Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ #3
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CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ #3

Korta iluminó el rostro del hombre con su linterna: en la base del cuello, justo debajo del hueso occipital, sobresalía la aguja de acero de una jeringa médica de diez mililitros con restos de un líquido aceitoso y transparente.

El hombre no presentaba quemaduras en las manos ni en la cara, pero no tenía pulso carotídeo ni reflejo corneal: estaba muerto, con las pupilas en midriasis fija y una rigidez incipiente en la mandíbula que indicaba que su fallecimiento se había producido antes de la deflagración.

—Busturia, aquí Korta —transmitió el cabo con voz gélida y precisa—.

Tenemos dos víctimas vivas en estado crítico por intoxicación aguda de cianuro y un fallecido.

Pero esto no ha sido un accidente laboral.

El fallecido estaba maniatado a una columna estructural con bridas industriales y presenta signos evidentes de homicidio por punción antes del fuego.

El silencio al otro lado de la radio duró dos segundos antes de que la voz del sargento respondiera.

— «Entendido, Korta. Prioridad absoluta a la evacuación de los dos supervivientes. La Policía Judicial de la Ertzaintza y el equipo forense del IVML ya están en el puesto de mando en superficie. ¡Salid de ahí inmediatamente!»

Korta extrajo su cuchillo de rescate de titanio y cortó con dos tajos limpios las bridas que sujetaban el cadáver a la columna.

—Eneko, cargamos al primer herido en la camilla nido Ferno Titan . Yo llevo al segundo a la espalda en transporte de bombero. El cuerpo del fallecido lo aseguramos en la lona de arrastre para no contaminar las pruebas balísticas ni toxicológicas.

Justo en ese instante, un estruendo sordo y pavoroso sacudió la estructura del túnel.

En el techo de la galería, la mezcla de gases no quemados alcanzó su temperatura de autoignición de quinientos ochenta grados, desencadenando un violento rollover que barrió la bóveda con una lengua de fuego de veinte metros de longitud.

Korta reaccionó con la velocidad del instinto: se interpuso físicamente entre la llamarada y los dos heridos, abrió la lanza TFT a caudal máximo de cuatrocientos litros por minuto y proyectó una cortina de agua en abanico plano de sesenta grados contra el techo.

El vapor hirviente golpeó su chaquetón de Nomex y su casco Gallet , haciendo chirriar los componentes plásticos bajo una radiación térmica de más de trescientos kilovatios por metro cuadrado.

—¡Muévete hacia la compuerta, Eneko! ¡Rápido! ¡Yo cubro la retirada!

Protegidos por la pantalla de agua y avanzando paso a paso a través del túnel anegado, los dos bomberos lograron cruzar la compuerta cortafuegos y alcanzar la base del pozo de ventilación con los tres cuerpos asegurados.

A las 00:48 horas, en la superficie del complejo de Punta Ceballos, el cabrestante neumático del trípode de rescate comenzó a izar la camilla nido desde la boca del pozo.

Patxi y Gaizka recibieron la camilla con el primer herido, transfiriéndolo de inmediato a una camilla de ruedas mientras Korta emergía por la escalerilla cargando al segundo operario sobre sus hombros.

El cabo depositó al herido sobre la lona de triaje y se despojó de la máscara facial, inhalando el aire frío y limpio de la noche vizcaína con una bocanada profunda que llenó sus pulmones.

El sudor le chorreaba por la frente, mezclado con partículas negras de hollín que le cubrían las mejillas y el cuello.

Dos técnicos especialistas en materiales peligrosos ( HazMat ) se aproximaron con mangueras de descontaminación de baja presión, rociando los trajes y las botas de los bomberos con una solución alcalina de hipoclorito de sodio diluido al tres por ciento para neutralizar cualquier residuo de ácido cianhídrico adherido al tejido Nomex.

—¡Evacuación médica urgente hacia la carpa de Soporte Vital Avanzado! —gritó Busturia mientras los sanitarios de Osakidetza corrían hacia las camillas.

En ese momento, un todoterreno rotulado del Instituto Vasco de Medicina Legal (IVML) y una ambulancia médica de alta complejidad de Cruces frenaron en seco junto al cordón de seguridad.

De la puerta del copiloto del furgón forense descendió la doctora Leire Arregi .

Leire, una mujer de treinta y seis años, de estatura media, complexión ágil y mirada afilada de color castaño oscuro que denotaba una inteligencia implacable y un control absoluto de las situaciones críticas, vestía un mono térmico azul marino con reflectantes amarillos del IVML, una bata quirúrgica impermeable estéril y guantes dobles de nitrilo púrpura.

Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta tirante y portaba en la mano diestra un maletín rígido de triaje toxicológico avanzado y vía aérea difícil.

A su lado, dos enfermeros intensivistas de la Unidad de Grandes Quemados de Cruces empujaban sendos monitores multiparamétricos Corpuls 3 y mochilas de reanimación.

