CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ #2
A ras de suelo, una niebla espesa y amarillenta, con un olor acre que combinaba el hedor a almendras amargas del ácido cianhídrico con el matiz dulzón y asfixiante del fosgeno, se arrastraba empujada por el viento entre las marañas de tuberías de acero, las torres de fraccionamiento y los tanques esféricos de almacenamiento de gas licuado.
En la explanada de acceso al Pozo de Ventilación Número Tres , tres patrullas de la Brigada Móvil de la Ertzaintza y dos ambulancias de Soporte Vital Básico mantenían un cordón de exclusión de doscientos metros.
El director de seguridad de la planta, un ingeniero con el rostro desencajado por el pánico y vistiendo un mono ignífugo empapado en sudor frío, corrió hacia el vehículo de mando de Busturia.
—¡Sargento! ¡La deflagración ocurrió en el nivel menos cuarenta, en la galería de interconexión que pasa bajo el fondo de la dársena!
—gritó el técnico tratando de hacerse oír sobre el bramido del viento y el rugido de los quemadores—.
El equipo de mantenimiento nocturno estaba realizando una inspección rutinaria de los sellos de las válvulas de gas propileno cuando se produjo una caída brusca de presión seguida de una explosión térmica.
Tres hombres quedaron atrapados al otro lado de la compuerta cortafuegos cuatro.
Los sensores de telemetría indican que la compuerta se ha deformado y no responde al control hidráulico remoto.
Korta bajó de la cabina de un salto, situándose frente al ingeniero con una presencia imponente.
—¿Qué sustancias químicas circulaban por las líneas adyacentes a la compuerta cuatro en el momento del estallido? —interrogó Korta con tono firme y cortante.
El ingeniero tragó saliva con dificultad.
—Tuberías de gas licuado a dieciséis bar, una línea de sulfuro de hidrógeno y, en el nivel inferior, un colector de condensados que transporta mezclas residuales de disolventes fluorados y reactivos de síntesis petroquímica hacia los tanques de decantación profunda.
Korta miró a Busturia y asintió.
—Tenemos un incendio confinado con riesgo de BLEVE en el rack de tuberías y una atmósfera saturada de gases letales. Eneko, ponte la máscara. Bajamos ya.
En la parte trasera del furgón químico, Korta y Eneko se colocaron los arneses dorsales de los equipos Dräger PSS BG4 plus .
Korta encajó la boquilla de acople rápido en la máscara facial Panorama Nova , escuchando el chasquido estanco del anillo de bayoneta.
Realizó el test de estanqueidad a presión positiva: bloqueó la entrada de aire con la palma enguantada e inhaló profundamente hasta generar una depresión de diez milibares, comprobando que la membrana no cedía ni un solo milímetro durante diez segundos.
A continuación, abrió la válvula de la botella de oxígeno a doscientos diez bar: el manómetro digital iluminó sus dígitos en verde brillante, indicando una reserva respiratoria de cuatro horas y diez minutos.
Colocó en el circuito respiratorio un cartucho criogénico de refrigeración relleno con gel de hielo seco para evitar que el aire reciclado por la cal sodada alcanzara temperaturas superiores a los cuarenta grados en el interior del túnel.
A la cintura se ancló el detector multigas Industrial Scientific Ventis Pro5 , equipado con bomba de aspiración continua y sensores calibrados para oxígeno, sulfuro de hidrógeno ( H2S ), monóxido de carbono ( CO ), cianuro de hidrógeno ( HCN ) y un sensor de fotoionización ( PID ) para compuestos orgánicos volátiles.
En la mano izquierda empuñó la cámara térmica FLIR K65 , con sensor microbolómetro de alta resolución capaz de medir temperaturas de hasta seiscientos cincuenta grados a través del humo denso y la oscuridad total.
—Comunicaciones en canal táctico Bravo-dos —ordenó Korta a través del micrófono de laringe integrado en la máscara—.
Control de tiempo cada diez minutos. Si la temperatura en bóveda supera los cuatrocientos grados o el nivel de cianuro pasa de cincuenta partes por millón en el aire respirable, replegamos hacia la vertical del pozo.
Busturia le dio una palmada firme en el hombro.
—Sacadlos de ahí, Jon Ander. Buena suerte.
La entrada al Pozo de Ventilación Número Tres consistía en un búnker de hormigón armado de cuatro metros de diámetro cerrado por una escotilla circular de acero de ciento cincuenta milímetros de espesor.
Patxi y Gaizka accionaron el volante manual de descompresión de la escotilla: al abrirse la compuerta, una bocanada de aire recalentado a sesenta grados, cargado de vapor ácido y partículas negras de hollín, fue expulsada hacia la noche con un siseo siniestro.
El detector multigas de Korta comenzó a pitar de inmediato.
— «Alerta HCN: 38 ppm. Alerta CO: 420 ppm. Oxígeno: 16.2%.»
Korta no vaciló: enganchó el mosquetón de su línea de vida de aramida a la argolla de seguridad del brocal del pozo y comenzó el descenso por la escalerilla vertical de gato de acero galvanizado.
