Cenizas de Poder CAPÍTULO 14 LA SANGRE DEL INMUNE
77%

CAPÍTULO 14 LA SANGRE DEL INMUNE

La explosión no vino del bastón del rey.

Vino de las esferas.

El compuesto verde que habíamos vertido sobre los nichos hizo efecto en cadena, y una tras otra, las esferas de cristal estallaron en lluvias de luz multicolor.

Fuego rojo, Sombra negra, Hierro gris, Sueños azules, Raíces verdes, Sangre carmesí.

La sala entera se transformó en un torbellino de energías liberadas, un huracán de almas rotas que buscaban desesperadamente a sus dueños.

Los Verdugos se tambalearon. Sin las esferas que alimentaban sus armaduras, su magia se desvanecía. Uno de ellos cayó de rodillas, con la espada escapándosele de las manos. Otro se arrancó el casco y gritó: un grito humano, desgarrador, el primer sonido real que emitía en años.

—¡No! —rugió el rey—. ¡Detenedlos!

Pero no podía. La reacción en cadena era imparable. Las esferas seguían estallando, y cada explosión debilitaba más el control del rey sobre la sala. Los Verdugos, desprovistos de su magia, se derrumbaban uno a uno, convertidos en lo que siempre habían sido: hombres rotos, vaciados, sin propósito.

Aproveché el caos para arrastrarme hacia el panel giratorio. La herida del costado me ardía, y la sangre empapaba mi camisa, pero no me detuve. No podía detenerme.

—¡Rylan! —La voz de Seraphina resonó desde el túnel—. ¡Por aquí!

Una mano me agarró del brazo y me arrastró hacia la oscuridad. Seraphina cerró el panel tras de nosotros, y corrimos por el pasadizo, tropezando, jadeando, con el estruendo de la sala desmoronándose a nuestras espaldas.

—¿Lady Vess? —pregunté.

—Escapó. Le dije que huyera por el oeste. —Seraphina me pasó un brazo por los hombros para sostenerme—. ¿Puedes caminar?

—Sí. Creo.

—Pues date prisa.

Avanzamos por los túneles con la desesperación de quien sabe que el infierno lo persigue. El sonido de las explosiones se alejaba, pero los gritos del rey nos seguían, rebotando en las paredes de piedra.

—¡Os encontraré! —rugía—. ¡Os arrancaré la piel a tiras! ¡Vuestra sangre será mía!

No respondimos. Solo corrimos.

---

Era el amanecer cuando emergimos del alcantarillado, en un callejón del puerto. La luz grisácea del día nos recibió con una indiferencia cruel, como si el mundo no supiera que acabábamos de destruir el corazón del poder del rey.

Seraphina me sentó contra una pared de ladrillo y examinó mi herida.

—Es profunda —dijo—. Necesitas un sanador.

—No hay sanadores en los Bajos Fondos. Solo curanderos con cuchillos oxidados.

—Pues tendrán que servir. —Rasgó un trozo de su capa y me lo apretó contra el costado—. Aplica presión. Buscaré ayuda.

—No me dejes.

—No voy a dejarte. Voy a buscar a Silas. Él sabrá qué hacer.

—¿Silas está en la granja con Tobin?

—No. Volvió anoche. Está en la bodega del puerto.

—Ve. Yo aguanto aquí.

Seraphina vaciló un instante. Luego, con un asentimiento, desapareció calle abajo.

Me quedé solo, apretando la herida y mirando el cielo. Las gaviotas volaban en círculos sobre el puerto, ajenas al caos que se desarrollaba bajo sus alas. El mar, al fondo, brillaba con la promesa de una libertad que yo nunca había conocido.

Y entonces, lo sentí.

Un cambio.

Era como si algo dentro de mí se hubiera despertado. Una vibración, un calor, un flujo de energía que recorría mis venas como un río subterráneo. Me llevé la mano al pecho y noté que la herida palpitaba con un ritmo distinto al de mi corazón.

Mi sangre.

Mi sangre estaba cambiando.

—¿Rylan?

La voz de Silas llegó desde la entrada del callejón. Levanté la vista y lo vi correr hacia mí, con Seraphina a su lado y una bolsa de tela en la mano.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, arrodillándose a mi lado—. Estás cubierto de sangre.

—Es mía. En su mayor parte.

—Eso no es gracioso. —Silas apartó mi mano de la herida y maldijo—. Necesitas puntos. Y un milagro.

—Tenemos el milagro. —Seraphina sacó el diario de su madre—. La fórmula. La sangre de Rylan. Y la magia liberada. Está todo aquí.

—¿Y el donante? —preguntó Silas.

—Eso es lo que falta. —Seraphina me miró a los ojos—. Pero no lo necesitaremos si Rylan muere desangrado. Así que cállate y ayúdame a coserlo.

Silas asintió y sacó un kit de sutura de su bolsa. El dolor fue insoportable, pero no grité. Ya no me quedaban gritos.

Mientras me cosían, miré a Seraphina.

—Tu padre estaba allí. Intentó matarme.

—Lo sé.

—Dijo que mi sangre es la llave para sobrevivir al ritual.

—Lo sé.

—Y sonrió. Como si hubiera ganado.

Seraphina apretó la mandíbula.

—No ha ganado. Aún no.

—¿Y si lo hace?

—No lo hará. Porque no se lo permitiremos.

—¿Cómo? ¿Con qué ejército?

—Con el único ejército que importa. —Seraphina me sostuvo la mirada—. La verdad.

Me reí, y el movimiento me arrancó un espasmo de dolor.

—Eres una idealista.

—Y tú un cínico. Hacemos buen equipo.

Silas terminó de coserme y me ayudó a ponerme en pie.

—Tenemos que movernos. El rey habrá enviado a sus guardias a buscarnos.

—¿Y Lady Vess? —pregunté.

—Está reuniendo a la resistencia. Dijo que os espera en la capilla.

—¿Sigue viva?

—Sí. Y furiosa. —Silas esbozó una sonrisa tensa—. Dice que la próxima vez, la explosión será más grande.

—Esa es Lady Vess.

Nos pusimos en marcha, con Silas sosteniéndome por el brazo y Seraphina abriendo paso.

Los Bajos Fondos despertaban lentamente, y los rumores de la destrucción de la sala de las esferas ya comenzaban a circular.

Algunas personas señalaban hacia el Bastión, donde una columna de humo multicolor se elevaba hacia el cielo.

—Todo el reino lo verá —dijo Seraphina—. Y todos sabrán que el rey es vulnerable.

—¿Y crees que se levantarán?

—Algunos sí. Los que llevan años esperando una señal. —Me miró de reojo—. Y tú has dado la más grande.

Seguimos caminando. La capilla estaba cerca, y con ella, la promesa de un plan.

Un plan para salvar a Tobin.

Un plan para derrocar al rey.

Un plan para terminar lo que habíamos empezado.

Y esta vez, no habría marcha atrás.