todo: su hierro, sus bosques y la fuerza de su gente.
Me duele ver cómo unos ejecutivos sin escrúpulos han convertido las entrañas de nuestras montañas en una cloaca de veneno.
Korta desvió la mirada de la carretera durante un instante para mirarla a los ojos.
—Esta tierra tiene memoria, Leire. Y quienes intentan destruirla siempre terminan enterrados bajo sus propias piedras. Tu abuelo y el mío estarían orgullosos de ver cómo defiendes este valle.
Leire le miró con una ternura infinita, sintiendo que cada kilómetro compartido afianzaba un vínculo que ya era imposible de romper.
—Tenerte a mi lado me da una fuerza que no sabía que tenía, Jon Ander.
A las siete y diez de la mañana, el convoy coronó el collado y se adentró en el área restringida del Centro de Interpretación Medioambiental de Peñas Negras .
La boca de la Sima de la Mina La Barga se abría en una dolina kárstica natural situada a seiscientos metros de altitud, en un paraje agreste y solitario rodeado por bloques de caliza gris y matorrales de brezo cubiertos de escarcha.
El pozo exterior consistía en una sima vertical de cuatro metros de diámetro protegida por una valla perimetral de alambre de espino con carteles oxidados de «Peligro: Pozo Minero Profundo» .
Un destacamento de la Brigada Móvil de la Ertzaintza , equipado con fusiles de asalto Heckler & Koch G36C y chalecos antibala de nivel IV, había establecido un perímetro táctico de seguridad de trescientos metros alrededor de la dolina para evitar cualquier interferencia de los mercenarios corporativos.
El oficial de la Ertzaintza al mando del dispositivo saludó a la inspectora Irati Mendiluze y al cabo Cortázar.
—Perímetro completamente asegurado, cabo.
Los drones térmicos de vigilancia han sobrevolado el macizo durante la noche y no se detecta presencia humana en tres kilómetros a la redonda.
Pero el viento en la cumbre está soplando a cuarenta kilómetros por hora y la temperatura en el brocal es de dos grados bajo cero.
Korta asintió, colocándose los guantes de trabajo de cuero reforzado.
—Vamos a montar la cabecera de descenso de inmediato. El tiempo de permanencia en el fondo no superará las dos horas.
Busturia, Patxi y Gaizka descargaron del furgón los elementos de la cabecera de espeleosocorro.
Sobre la boca de la sima desplegaron el trípode de aleación aeronáutica DBI-SALA Advanced , ajustando las tres patas telescópicas con pasadores de seguridad de acero inoxidable hasta lograr una verticalidad perfecta sobre el centro del pozo.
Korta, con un martillo percutor a batería Hilti TE 6-A22 , taladró cuatro orificios de doce milímetros de diámetro en el bloque de roca caliza maciza que formaba el labio norte de la sima.