Cenizas de Poder CAPÍTULO 19 LA NUEVA ERA
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CAPÍTULO 19 LA NUEVA ERA

Tres meses después, Veldaris era un reino distinto.

La Recolección había sido abolida por decreto real.

Las esferas restantes, confiscadas del Bastión, fueron devueltas una a una a sus dueños originales.

Los Cáscaras que recuperaron su magia despertaron lentamente, como sonámbulos que emergen de una pesadilla larga y fría.

Algunos lo hicieron en cuestión de días.

Otros, semanas. Unos pocos, los que llevaban décadas vaciados, nunca despertaron del todo.

Pero la esperanza había vuelto a Veldaris.

Seraphina fue coronada reina en una ceremonia austera, sin lujos ni fanfarrias.

El trono de piedra negra, símbolo del poder de su padre, fue destruido y reemplazado por una silla de madera de roble, sencilla y cálida.

La nueva reina juró gobernar con justicia, no con magia, y su primera ley fue la abolición de la extracción forzosa.

—El poder no se roba —proclamó ante la multitud—. El poder se comparte. Y hoy, Veldaris elige compartir.

El pueblo vitoreó.

Yo estaba entre la multitud, con Tobin de la mano. Mi hermano, ya recuperado del todo, miraba a la reina con los ojos brillantes de admiración.

—Es bonita —dijo.

—Sí —respondí—. Lo es.

—¿Es tu novia?

—No. —Sonreí—. Es mi reina.

—¿Y tú qué eres?

—Un ladrón reformado. O algo así.

Tobin se rio. Su risa, antes robada, ahora llenaba el aire con una música que nunca me cansaría de oír.

—Me gusta —dijo—. ¿Vamos a vivir en el castillo?

—No. Vamos a vivir en una casa pequeña, cerca del mercado. Con Silas... bueno, sin Silas. —Se me hizo un nudo en la garganta—. Pero con muchos libros y un jardín.

—¿Y puedo tener un perro?

—Puedes tener dos.

—¡Genial!

Me agaché a su altura y le aparté el pelo de la frente.

—Tobin, ¿sabes lo que pasó? ¿Lo que te hicieron?

—Sí. —Su sonrisa se desvaneció—. Lo recuerdo. Era como estar atrapado en una caja de cristal. Veía todo, oía todo, pero no podía moverme. No podía hablar. No podía sentir.

—Y ahora, ¿cómo te sientes?

—Libre. —Tobin me abrazó con fuerza—. Gracias, Rylan. Gracias por no rendirte.

—Nunca me rendiría contigo. —Le devolví el abrazo—. Eres mi hermano. Mi familia.

—Y tú la mía.

Nos quedamos así un rato, con la multitud celebrando a nuestro alrededor. Luego, Tobin se apartó y me miró con seriedad.

—¿Vas a casarte con la reina?

—¿Qué? No. ¿Por qué lo dices?

—Porque te mira. —Señaló hacia el estrado, donde Seraphina, sentada en su trono de roble, me observaba con una sonrisa discreta—. Y tú la miras a ella.

—Eso no significa que vayamos a casarnos.

—Pero te gusta.

—Eso no es asunto tuyo.

—Lo es si voy a ser tu padrino.

—Los padrinos son para las bodas, no para los noviazgos.

—Entonces, ¿es tu novia?

—Tobin...

—Lo es. Lo veo en tu cara.

Suspiré, derrotado.

—Eres imposible.

—Lo aprendí de ti.

Me reí. No pude evitarlo. Después de todo lo que habíamos pasado, mi hermano pequeño seguía siendo un incordio adorable.

—Vamos —dije, cogiéndole la mano—. Luego hablamos de bodas. Ahora, hay alguien que quiere conocerte.

—¿La reina?

—Sí. La reina.

Subimos al estrado entre los aplausos de la multitud. Seraphina se puso en pie, con la corona de flores blancas que había elegido en lugar del oro, y me dedicó una sonrisa que me hizo olvidar el mundo.

—Rylan Cole —dijo—. El héroe de Veldaris.

—Solo soy un ladrón con suerte.

—No. Eres mucho más. —Se inclinó hacia Tobin—. Y tú debes ser el famoso Tobin. Tu hermano ha hablado mucho de ti.

—¿Cosas buenas? —preguntó Tobin, con timidez.

—Solo las mejores. Dice que eres el niño más valiente del reino.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que tiene razón.

Tobin se sonrojó y se escondió detrás de mí, pero una sonrisa traviesa asomaba en sus labios.

—Entonces, ¿puedo llamarte Seraphina? —preguntó.

—Puedes llamarme lo que quieras. —La reina se arrodilló a su altura—. Al fin y al cabo, eres familia.

—¿Familia?

—Sí. Tu hermano me salvó la vida. Y yo... —Seraphina me miró—. Yo le debo la mía.

—Entonces, ¿sois novios?

—Tobin —advertí.

—Es una pregunta justa. —Seraphina rio—. No, Tobin. No somos novios. Todavía.

—¿Todavía? —pregunté, sorprendido.

—Todavía. —Me sostuvo la mirada, y en sus ojos de niebla bailaba una chispa de promesa—. Si tú quieres.

El corazón me golpeó el pecho con fuerza.

—Quiero —dije.

—Entonces, quizás algún día. —Seraphina se puso en pie—. Pero ahora, hay mucho trabajo por hacer. Un reino que reconstruir. Un pueblo que sanar.

—Y un ladrón que encontrar su lugar.

—Tu lugar está a mi lado. Si lo aceptas.

—Lo acepto.

Tobin, entre nosotros, alzó los brazos en señal de victoria.

—¡Sí! ¡Mi hermano va a casarse con la reina!

—No he dicho que vaya a casarme —protesté, aunque no pude evitar sonreír.

—Pero lo harás. —Tobin me dio un codazo—. Y seré tu padrino. Y tendré un perro.

—Dos perros —recordé.

—¡Dos perros!

Y la multitud, ajena a nuestra conversación, siguió celebrando el amanecer de una nueva era.

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Aquella noche, desde la ventana de nuestra nueva casa, miré las estrellas.

Tobin dormía en su habitación, abrazado a un cachorro que le habían regalado en la feria. Seraphina estaba en el castillo, asistiendo a su primer consejo de gobierno. Y yo, solo en la cocina, me serví una taza de leche caliente y pensé en todo lo que habíamos vivido.

La Recolección. La huida. La princesa. El ladrón. El rey. Las esferas. La cura.

Todo había cambiado. Y sin embargo, seguía siendo yo: Rylan Cole, el chico de los Bajos Fondos que se negó a rendirse.

Sonreí.

La libertad tenía un precio, sí.

Pero algunos precios valen la pena pagarlos.

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