Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ
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Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2)

Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2)

Por Nerea Iturralde

© inepub.com

CAPÍTULO 01 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DE MUSKIZ

A las once de la noche del veinticuatro de diciembre, una densa capa de aguanieve azotaba las cristaleras y las losas de hormigón del Parque Central de Bomberos de Bilbao , situado en la ladera alta de Miribilla.

El viento gélido del noroeste, canalizado a través del cauce de la ría del Nervión con rachas que superaban los ochenta kilómetros por hora, arrastraba el olor a carbón húmedo, salitre y asfalto frío desde los muelles de Zorrozaurre hasta los barrios altos de la capital vizcaína.

En el taller de equipos de protección respiratoria, en una esquina apartada de la nave donde solo se escuchaba el murmullo continuo del compresor de aire de alta presión, el cabo Jon Ander 'Korta' Cortázar trabajaba con metódica paciencia sobre una mesa de acero inoxidable.

Korta, un hombre de treinta y ocho años, espaldas anchas forjadas en su juventud como barrenista en las minas de hierro de Gallarta y manos grandes curtidas por el fuego y las herramientas pesadas, vestía el pantalón azul marino de faena del cuerpo, botas técnicas de media caña con puntera de composite y una camiseta térmica negra ajustada que dejaba a la vista los antebrazos surcados de venas firmes y una cicatriz longitudinal en el deltoides izquierdo, recuerdo imborrable de un colapso de viguetas en el puerto de Zierbena tres inviernos atrás.

Frente a él se alineaban cuatro unidades del equipo de respiración autónoma de circuito cerrado Dräger PSS BG4 plus , los equipos de élite destinados a intervenciones prolongadas en túneles subterráneos, simas mineras y atmósferas tóxicas no respirables.

Con movimientos precisos y ensayados durante cientos de guardias, Korta desmontaba la carcasa de polímero termoplástico de uno de los equipos, inspeccionaba las juntas tóricas de silicona de la válvula de exhalación y sustituía el cartucho absorbedor de dióxido de carbono relleno con tres kilogramos de cal sodada DrägerSorb 400 .

Comprobó la botella de oxígeno comprimido de dos litros a doscientos bar de presión, verificando en el manómetro electrónico y en la unidad de telemetría Bodyguard II que la presión estática alcanzara exactamente los doscientos diez bar y que la alarma de fuga acústica funcionara a noventa decibelios.

—Si bajas a cuarenta metros bajo tierra con gases calientes, no te salva el valor, te salvan tres juntas de nitrilo bien engrasadas con vaselina neutra —murmuró para sí mismo mientras ajustaba la máscara facial de sobrepresión Panorama Nova .

Desde la puerta del taller, con una taza de café negro humeante en la mano y el chaquetón de mando colgado de un hombro, el sargento de guardia Asier 'Busturia' Uriarte observaba a su cabo con una mezcla de respeto y complicidad veterana.

—Korta, deja ya las botellas por hoy. Son las once y cuarto de Nochebuena. Los chavales han puesto en la mesa del comedor una bandeja de bacalao al pil-pil que ha traído Gaizka de Bermeo y una botella de sidra. Sube a comer algo caliente antes de que la noche se tuerza.

Korta alzó la vista, limpiándose las manos con un trapo de algodón seco.

—El pronóstico de Aemet da temporal fuerza nueve en el Abra exterior a partir de medianoche, Asier.

Con este viento y la humedad por encima del noventa y cinco por ciento, las plantas de la margen izquierda trabajan con sobrepresión en los reactores para evitar condensaciones.

Si salta una chispa en Muskiz o en Punta Ceballos, los equipos tienen que estar listos para cuatro horas de autonomía sin pedir relevo.

Busturia sonrió con un gesto amargo y comprensivo.

—Nunca dejas de ser barrenista, Jon Ander. Llevas diez años en el cuerpo y sigues oliendo la mina en cada túnel.

Antes de que Korta pudiera responder, el silencio de la nave se rompió con un chasquido metálico y estridente que heló el ambiente.

Un tono agudo y discontinuo de tres pulsos por segundo comenzó a sonar por los altavoces de megafonía de todo el edificio de Miribilla, acompañado por el parpadeo sincronizado de las luces estroboscópicas rojas instaladas en las columnas de la nave.

La voz sintetizada de la centralita de transmisiones de la Ertzaintza y del SOS Deiak 112 de Txurdinaga retumbó con prioridad absoluta en la frecuencia táctica Alfa-1.

— «¡Atención Parque Central de Miribilla!

¡Activación de Código Rojo por Emergencia Industrial Nivel Tres en el término municipal de Zierbena-Muskiz!

Se informa de deflagración múltiple y fuego confinado en la galería de servicio subterránea número cuatro de la terminal de hidrocarburos de Punta Ceballos, conectada a la planta de craqueo de Petronor.

Se detecta fuga masiva de gases pesados con presencia confirmada de cianuro de hidrógeno (HCN) y derivados de fosgeno.

Tres operarios de mantenimiento atrapados en el nivel menos cuarenta metros.

