CAPÍTULO 17 EL AGUA Y LA SANGRE
Corrimos por los pasillos del Bastión con el agua esmeralda persiguiéndonos como un río furioso.
A nuestras espaldas, los gritos del rey se mezclaban con el estruendo de las piedras al desmoronarse.
La inundación se extendía por los corredores, por las escaleras, por las salas de mármol y los calabozos.
El veneno que habíamos vertido en la fuente ya no era solo un veneno: era un torrente imparable que arrastraba todo a su paso.
—¡Por aquí! —gritó Seraphina, desviándose hacia una escalera de caracol.
La seguí, saltando sobre los escalones de tres en tres. El agua nos pisaba los talones, fría y densa, oliendo a minerales antiguos y a la promesa de muerte que habíamos creado nosotros mismos.
—¿Dónde están los niños? —pregunté, jadeando.
—En el ala este. En las celdas subterráneas. —Seraphina se detuvo en un rellano, orientándose—. Si seguimos bajando, llegaremos antes que el agua.
—¿Y tu padre?
—Habrá sobrevivido. Su magia es demasiado fuerte para morir ahogado. —Seraphina me miró, y en sus ojos había una determinación que me asustó—. Pero ahora está herido. Y herido, es vulnerable.
—¿Piensas enfrentarte a él?
—Pienso terminar lo que empezaste.
Seguimos descendiendo. La escalera se volvió más estrecha, las paredes más toscas, y el aire se cargó de humedad y de un olor a óxido que me recordó a las mazmorras donde me habían encerrado. Al final de la escalera, una puerta de hierro bloqueaba el paso.
—¿Sellada? —pregunté.
—Sí. Con magia de Sangre. —Seraphina se giró hacia mí—. Necesito tu mano.
Se la tendí. Ella sacó su daga y me hizo un corte superficial en la palma, justo sobre la cicatriz que ya tenía. La sangre brotó, oscura y caliente.
—Apóyala en la puerta —dijo.
Obedecí. Las runas brillaron y la puerta se abrió con un chirrido.
Las celdas de los niños se extendían ante nosotros.
Eran docenas de celdas alineadas a lo largo de un pasillo húmedo y mal iluminado.
En cada una, un niño o una niña de entre seis y doce años, con túnicas grises y círculos blancos en la frente.
Algunos lloraban. Otros permanecían en silencio, con la mirada perdida.
Uno de ellos, un niño de cabello oscuro y ojos azules, se aferraba a los barrotes con las manos temblorosas.
—Kaelen Virek —murmuró Seraphina—. El receptor principal.
—¿El niño con magia de Sangre?
—Sí. Es el que el rey quería usar como recipiente.
Nos acercamos a su celda. El niño nos miró con desconfianza, pero también con una chispa de esperanza que me partió el alma.
—¿Sois los rebeldes? —preguntó, con una vocecita asustada.
—Sí. —Seraphina se arrodilló frente a él—. Hemos venido a sacarte de aquí.
—¿Y a los demás?
—A todos.
Seraphina usó mi sangre para abrir celda tras celda. Los niños salieron en silencio, como si temieran que cualquier ruido atrajera a los guardias. Eran cien, tal y como decía la lista, y ninguno de ellos parecía entender del todo lo que estaba ocurriendo.
—Llevadlos por el pasillo norte —dijo Seraphina a una mujer que apareció de entre las sombras. Era Lina, la espía de la resistencia—. Hay una salida que conduce al exterior.
—¿Y el rey? —preguntó Lina.
—Nosotros nos encargamos.
Lina asintió y comenzó a guiar a los niños hacia el pasillo. Uno a uno, los cien desaparecieron en la oscuridad, con los pies descalzos y los corazones desbocados.
—Ahora, el rey —dijo Seraphina.
—¿Y si no puedo matarlo?
—No tienes que matarlo. Solo tienes que ayudarme a debilitarlo. —Seraphina sacó el diario de su madre—. La fórmula dice que la sangre del Inmune puede romper los sellos. Pero también dice que puede deshacer la magia robada. Si logro inyectarle tu sangre a mi padre...
—¿Perderá sus magias?
—Sí. Todas. Como una extracción inversa.
—¿Y eso lo matará?
—Lo dejará débil. Muy débil. —Seraphina me miró—. Y entonces, yo terminaré el trabajo.
—No quiero que te conviertas en asesina.
—Ya lo soy. —Su voz sonó hueca—. Lo he sido desde que nací.
