Cenizas de Poder CAPÍTULO 16 EL SOLSTICIO
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CAPÍTULO 16 EL SOLSTICIO

El día del solsticio amaneció gris y frío, como si el cielo supiera lo que se avecinaba.

Me desperté en la capilla, con el costado vendado y la boca seca. Seraphina dormía a mi lado, envuelta en su capa, con el diario de su madre bajo la mano. Los rebeldes se movían en silencio por la nave, preparando armas y susurrando oraciones a dioses que probablemente no existían.

Silas me tendió un trozo de pan duro y una taza de agua.

—Come —dijo—. No sabes cuándo será tu próxima comida.

—No tengo hambre.

—Me da igual. Come.

Comí. El pan sabía a ceniza.

Lady Vess se acercó con un frasco de cristal en la mano. Dentro, el veneno de Raíces brillaba con un tono verdoso, mezclado con lo que parecía ser mi sangre, extraída mientras dormía.

—Es hora —dijo—. El frasco está listo.

—¿Y el plan? —pregunté.

—Simple. Seraphina y tú entraréis al Bastión por el pasadizo. Lleváis el frasco. Lo vertéis en la fuente de la cámara del ritual antes de que el rey llegue.

—¿La fuente?

—El ritual de la Estrella Caída requiere agua purificada, mezclada con la sangre de los donantes. Si envenenamos la fuente, el rey beberá el veneno sin saberlo.

—¿Y después?

—Después, Lina y su equipo abrirán las celdas de los niños. La resistencia atacará la entrada principal para distraer a los guardias. Y Seraphina... —Lady Vess la miró—. Seraphina hará lo que deba.

—¿Qué significa eso?

—Significa que me enfrentaré a mi padre —respondió la princesa, con una calma que me inquietó—. Si el veneno no lo mata, tendré que hacerlo yo.

—¿Y si fallas?

—Entonces tú acabarás el trabajo. —Seraphina me miró a los ojos—. Tu sangre es la última llave. Si todo lo demás falla, mátalo con ella.

—No sé si podré.

—Lo sabrás. En el momento adecuado. —Se puso en pie y se colgó la capa—. Vamos. Es hora.

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El pasadizo de los reyes muertos estaba más oscuro de lo que recordaba.

Seraphina y yo avanzamos en silencio, con el frasco de veneno apretado contra mi pecho. El túnel serpenteaba bajo el Bastión, y cada eco nos hacía contener la respiración. No había sombras devoradoras esta vez. Solo un silencio denso, como si el propio castillo estuviera aguantando el aliento.

—La cámara del ritual está al fondo —susurró Seraphina—. Justo debajo del salón del trono.

—¿Y la fuente?

—En el centro. Alimentada por un manantial subterráneo.

—¿Cuántos guardias habrá?

—No lo sé. Los suficientes.

Llegamos al final del túnel. Una puerta de piedra, marcada con el símbolo de la Casa Ashcroft, bloqueaba el paso.

—Sangre —dijo Seraphina—. Necesitas sangrar.

Saqué mi cuchillo y me corté la palma. Apoyé la mano ensangrentada sobre la piedra. Las runas brillaron, y la puerta se deslizó hacia un lado.

La cámara del ritual se abrió ante nosotros.

Era una sala circular, iluminada por cientos de velas que flotaban cerca del techo.

El suelo estaba cubierto de mosaicos que representaban las fases de la luna, y en el centro, una fuente de mármol negro vertía agua cristalina en un estanque poco profundo.

El olor a incienso flotaba en el aire, mezclado con algo más, algo metálico y dulzón.

—La fuente —dijo Seraphina—. Rápido.

Nos acercamos con cuidado. El agua brillaba con una luz tenue, como si contuviera partículas de magia. Saqué el frasco y lo abrí, vertiendo el contenido en el estanque. El líquido verdoso se mezcló con el agua, tiñéndola de un color esmeralda.

—Hecho —dije.

—No del todo.

La voz del rey resonó desde las sombras.

Nos giramos. Aldric Ashcroft estaba de pie en la entrada de la cámara, flanqueado por cuatro Verdugos. Su bastón brillaba con runas rojas, y en sus ojos verdes ardía una furia que me heló la sangre.

—¿Creíais que no vigilaría la fuente? —dijo, avanzando hacia nosotros—. Ingenuo. Patético. —Alzó su bastón—. Pero no importa. El veneno no me detendrá. De hecho, me servirá. La sangre del Inmune, mezclada con Raíces, potenciará el ritual. Gracias por el regalo.

—No es un regalo —respondió Seraphina, desenvainando su daga—. Es una sentencia.

—¿Y quién la ejecutará, hija? ¿Tú? —El rey rio—. Siempre fuiste débil. Demasiado blanda para el poder. Por eso tu madre murió: porque intentó protegerte, y tú ni siquiera fuiste capaz de salvarla.

—No hables de mi madre.

—¿Por qué no? Es la verdad. Esa noche, ella me suplicó. Me rogó que te perdonara la vida. Y yo accedí... a cambio de su magia. —El rey sonrió—. Murió para que tú vivieras. Y mira lo que has hecho con ese regalo: conspirar, traicionar, arrastrarte por las alcantarillas con ladrones.

—Es mejor que ser tu hija.

—Quizás. Pero no por mucho tiempo.

Los Verdugos avanzaron. Seraphina se interpuso entre ellos y yo, con la daga alzada.

—¡Vete! —gritó—. ¡Encuentra a los niños!

—¡No te dejaré!

—¡Es una orden!

Los Verdugos cargaron. Seraphina se movió con una rapidez que no le había visto antes, esquivando espadas y devolviendo golpes con su daga. Yo me lancé hacia un pasillo lateral, buscando una salida, una ventaja, cualquier cosa.

Y entonces, la vi.

Una palanca de hierro en la pared, marcada con runas de contención.

Sin pensarlo, tiré de ella.

El suelo tembló. Las velas parpadearon. Y en el centro de la cámara, el estanque de la fuente comenzó a hervir.

—¿Qué has hecho? —rugió el rey.

—He liberado el manantial —dije, con una sonrisa salvaje—. El agua envenenada se extenderá por todo el Bastión. Y tus guardias, tus eruditos, tus Verdugos... todos beberán de ella.

—¡Eso es un suicidio!

—Sí. Pero contigo dentro.

El agua brotó del estanque como un géiser, inundando la cámara con un torrente esmeralda. Los Verdugos retrocedieron, arrastrados por la corriente. El rey gritó, y su bastón estalló en una llamarada roja que evaporó parte del agua. Pero no toda.

—¡Corre! —grité a Seraphina.

Y corrimos.