Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ #4
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CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ #4

—No hay depósitos de hollín en la mucosa laríngea ni en los cornetes nasales: el Signo de Montalti es totalmente negativo.

Este hombre no respiró una sola bocanada del humo del incendio.

Estaba clínicamente muerto al menos quince minutos antes de que se produjera la primera deflagración en la galería criogénica.

Korta frunció el ceño, apretando la mandíbula.

—Alguien utilizó la explosión de la planta como cortina de humo para encubrir una ejecución sumaria y destruir el cuerpo en el colapso del túnel.

Leire alzó la mirada hacia Korta, clavando sus ojos castaños en los del bombero con una intensidad electrizante.

—Exactamente, cabo Cortázar. Y quienquiera que haya planificado esto conocía a la perfección los puntos ciegos de las cámaras de seguridad, los esquemas de ventilación y los compuestos químicos de la refinería. Esto no es un sabotaje aislado; es una conspiración criminal en toda regla.

Irati Mendiluze tomó nota en su tableta encriptada.

—Doctora Arregi, traslade el cadáver a la Sala de Autopsias Dos del IVML en Bilbao. Quiero el informe toxicológico completo y la identificación dactilar antes de que amanezca.

A las 01:40 horas de la madrugada, las dos ambulancias medicalizadas de Soporte Vital Avanzado abandonaron el complejo de Punta Ceballos con las sirenas y los rotativos encendidos, escoltadas por dos vehículos radiopatrulla de la Ertzaintza.

El convoy surcó la autovía A-8 a ciento cuarenta kilómetros por hora rumbo a Barakaldo, donde el equipo de guardia de la doctora Miren Mendiluze aguardaba en el Box 1 de Politrauma y en la Unidad de Grandes Quemados de Cruces para iniciar la descontaminación hiperbárica y el tratamiento de las quemaduras por inhalación.

Detrás de las ambulancias, el furgón refrigerado del Instituto Vasco de Medicina Legal trasladaba el cuerpo del ingeniero asesinado hacia la sede judicial de Bilbao en la calle Barroeta Aldamar.

En la explanada de la refinería, las dotaciones de bomberos de Miribilla y los retenes de la propia planta química continuaban las labores de refrigeración de las esferas de gas propileno y el sellado de las válvulas de derivación.

El riesgo de una explosión en cadena en superficie había quedado neutralizado gracias a la rapidez y a la pericia técnica de la incursión en la galería subterránea.

A las cuatro y cuarto de la madrugada, las dos Bombas Urbanas Pesadas y el furgón químico regresaron a la nave de Miribilla.

Los doce bomberos de la guardia se movían en silencio, exhaustos tras cinco horas de combate ininterrumpido contra el fuego, los gases venenosos y el frío del Cantábrico.

En el túnel de lavado, limpiaron a conciencia con mangueras de alta presión las ruedas, los bajos y las herramientas de corte térmico, eliminando cualquier residuo químico antes de guardar los vehículos en sus puestos.

En los vestuarios de la planta baja, Korta se despojó del pantalón y la camiseta empapados en sudor, colocándose bajo el chorro de agua caliente de las duchas.

El agua arrastraba los restos negros de hollín y el olor metálico del cianuro, relajando la musculatura tensa de sus hombros y su espalda.

Al salir de la ducha, vestido con un chándal limpio del cuerpo, Korta se sirvió una taza de café negro en el comedor desierto del parque.

Se apoyó contra el ventanal acristalado de la sala de guardia, contemplando las luces tenues y lejanas de la ría de Bilbao cubiertas por la lluvia fina.

En su mente resonaba la voz firme y precisa de la doctora Leire Arregi, y el recuerdo de su mirada decidida bajo la luz estroboscópica de las ambulancias en Punta Ceballos.

Korta sabía que aquella nochebuena marcaría el inicio de una batalla mucho más peligrosa y oscura que cualquier incendio que hubiese combatido jamás.

A las cinco y media de la mañana, la lluvia de aguanieve continuaba cayendo con cadencia mansa sobre las laderas escarpadas de Peñas Negras , los hornos de calcinación de Ortuella y la inmensa corta a cielo abierto de Bodovalle en Gallarta.

En las entrañas de la tierra vizcaína, a través de cientos de kilómetros de antiguas galerías mineras excavadas en la roca ferruginosa durante más de un siglo de historia industrial, el agua subterránea discurría en silencio hacia los colectores profundos de la ría.

Allí abajo, donde la oscuridad era absoluta y el eco de las gotas de agua marcaba el compás del tiempo, yacían sepultados secretos que el poder corporativo había intentado borrar mediante el fuego y la muerte.

Pero en la superficie, en los laboratorios del Instituto Vasco de Medicina Legal en Bilbao y en los hangares de los Bomberos en Miribilla, la ciencia forense y el coraje de los servicios públicos se preparaban para desenterrar la verdad.

La memoria del operario asesinado en la galería de Punta Ceballos no quedaría sepultada bajo las cenizas; dos almas forjadas en el rigor del deber y en la nobleza de su tierra —el cabo Jon Ander Cortázar y la doctora Leire Arregi— habían cruzado sus caminos para iluminar las sombras de Bizkaia y defender la vida hasta el último aliento.

El latido de las cenizas comenzaba a despertar en la noche de San Juan.