Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 03 — LA INSPECCIÓN TÉCNICA EN LAS CENIZAS DE MIRIBILLA #4
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CAPÍTULO 03 — LA INSPECCIÓN TÉCNICA EN LAS CENIZAS DE MIRIBILLA #4

—Leire, Jon Ander... He revisado los análisis toxicológicos de las muestras de aire de la sima de Peñas Negras que me enviasteis —explicó Miren con tono riguroso—.

La atmósfera a noventa metros de profundidad tiene una humedad relativa del noventa y ocho por ciento, presencia de sulfuro de hidrógeno y vapores pesados de perfluorooctanoilsulfonato ( PFOS ).

Miren desplegó las tablas de descompresión y toxicidad pulmonar.

—Si vais a respirar con equipos de circuito cerrado Dräger BG4 a esa cota con esfuerzo físico de ascenso por cuerda, el consumo de oxígeno puro puede generar una presión parcial de O2 de hasta uno coma tres atmósferas absolutas ( ATA ).

Os he preparado un protocolo de preoxigenación con pausas de aire normobárico cada cuarenta y cinco minutos para evitar la toxicidad del sistema nervioso central ( Efecto Paul Bert ) y la irritación pulmonar por oxígeno ( Efecto Lorrain Smith ).

Leire tomó las pautas médicas.

—Gracias, Miren. Llevaremos además ampollas de tiosulfato sódico y atropina en el maletín de espeleomedicina por si encontramos emanaciones de cianamidas en el agua de la sima.

Miren estrechó la mano de ambos con afecto.

—Cuidado ahí abajo. Esa sima no perdona los errores.

A las doce de la noche, de regreso en el hangar de Miribilla, Korta, Leire y Busturia completaron la estiba del Furgón de Espeleosocorro y Rescate Subterráneo .

Cargaron en las bandejas correderas del vehículo dos trípodes de aleación ligera de aluminio aeronáutico DBI-SALA Advanced , con capacidad de carga de cuatrocientos cincuenta kilogramos.

Tres polipastos manuales de tracción por cable Tirfor T-516 con cincuenta metros de cable de acero de ocho milímetros, cuatro bobinas de cuerda semiestática tipo A Korda's Dana 1000 de once milímetros tratadas contra la abrasión ácida, cuatro trajes estancos de espeleosocorro de cordura resinada y una bomba de achique eléctrica antideflagrante sumergible Grindex Salvador de acero inoxidable.

Korta revisó por última vez el cierre del portón trasero.

—Todo listo para las seis de la mañana, Busturia.

El sargento le dio una palmada en el hombro.

—Descansad tres horas, muchachos. Mañana va a ser un día muy largo.

A la una y media de la madrugada, antes de retirarse a las habitaciones de guardia, Korta invitó a Leire al pequeño taller personal que conservaba en el altillo del parque de Miribilla.

Sobre un banco de madera de roble, Korta encendió una antigua lámpara de carburo de minero de latón dorado, fabricada en 1932 por la histórica firma bilbaína Arrasate .

La llama blanca y brillante de acetileno iluminó el taller con un resplandor cálido y ancestral, desprendiendo ese sutil aroma a carburo que evocaba la memoria de las galerías de hierro.

Korta tomó la lámpara con sus manos grandes y le mostró a Leire una inscripción en euskera grabada a punzón en la base del depósito.

— «Lurraren bihotzean, sua eta leialtasuna» —leyó Korta con su voz profunda y emocionada—.

«En el corazón de la tierra, fuego y lealtad» .

Esta lámpara perteneció a mi aitona en el pozo Bodovalle y luego a mi padre.

Mi padre me la entregó el día que aprobé la oposición de bomberos y me dijo: «Jon Ander, la luz de un minero no es para ver dónde pisas tú, sino para que los que vienen detrás no caigan al pozo» .

Leire acarició el latón dorado de la lámpara, con los ojos empañados por una emoción incontenible.

Tomó las manos de Korta entre las suyas.

—Tu padre estaría inmensamente orgulloso del hombre y del bombero en el que te has convertido, Jon Ander. Tu luz es la más noble y valiente que he conocido jamás.

Korta la miró a los ojos, sintiendo que su alma encontraba por fin su verdadero refugio.

Se inclinó suavemente y besó la frente de Leire con una devoción pura y protectora.

—Mañana bajaremos a esa sima, Leire. Y esta lámpara nos guiará de vuelta a la luz.

A las dos de la madrugada, Korta y Leire subieron por última vez a la terraza del parque de Miribilla para contemplar la calma de Bilbao.

La ría del Nervión brillaba como un espejo negro bajo la luna menguante.

Korta tomó suavemente la mano de Leire entre las suyas, entrelazando sus dedos con una firmeza que transmitía una paz absoluta.

—Descansa, Leire. Mañana estaré a tu lado en cada metro de cuerda.

Leire apoyó su frente en el pecho de Korta, escuchando el latido fuerte y sereno de su corazón.

—Lo sé, Jon Ander. Buenas noches.

La brisa gélida que descendía desde las cumbres del monte Pagasarri y del Ganekogorta acariciaba los tejados de la ciudad, llevando consigo la memoria de generaciones de trabajadores que forjaron el destino de Euskadi con el hierro y el fuego.

En las galerías inundadas de Peñas Negras y en la corta inmensa de Bodovalle, la tierra guardaba los secretos de un crimen que estaba a punto de ser desenmascarado.

Jon Ander Cortázar y Leire Arregi descansaban con la serenidad de quienes saben que su causa es justa y que su fuerza reside en la lealtad inquebrantable que los unía.

La noche daba paso a la madrugada del veintisiete de diciembre, cuando los equipos de rescate descenderían a las profundidades de la tierra para iluminar la verdad.

El latido de las cenizas se preparaba para el amanecer de la justicia.