A cada metro que descendían hacia las entrañas de la tierra, la temperatura ambiente aumentaba de forma implacable.
El aire exterior y el frío de la noche quedaron atrás, sustituidos por una atmósfera opresiva y turbia donde la visibilidad se reducía a menos de cincuenta centímetros.
Korta encendió la linterna del casco y la cámara térmica FLIR : en la pantalla digital, las paredes de hormigón del pozo se mostraban en tonos anaranjados y rojizos, indicando que el calor del incendio en la galería horizontal estaba ascendiendo por convección hacia la superficie.
El oficial mantenía un ritmo cardíaco pausado y controlado: sus años de experiencia en las galerías mineras de Gallarta le habían enseñado que en un rescate subterráneo el pánico consume el oxígeno el doble de rápido que el esfuerzo físico.
A los cuarenta metros de profundidad, sus botas de seguridad tocaron la solera de hormigón del nivel inferior.
Se encontraban en el inicio de la Galería de Servicio Subterránea Número Cuatro , un túnel abovedado de tres metros de ancho por tres de alto que discurría horizontalmente bajo el fondo marino de la dársena de Punta Ceballos.
El interior de la galería presentaba un contraste térmico extremo y aterrador.
A lo largo del lateral derecho del túnel discurrían las tres tuberías maestras de acero criogénico de gas natural licuado (GNL) a ciento sesenta grados bajo cero, cubiertas por una gruesa costra blanca de escarcha y hielo sólido.
A la izquierda, a solo dos metros de distancia, el rack de bandejas de cables de alta tensión y las tuberías de condensados de nafta habían ardido, dejando una estela de fuego residual y charcos de hidrocarburos incandescentes que ardían a más de setecientos grados.
El choque violento entre el frío extremo de las tuberías criogénicas y el calor voraz del incendio generaba una niebla densa de vapor de condensación que crujía como el hielo al fracturarse bajo la quilla de un barco.
Korta avanzaba en cabeza en posición de gateo bajo, arrastrando la manguera semirrígida de veinticinco milímetros conectada a la red de alta presión exterior y guiando a Eneko con toques secos de bota.
Ajustó la lanza TFT Ultimatic en posición de niebla de protección a cuarenta y cinco grados: el agua pulverizada a doce bar de presión absorbía la radiación térmica de las llamas, transformándose instantáneamente en nubes de vapor sobrecalentado que los bomberos evacuaban hacia la parte superior de la bóveda.
—Avanzamos cincuenta metros —comunicó Korta por la radio con voz tranquila a pesar de la atmósfera sofocante—. Visibilidad nula en óptico, operando exclusivamente con termografía. Detectamos deformación estructural en las cerchas metálicas de la bóveda a ochenta metros.
La pantalla de la cámara térmica reveló una anomalía geométrica en el fondo del túnel.
Una masa densa y oscura bloqueaba el paso: la Compuerta Cortafuegos Cuatro , una gigantesca plancha de acero de dos toneladas, se encontraba desencajada de sus guías laterales debido a la onda expansiva de la deflagración, dejando un hueco inferior de apenas sesenta centímetros entre el borde metálico y el suelo anegado por diez centímetros de agua aceitosa.
Korta se deslizó cuerpo a tierra bajo el borde afilado de la compuerta deformada, arrastrándose sobre el fango químico.
Al otro lado se abría la Sala de Compresores Secundarios , un recinto de cien metros cuadrados donde el aire estaba saturado de un humo blanco y denso que picaba a través del tejido de los guantes.
Korta barrió la sala con el haz infrarrojo de la cámara térmica.
En la esquina nordeste, junto a la bancada de hormigón de una bomba de impulsión, aparecieron tres siluetas térmicas con temperaturas corporales diferenciadas.
—¡Eneko, cruza la compuerta! ¡Tengo contacto visual con tres víctimas! —ordenó Korta mientras se incorporaba y avanzaba con paso rápido hacia el rincón.
Al llegar junto a los cuerpos, Korta se arrodilló para realizar la primera evaluación de triaje.
Los dos primeros hombres, operarios jóvenes con monos de trabajo de la empresa de mantenimiento, yacían sobre el suelo en decúbito lateral: estaban inconscientes, cubiertos de hollín, con respiración agónica y superficial (patrón de Cheyne-Stokes con pausas de apnea de diez segundos) y pulso filiforme a más de ciento cuarenta latidos por minuto.
Korta conectó de inmediato las dos capuchas de rescate de flujo continuo de oxígeno a sus tomas auxiliares, colocándolas sobre las cabezas de los dos jóvenes.
El flujo masivo de oxígeno puro comenzó a lavar las vías aéreas de los intoxicados, estabilizando sus frecuencias cardíacas.
Sin embargo, al aproximarse al tercer cuerpo, Korta se detuvo en seco.
El tercer hombre, un operario veterano de unos cincuenta años con cabello canoso, no se encontraba en el suelo por efecto de la onda expansiva: estaba atado firmemente a una columna de acero estructural con cuatro bridas industriales de nylon reforzado que le ceñían los tobillos y el torso.
Tenía las manos inmovilizadas a la espalda y la cabeza caída sobre el pecho.