Salen BUP-1, BUP-2, Furgón de Rescate Químico y Furgón de Apeos. Repito: Código Rojo.»

El efecto fue instantáneo.

Los doce bomberos de la guardia descendieron por las barras de deslizamiento desde la primera planta, calzándose los pantalones de intervención de Nomex Tough en menos de quince segundos, ajustando los tirantes y encajando las botas de seguridad reforzadas con suelas antiestáticas.

Korta cerró de un golpe la carcasa del Dräger BG4 , cargó dos equipos en los soportes del furgón químico y subió de un salto al asiento del copiloto de la Bomba Urbana Pesada 1 , donde el bombero especialista Eneko ya arrancaba el motor diésel de seis cilindros.

Busturia ocupó el asiento de mando, desplegando la pantalla táctil del terminal informático embarcado donde parpadeaban los planos unifilares y los esquemas de riesgo del complejo petroquímico.

—Korta, la llamada ha entrado por la línea directa de seguridad de Petronor —informó el sargento mientras se ajustaba el barboquejo del casco integral Gallet F1XF con visor dorado aluminizado—.

La explosión ha reventado las tuberías de alimentación criogénica de gas licuado que cruzan bajo el lecho de la ría.

La galería está colapsando y el sistema de extinción fija por espuma de alta expansión ha quedado fuera de servicio por rotura de la tubería matriz.

Si el fuego alcanza las esferas de almacenamiento de propano en superficie, la onda expansiva se siente hasta en Barakaldo.

Korta conectó el micrófono de solapa de su transmisor TETRA.

—Entraremos por el pozo de ventilación tres con los equipos de circuito cerrado.

Eneko y yo formamos el primer binomio de penetración.

Patxi y Gaizka montan la línea de ataque con espuma de baja expansión en la boca del túnel y la ventilación táctica con presión positiva.

Nadie baja sin detector multigas calibrado para cianuro.

El portón seccional número tres se abrió con un zumbido neumático hacia la noche oscura y helada de Bilbao.

A las 23:52 horas, el convoy de emergencias de los Bomberos de Bilbao abandonó el parque de Miribilla a sesenta kilómetros por hora, abriéndose paso por las calles desiertas de la ciudad con las sirenas bitonales de cien vatios y las luces rotativas azules iluminando las fachadas de granito.

El convoy se incorporó a la autovía A-8 en sentido Santander, acelerando sobre el asfalto mojado y cubierto por una fina película de aguanieve que amenazaba con convertirse en placas de hielo.

A través del parabrisas barrido por los limpiaparabrisas a máxima velocidad, Korta contemplaba las siluetas oscuras de las laderas de la margen izquierda: las torres residenciales de Barakaldo, las estructuras industriales de Sestao, el viaducto de Portugalete y, a lo lejos, el resplandor rojizo y siniestro que teñía las nubes bajas sobre la costa de Muskiz y Zierbena.

En el interior de la cabina, el silencio era casi absoluto, roto únicamente por el rugido del motor Scania y el chisporroteo de la radio táctica.

Korta aprovechó los doce minutos de trayecto para completar su equipamiento personal: ajustó el verduguillo ignífugo de fibra PBI Gold cubriendo cuello y mejillas, revisó la linterna angular antideflagrante Adalit L-3000 anclada al pecho del chaquetón y comprobó que su cuchillo de rescate con hoja de titanio y filo dentado estuviera accesible en el bolsillo lateral del muslo.

—Eneko, ¿cuántos metros de línea guía llevamos en la bolsa de intervención? —preguntó Korta sin apartar la mirada de la carretera.

—Ciento cincuenta metros de cuerda de aramida con alma de acero inoxidable de cuatro milímetros, resistente a seiscientos grados —respondió el joven bombero mientras comprobaba las válvulas de paso de su equipo respiratorio—.

Y dos capuchas de rescate con botella de escape de quince minutos para los operarios si los encontramos con vida.

—Si hay fosgeno en la atmósfera, las capuchas de escape no bastan si la piel está expuesta a más de cinco partes por millón —advirtió Korta con voz grave y pedagógica—.

El fosgeno reacciona con el agua de las mucosas y los alveolos pulmonares formando ácido clorhídrico y monóxido de carbono, destruyendo la membrana alveolocapilar en cuestión de minutos.

Si encontramos a alguien vivo, lo empaquetamos en la camilla de vacío con la máscara de sobrepresión y salimos en tiro directo hacia el pozo.

A las 00:06 horas, el convoy cruzó el desvío hacia el puerto exterior de Zierbena, adentrándose en el perímetro de seguridad de la terminal marítima de Punta Ceballos .

El escenario que se abrió ante los bomberos al cruzar la cancela blindada de acceso era sobrecogedor.

A la izquierda del muelle de atraque de superpetroleros, las dos chimeneas de antorcha de seguridad de la refinería rugían con llamaradas gigantescas de más de treinta metros de longitud, quemando los excedentes de gas comprimido para aliviar la sobrepresión de las líneas principales.