CAPÍTULO 18 EL PRECIO DE LA LIBERTAD
El sol se alzó sobre Veldaris como una herida dorada en el cielo.
Nos detuvimos en una colina a las afueras de la ciudad, con los pulmones ardiendo y la ropa empapada de agua esmeralda, y contemplamos el Bastión a lo lejos.
Una columna de humo se elevaba de sus torres, y los gritos de la guardia se mezclaban con el canto de los pájaros matutinos.
—Lo hemos hecho —dije, sin creérmelo del todo.
—Sí. —Seraphina, a mi lado, tenía la mirada fija en el castillo—. Hemos derrocado a un rey.
—¿Y ahora qué?
—Ahora, reconstruimos.
Lina y su equipo emergieron del túnel con los cien niños.
Estaban sucios, asustados, hambrientos, pero vivos.
Todos vivos. Se apiñaron alrededor de nosotros como polluelos buscando el calor de su madre, y Seraphina se arrodilló para abrazar al niño de la magia de Sangre, Kaelen Virek, que lloraba en silencio contra su hombro.
—Estáis a salvo —les dijo, con una voz suave que no le había oído antes—. Nadie volverá a encerraros. Nadie volverá a robar vuestra magia.
—¿Y el rey? —preguntó una niña de cabello castaño, con los ojos enormes.
—El rey ya no os hará daño. Nunca más.
Lady Vess apareció poco después, acompañada por los restos de la resistencia.
Traía noticias: el veneno de la fuente se había extendido por todo el Bastión, obligando a los guardias a huir.
La guardia real se había rendido, y los nobles, al saber que el rey había perdido sus magias, se apresuraban a jurar lealtad a la heredera legítima.
—Thornwall es vuestro, alteza —dijo Lady Vess, inclinando la cabeza—. Veldaris os pertenece.
Seraphina se puso en pie, con el niño en brazos.
—No quiero un reino —dijo—. Quiero un cambio. La Recolección será abolida. Las Cáscaras serán tratadas como ciudadanos, no como esclavos. Y cada niño recibirá educación, comida y un hogar.
—¿Y la magia? —preguntó alguien—. ¿Qué haremos con las esferas que quedan?
—Devolverlas. Todas. La magia regresará a sus dueños. Y los que quieran, podrán aprender a usarla sin miedo.
Se hizo un silencio. Luego, uno a uno, los rebeldes se arrodillaron.
—Viva la reina Seraphina —dijo Lady Vess.
—Viva la reina —repitieron todos.
Seraphina me miró. En sus ojos de niebla había una emoción que no supe descifrar.
—No estoy sola en esto —dijo—. No sin ti.
—Siempre estaré aquí —respondí—. Como aliado. Como amigo.
—¿Solo amigo?
—Por ahora. —Sonreí—. Aún tenemos que salvar a mi hermano.
---
Tobin.
Lo encontramos en la granja del sur, sentado en el porche con la mirada perdida. Silas estaba a su lado, fumando su pipa, y al vernos llegar, se puso en pie.
—¿Lo conseguisteis? —preguntó.
—Sí. El rey ha caído. Los niños están a salvo.
—¿Y la cura?
Saqué el diario de la reina de mi bolsa. Las páginas, empapadas pero legibles, mostraban la fórmula completa.
—Necesitamos un donante sano —dijo Seraphina—. Alguien dispuesto a dar su vitalidad para restaurar a un Cáscara.
—¿Y si no hay donante? —pregunté.
—Hay uno. —Silas dio un paso al frente—. Yo.
—¿Tú?
—Soy viejo, estoy cansado y he vivido demasiado. —Silas me miró a los ojos—. Si mi muerte puede devolverle la vida a tu hermano, entonces vale la pena.
—No puedes pedirme eso.
—No te lo pido. Te lo ofrezco.
—Silas...
—He visto demasiadas cosas, muchacho. Demasiada sangre. Demasiada traición. —Su voz se quebró—. Lo único bueno que he hecho en esta vida fue criarte a ti y proteger a Tobin. Déjame terminar como empecé: haciendo lo correcto.
Lo miré durante un largo momento. Luego, con un nudo en la garganta, asentí.
—Gracias —dije.
—No me las des. —Silas sonrió—. Solo asegúrate de que tu hermano viva una vida larga y feliz. Por mí.
---
El ritual de restauración se celebró al anochecer, en el patio de la granja.
Seraphina preparó la mezcla siguiendo las instrucciones del diario: mi sangre, fresca y caliente, mezclada con las hierbas de Raíces y la esencia vital de Silas, extraída con un corte limpio en el brazo.
La magia fluyó entre nosotros como un río silencioso, y el aire se cargó de un aroma dulzón y espeso.
Tobin estaba acostado en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro pálido. Sus manos, pequeñas y frágiles, descansaban sobre su pecho.
—Ahora —dijo Seraphina.
Vertí la mezcla sobre la frente de Tobin. La sangre se deslizó por su piel, brillando débilmente a la luz de las velas. El cuerpo de mi hermano tembló. Sus labios se movieron. Y entonces, un grito.
Un grito que no era de dolor.
Era de vida.
Tobin abrió los ojos.
—¿Rylan? —Su voz, débil pero real, me golpeó como un martillazo en el pecho—. ¿Dónde estoy?
—Aquí. —Me arrodillé a su lado, con lágrimas rodando por mis mejillas—. Estoy aquí, hermanito. Siempre he estado aquí.
—Tuve un sueño... tan raro. Había un rey, y luces, y... —Tobin parpadeó, confundido—. ¿Por qué estás llorando?
—Porque estoy feliz.
—¿Feliz?
—Sí. Muy feliz.
Tobin sonrió. Fue una sonrisa torpe, asustada, pero auténtica. La primera sonrisa real que le veía desde la Recolección.
—Yo también —dijo—. Creo.
Silas, sentado contra la pared, nos observaba con una sonrisa cansada. Su rostro estaba pálido, y su respiración era lenta, pero sus ojos brillaban.
—Lo has conseguido —murmuró—. Mi muchacho, lo has conseguido.
—Gracias a ti. —Me acerqué a él y le cogí la mano—. Gracias por todo.
—No me las des. —Silas cerró los ojos—. Solo... cuida de él.
—Lo haré. Lo prometo.
Silas sonrió una última vez. Luego, con un suspiro, se dejó ir.
La libertad tenía un precio.
Y Silas Vane lo había pagado por mí.