CAPÍTULO 02 — LA SALA DE AUTOPSIAS 2 DEL IVML Y EL SIGNO DE MONTALTI #4
Korta observó a Leire con una admiración profunda y silenciosa: bajo la coraza de la científica implacable y meticulosa latía el corazón de una mujer con una sensibilidad y una entrega humana excepcionales.
A las siete de la mañana del veinticinco de diciembre, la luz limpia y grisácea del amanecer comenzó a disipar la niebla sobre la ría de Bilbao.
Desde los grandes ventanales del IVML, el paisaje mostraba las aguas mansas del Nervión reflejando las curvas de titanio del Museo Guggenheim, el puente de La Salve y las cumbres verdes del monte Artxanda emergiendo bajo un cielo despejado tras la tormenta.
La inspectora Irati Mendiluze guardó la tarjeta microSD en la saca de seguridad judicial.
—Voy a solicitar a la magistrada Elena Orue la incoación inmediata de diligencias previas secretas por homicidio cualificado, pertenencia a organización criminal y delitos continuados contra el medio ambiente.
Cabo Cortázar, doctora Arregi... quedan designados oficialmente como peritos judiciales coordinadores de la investigación técnica y forense.
Korta se cuadró levemente.
—A su disposición, inspectora.
Leire firmó el dictamen de autopsia en la tableta digital.
—El informe pericial preliminar está remitido al juzgado de guardia.
A las siete y media de la mañana, Korta y Leire salieron juntos a la terraza exterior del Instituto Vasco de Medicina Legal para respirar el aire frío y puro del amanecer.
Las campanas de la iglesia de San Nicolás y de la basílica de Begoña repicaban en la distancia celebrando la mañana de Navidad en una ciudad que despertaba en paz.
Korta extrajo de su chaqueta un termo de acero inoxidable y sirvió café recién hecho en dos vasos térmicos, entregándole uno a Leire.
—Café de puchero de caserío, doctora. Sin azúcar, como le gusta a la gente de las Encartaciones.
Leire tomó el vaso con ambas manos, sintiendo el calor reconfortante del café y el roce suave y firme de los dedos de Korta.
Una sonrisa auténtica y luminosa iluminó el rostro de la forense.
—Gracias, Jon Ander. Hace muchos años que una guardia no me dejaba esta sensación de estar haciendo exactamente lo correcto.
Korta la miró con esa nobleza austera y protectora que nacía de sus raíces mineras.
—En la mina de Gallarta decían los viejos que la oscuridad solo asusta a los que no tienen una buena lámpara de carburo. Ahora tenemos la ciencia de su bisturí y las herramientas de mis bomberos. Vamos a llegar hasta el fondo de esta galería, Leire. Caiga quien caiga.
Leire sostuvo la mirada de Korta frente a la inmensidad del cielo vizcaíno.
—Hasta el fondo, Jon Ander. Juntos.
A las ocho y cuarto de la mañana, tras completar el traspaso de guardia en Miribilla y en el IVML, Korta condujo su todoterreno escoltando al vehículo de Leire por la carretera comarcal que asciende hacia el valle de Galdames , en el corazón verde y montañoso de Las Encartaciones.
El paisaje, cubierto por una alfombra brillante de escarcha invernal y rodeado por robledales centenarios y cumbres de roca caliza, transmitía una quietud milenaria y serena.
Llegaron al caserío familiar de Leire, Arregi-Enea , una sólida construcción de piedra de sillería y vigas de roble levantada en el siglo XVIII a los pies del monte Ganeran.
En la amplia cocina rústica, donde el fuego de leña de encina ya ardía en la chimenea gracias al cuidado de los padres de Leire, ambos compartieron un desayuno reparador de tostadas de pan de pueblo con aceite de oliva virgen, queso curado de oveja carranzana y café con leche recién hervida.
Sentados frente al fuego, despojados de la tensión del operativo, Korta y Leire conversaron durante horas sobre sus orígenes: los recuerdos de la infancia de Korta en los barrios mineros de Gallarta, la memoria de las huelgas del mineral de hierro y la vocación médica de Leire forjada en los caminos rurales de Enkarterri.
La complicidad entre ambos crecía con una naturalidad hermosa y profunda, sellando una confianza mutua indestructible que se convertiría en su mayor escudo frente a la tormenta que se cernía sobre Bizkaia.
El sol del mediodía de Navidad brillaba con fuerza sobre los bosques de hayas y castaños de Galdames y sobre las simas misteriosas de Peñas Negras.
La autopsia de Mikel Ormaetxea y el hallazgo de los archivos secretos en el talón de su bota minera habían derribado la farsa del accidente laboral, encendiendo la mecha de una investigación judicial implacable.
En los quirófanos de Cruces, en los hangares de Miribilla y en los caseríos de Las Encartaciones, la dignidad de los servidores públicos de Euskadi se alzaba como una muralla infranqueable frente a la codicia y el crimen corporativo.
Jon Ander Cortázar y Leire Arregi sabían que el enemigo no dudaría en volver a golpear para proteger sus millones opacos y sus vertidos clandestinos: pero en el silencio de las montañas vizcaínas y en la mirada serena que compartían al calor del hogar, ambos habían encontrado la certeza de que el fuego de la justicia y la fuerza de su unión jamás serían derrotados por las sombras.
El latido de las cenizas aguardaba la llegada del solsticio, pero la verdad ya había comenzado a resurgir de la tierra.