Leire avanzó hacia la carpa médica con paso rápido y decidido, cruzando su mirada por primera vez con el cabo Jon Ander Cortázar.

Korta, de pie junto al furgón químico con el chaquetón de intervención abierto sobre el pecho húmedo y el casco bajo el brazo, sostuvo la mirada de la médica forense.

En ese breve instante, entre las luces estroboscópicas azules que rasgaban la niebla tóxica y el rugido lejano de las antorchas de la refinería, se produjo un chispazo silencioso y profundo: el reconocimiento mutuo de dos profesionales de élite curtidos en el límite exacto donde la vida batalla contra la muerte.

Leire no titubeó.

—¿Es usted el mando que ha realizado la extracción en el nivel menos cuarenta? —preguntó Leire con voz clara, firme y desprovista de vacilaciones.

—Cabo Cortázar, Bomberos de Bilbao —respondió Korta con tono grave—. Los dos de la derecha tienen pulso pero están en coma por inhalación masiva de cianuro. El tercero está fallecido: lo ataron a una columna antes de que reventaran las tuberías y tiene una punción en el tronco encefálico.

Leire asintió con una frialdad profesional que ocultaba una mente analítica trabajando a mil revoluciones.

—Buen trabajo, cabo. Ahora nos toca a nosotros arrebatárselos a la muerte.

En el interior de la carpa hinchable de Soporte Vital Avanzado, iluminada por focos LED de alta potencia, Leire se situó a la cabecera del primer operario.

El monitor Corpuls 3 registraba una taquicardia ventricular sin pulso inminente: frecuencia cardíaca a ciento cincuenta y ocho latidos, saturación arterial indetectable y una presión arterial de cincuenta sobre treinta.

La piel del paciente presentaba un color sonrosado brillante y anómalo, síntoma inequívoco de la inhibición del complejo citocromo c oxidasa mitocondrial por el ion cianuro, impidiendo que las células utilicen el oxígeno transportado por la hemoglobina.

—¡Acidosis láctica extrema por bloqueo de la cadena respiratoria celular!

—diagnosticó Leire con rapidez fulgurante—.

¡Preparen cinco gramos de Hidroxocobalamina ( Cyanokit ) en doscientos mililitros de suero salino al cero coma nueve por ciento!

¡Perfusión intravenosa en bolo rápido de quince minutos!

La doctora tomó el videolaringoscopio GlideScope , introdujo la pala curva de titanio en la orofaringe del paciente y visualizó la glotis edematizada por la inhalación de gases cáusticos.

—Tubo endotraqueal del número siete y medio con guía metálica —ordenó sin desviar la vista de la pantalla digital—. Administren cincuenta miligramos de ketamina y cien de rocuronio.

Con una precisión quirúrgica asombrosa, Leire deslizó el tubo a través de las cuerdas vocales inflamadas, infló el manguito de sellado y conectó el respirador volumétrico Hamilton T1 con una fracción inspiratoria de oxígeno al cien por cien.

El fármaco antídoto comenzó a ingresar en el torrente sanguíneo del paciente: la molécula de hidroxocobalamina se unió ávidamente a los iones de cianuro libres en plasma, transformándose en cianocobalamina (vitamina B12) inocua, que el organismo comenzaría a filtrar por vía renal.

A los ocho minutos de la infusión, el trazado electrocardiográfico comenzó a estabilizarse, descendiendo a noventa y dos pulsaciones por minuto con una presión arterial media de setenta y cinco milímetros de mercurio.

—Primer paciente estabilizado hemodinámicamente —anunció Leire a su equipo—. Repitan el protocolo exacto con el segundo herido y trasladen en código rojo hacia la UCI de Grandes Quemados de Cruces.

Mientras el equipo de enfermería concluía la estabilización de los dos supervivientes, la doctora Leire Arregi se trasladó a la mesa de triaje forense donde yacía el cuerpo del tercer operario.

Acompañada por la inspectora jefa Irati Mendiluze , que acababa de llegar al mando de la comisión judicial de la Ertzaintza, Leire encendió una lámpara ultravioleta de longitud de onda forense (365 nanómetros).

Korta se acercó en silencio, situándose a un metro de la mesa para observar el examen.

Leire colocó un testigo métrico junto al cuello de la víctima y extrajo con pinzas quirúrgicas estériles la jeringa clavada en la base del occipital.

—Miren esto, inspectora... cabo —señaló Leire con el extremo de la pinza—.

La aguja fue introducida entre el atlas y el axis, alcanzando directamente la médula oblongada y los centros cardiorrespiratorios.

No hay hemorragia subaracnoidea masiva, lo que demuestra que la inyección se realizó con la víctima completamente inmovilizada.

Leire examinó las fosas nasales y la cavidad bucal del fallecido con un hisopo estéril.