CAPÍTULO 15 LA REUNIÓN EN LA CAPILLA
La capilla maldita estaba llena de sombras y de susurros.
Lady Vess había reunido a más de treinta rebeldes: antiguos soldados, plebeyos desesperados, madres y padres de Cáscaras, ladrones del gremio, incluso un par de eruditos renegados que habían escapado de la Torre.
Todos estaban apiñados entre los bancos rotos y las estatuas decapitadas, con el rostro tenso y la mirada fija en el altar, donde Lady Vess presidía la asamblea.
—La sala de las esferas ha sido destruida —anunció Lady Vess, con una voz que resonó en la nave—. El rey ha perdido su fuente principal de poder. Pero no debemos engañarnos: sigue siendo el mago más peligroso de Veldaris. Y estará furioso.
—¿Qué propone? —preguntó un hombre calvo con una cicatriz en la mejilla.
—El solsticio es en dos días. El ritual de la Estrella Caída se celebrará en la cámara del corazón del Bastión. Si el rey lo completa, se volverá invencible. Debemos impedirlo.
—¿Cómo? —preguntó una mujer joven con el cabello rapado—. Ya intentamos destruir las esferas y solo ganamos tiempo. El rey encontrará otra fuente de poder.
—No si lo matamos antes.
Se hizo un silencio espeso. Matar al rey. Era lo que todos deseaban, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
—No podemos matarlo —dijo Seraphina, avanzando hacia el altar—. No por la fuerza. Su magia es demasiado poderosa.
—Entonces lo matamos con astucia. —Lady Vess sacó un frasco de su capa, lleno de un líquido transparente—. Veneno de Raíces. Lo bastante potente para derribar a un mago.
—¿Y cómo se lo administramos? El rey no come ni bebe nada que no haya sido probado por sus catadores.
—Por eso no se lo daremos en la comida. —Lady Vess miró a Seraphina—. Se lo daremos en la sangre.
—¿En la sangre?
—El ritual de la Estrella Caída requiere que el rey consuma la sangre de los donantes. Si mezclamos el veneno con la sangre del primer niño, el rey lo beberá sin sospechar.
—¡No! —grité, adelantándome—. No usaréis a los niños como cebo.
—No son cebo, muchacho. Son la única vía de acceso al rey. —Lady Vess me miró con frialdad—. A menos que tengas una idea mejor.
—La tengo. —Me giré hacia los reunidos—. Usamos mi sangre.
—¿Tu sangre?
—Soy Inmune. Mi sangre es especial. Si el rey la bebe, no solo ingiere el veneno: también ingiere la inmunidad. Y si hay algo que su cuerpo no puede tolerar, es una magia que rechaza la extracción.
—¿Y tú sobrevivirías? —preguntó Seraphina, con preocupación.
—Sí. Mi sangre se regenera. Lo he comprobado.
—No lo suficiente. Estás herido, Rylan.
—Herido pero no derrotado. —La miré a los ojos—. Si mi sangre puede acercarnos al rey, la daré. Toda la que haga falta.
Lady Vess me estudió durante un largo momento.
—Podría funcionar —admitió al fin—. La sangre de Inmune mezclada con veneno de Raíces sería letal para cualquiera que la consuma. Incluso para el rey.
—Entonces está decidido. —Seraphina se giró hacia el altar—. Esta noche, prepararemos la trampa. Y mañana, en el solsticio, la pondremos en marcha.
—¿Y los niños? —pregunté—. ¿Los cien que están en las mazmorras?
—Los liberaremos durante el caos. Tengo mapas de la prisión y contactos entre los guardias. —Lady Vess señaló a la mujer del cabello rapado—. Lina y su equipo se encargarán de abrir las celdas mientras nosotros distraemos al rey.
—¿Y Tobin?
—Tobin ya no está en el Bastión. Está a salvo en la granja del sur, con Silas. —Lady Vess me dedicó una mirada significativa—. Tu hermano no correrá peligro.
—Quiero verlo. Antes del ritual.
—No hay tiempo.
—Haced tiempo.
Lady Vess y Seraphina intercambiaron una mirada. Finalmente, la princesa asintió.
—Iremos esta noche. Silas nos llevará.
—No puedes acompañarme. Tienes que preparar la trampa.
—Y tú no puedes ir solo. Estás herido.
—Iré con Silas. Y volveré antes del amanecer.
Seraphina vaciló. Luego, con un suspiro, cedió.
—Está bien. Pero si no vuelves, iré a buscarte.
—Trato hecho.
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La granja del sur estaba a medio día de camino, en una colina rodeada de campos de cebada y olivares.
Era un lugar tranquilo, con un granero de madera pintado de blanco y una casa de piedra con contraventanas azules.
La mujer que la llevaba, una viuda llamada Betra, nos recibió con una escopeta en una mano y un farol en la otra.
—Silas Vane —dijo, reconociéndolo—. Te dije que no volvieras.
—Y yo te dije que te debía una. —Silas me señaló—. Este es el hermano del niño. Necesita verlo.
—El niño está dormido. No lo despiertes.
—No lo despertaré. Solo quiero verlo.
Betra nos condujo al interior. Tobin dormía en una habitación pequeña, iluminada por la luz de una vela. Estaba acurrucado bajo una manta de lana, con el rostro relajado y la respiración pausada. Por un instante, parecía el niño que había sido antes de la Recolección.
Me senté a su lado, cogiéndole la mano.
—Hola, Tobin —susurré—. Soy yo. Rylan.
No respondió, pero su mano, como en la bodega, apretó la mía.
—He venido a decirte algo importante. —Me incliné hacia él—. Mañana, todo cambiará. Vamos a destruir al rey. Vamos a liberar a los Cáscaras. Y tú... tú vas a volver. Te lo prometo.
Tobin no se movió. Solo su respiración, suave y constante, llenaba el silencio.
—Lo haré por ti —continué—. Y por todos los que sufrieron. Por mamá. Por papá. Por todos.
Una lágrima rodó por mi mejilla. No la sequé.
—Ahora descansa. Mañana, serás libre.
Le di un beso en la frente y salí de la habitación. Silas me esperaba en el porche, fumando su pipa.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No. —Miré las estrellas—. Pero lo estaré.
—Eso espero. Porque mañana, muchacho, va a ser un día largo.
—Lo sé.
—¿Y la princesa? ¿Confías en ella?
—Sí. —Me sorprendió la firmeza de mi respuesta—. Confío en ella.
—Espero que no te arrepientas.
—Yo también.
Volvimos a los Bajos Fondos antes del amanecer, con el corazón pesado y la mente llena de promesas.
El solsticio estaba cerca.
Y con él, el final de todo.