No supe qué responder. Solo la seguí por los pasillos inundados, esquivando el agua que seguía subiendo, hacia el corazón del Bastión, donde el rey nos esperaba.
---
Lo encontramos en la sala del trono.
El rey Aldric Ashcroft estaba sentado en su trono de piedra negra, con el agua esmeralda subiendo lentamente por los escalones que conducían a él.
Su bastón yacía a sus pies, partido en dos, y su túnica estaba empapada.
Pero seguía vivo. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra, y una sonrisa torcida le deformaba el rostro.
—Mis hijos —dijo, con una voz que resonó como un trueno lejano—. La heredera y el ladrón. Venís a matarme.
—Venimos a liberarte —respondí, avanzando con la palma ensangrentada—. A liberarte de la magia que te corrompió.
—¿Corrompió? —El rey rio—. La magia me dio poder. Me dio propósito. Me dio la fuerza para mantener unido este reino.
—La magia te robó el alma. Y ahora te la voy a devolver.
—No puedes. Nadie puede.
—Yo sí. —Alcé mi mano ensangrentada—. Soy Inmune. Y mi sangre es la llave.
El rey palideció. Por primera vez, vi miedo en sus ojos. Miedo real, profundo, el miedo de un hombre que ha pasado toda su vida escapando de la muerte y de repente la ve cara a cara.
—No te acerques —dijo, levantando una mano temblorosa—. Si me tocas, te mataré.
—Entonces muere conmigo.
Me lancé hacia él. El rey alzó su mano, y una explosión de energía roja brotó de sus dedos. Pero mi sangre, la sangre del Inmune, actuó como un escudo. La energía rebotó contra mí y se disipó en el aire como humo.
—¡No! —gritó el rey.
Lo agarré del brazo. Mi sangre se mezcló con la suya, y un calor insoportable nos envolvió a ambos.
Las magias robadas del rey, más de doscientas, comenzaron a desprenderse de su cuerpo como pájaros asustados.
Fuego, Sombra, Hierro, Sueños, Raíces. Todas escaparon de su prisión de carne y hueso, volando hacia el techo como luces de colores.
El rey se retorció, gritando, envejeciendo ante mis ojos. Su cabello se volvió blanco, su piel se agrietó, sus huesos se quebraron. En cuestión de segundos, el monarca más poderoso de Veldaris se convirtió en un anciano decrépito, tembloroso, incapaz de sostenerse.
—Lo has hecho —murmuró Seraphina, con la voz quebrada—. Lo has despojado.
—No lo he matado. —Me aparté del rey, que se desmoronó en su trono como una marioneta sin hilos—. Es tuyo.
Seraphina se acercó lentamente. En su mano, la daga brillaba con la luz de las velas agonizantes.
—Padre —dijo—. Mírame.
El rey alzó la cabeza con esfuerzo. Sus ojos, antes verdes y poderosos, ahora eran dos pozos grises y apagados.
—¿Hija? —Su voz era apenas un susurro—. ¿Seraphina?
—Sí. Soy yo.
—Eres... tan hermosa. Como tu madre.
—Mi madre murió por tu culpa.
—Lo sé. —El rey cerró los ojos—. Y lo lamento. Cada día, desde entonces.
—¿Lo lamentas? —Seraphina alzó la daga—. Demuéstralo.
El rey suspiró. Luego, lentamente, inclinó la cabeza.
—Hazlo —dijo—. Te lo mereces.
Seraphina dudó. Su mano tembló. La daga brilló.
Y entonces, la bajó.
—No —dijo, con la voz rota—. No seré como tú. No mataré a mi propio padre.
Soltó la daga, que cayó al suelo con un tintineo. El agua esmeralda seguía subiendo, y el rey seguía respirando, débil pero vivo.
—Misericordia —murmuró el rey—. Es la primera vez que veo misericordia en tus ojos.
—No es misericordia —respondió Seraphina—. Es desprecio. Vivirás con lo que has hecho. Y morirás solo, como siempre has estado.
Se giró hacia mí.
—Vámonos —dijo—. Los niños nos esperan.
—¿Y él? —pregunté.
—Que se ahogue con su trono.
Salimos de la sala del trono, dejando al rey atrás. El agua subía más deprisa ahora, y los pasillos se habían convertido en ríos. Corrimos hacia la salida, esquivando escombros y muebles flotantes.
El amanecer nos recibió al final de un túnel.
Y con él, la libertad.