Cenizas de Poder CAPÍTULO 13 EL REY DE LAS CENIZAS
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CAPÍTULO 13 EL REY DE LAS CENIZAS

El rey Aldric Ashcroft era más bajo de lo que había imaginado.

La enfermedad lo había encorvado, encogido, como un árbol que se seca desde la raíz.

Su túnica negra colgaba de sus hombros huesudos, y sus dedos, largos y nudosos, se aferraban a un bastón de hierro que brillaba con runas rojas.

Pero sus ojos —dos pozos de un verde intenso que no parecía humano— compensaban con creces la fragilidad de su cuerpo.

Eran los ojos de un depredador. Los ojos de un hombre que ha sobrevivido a todos sus enemigos y piensa seguir haciéndolo.

—La princesa Seraphina —dijo, y su voz resonó en la sala con una calma que helaba la sangre—. Mi hija. La niña que prefería los libros a la corona. La mujer que conspira con ladrones y rebeldes para destruir mi legado.

Seraphina dio un paso al frente, con la daga en la mano y la cabeza alta.

—Tu legado es un montón de cadáveres, padre.

—Mi legado es Veldaris. Un reino fuerte. Un pueblo protegido. La Recolección es el precio de la estabilidad, y todos lo saben. Incluso tú.

—La Recolección es un robo. Un asesinato. Y no pienso permitir que continúe.

—¿Y qué piensas hacer, hija? ¿Enfrentarte a mí con esa daga diminuta? —El rey rio, un sonido seco como el crujido de hojas muertas—. Siempre fuiste valiente. Pero la valentía sin poder es solo una forma lenta de suicidio.

—No estoy sola.

—Ah, sí. Tus amigos. El ladrón con delusiones de héroe.

La tía amargada. El soldado retirado. La niña espía.

—El rey hizo un gesto con su bastón, y los Verdugos se desplegaron en abanico—.

Los he tenido vigilados desde el principio.

Cada paso que habéis dado, cada túnel que habéis recorrido, cada secreto que creíais guardar. Todo ha sido parte de mi plan.

—¿Tu plan? —pregunté, avanzando hacia él—. ¿Y cuál es tu plan?

—Atraeros aquí. —El rey me miró directamente, y por un instante, sentí que su mirada me desnudaba el alma—. El Inmune. El chico que mi hija cree que puede salvarla. ¿Sabes por qué estás aquí, muchacho? Porque tu sangre es la llave. La llave que necesito para completar la Estrella Caída.

—Mi sangre no te dará nada.

—No seas modesto. La inmunidad es magia de Sangre pura. El rechazo del cuerpo a la extracción. Si consigo aislar ese componente, podré sobrevivir al ritual sin necesidad de un recipiente infantil. Podré absorber la vitalidad de los cien niños directamente, sin intermediarios.

—Estás loco.

—Estoy desesperado. Y la desesperación es la madre de la genialidad. —El rey alzó su bastón—. Pero no te necesito entero. Solo tu sangre. Y para eso, basta con que te desangres.

Los Verdugos avanzaron.

Eran diez. Diez soldados de armadura negra, con espadas de hierro rúnico y miradas vacías. No sentían dolor, no conocían el miedo, no dudaban. Eran máquinas de matar diseñadas para obedecer.

—¡Corred! —grité, lanzándome hacia la pared más cercana.

Pero era tarde. Los Verdugos nos rodearon con una precisión aterradora, cerrándonos el paso en todas direcciones.

Bram fue el primero en caer, atravesado por una espada que le entró por el costado y le salió por la espalda.

Lina gritó, y su grito se cortó de golpe cuando un Verdugo la golpeó en la sien con el pomo de su arma.

—¡No! —grité.

Lady Vess lanzó una bola de fuego con la palma de su mano, una magia robada que había aprendido a usar sin permiso. El fuego impactó contra un Verdugo y lo derribó, pero otros dos ocuparon su lugar de inmediato.

—¡Seraphina, el túnel! —gritó Lady Vess—. ¡Llévate al muchacho!

—¡No sin ti!

—¡Es una orden!

Seraphina dudó un instante. Luego, con una maldición, me agarró del brazo y me arrastró hacia el panel giratorio.

—¡Rápido! —dijo—. ¡Antes de que cierren el paso!

Corrimos entre las sombras, esquivando las espadas de los Verdugos. Uno de ellos me alcanzó en el hombro, y el dolor me arrancó un grito. Pero no me detuve. Seguí corriendo, con Seraphina tirando de mí.

El panel giratorio estaba a diez metros. A cinco. A dos.

Y entonces, un Verdugo se interpuso.

—Aparta —gruñí, lanzándome contra él.

El Verdugo no se movió. Mi cuchillo rebotó contra su armadura, y su espada me golpeó en el costado, abriendo una herida larga y profunda. Caí al suelo, con la sangre manando a borbotones.

—¡Rylan! —gritó Seraphina.

—Corre —jadeé—. Ve a buscar a Lady Vess. Yo los distraeré.

—No voy a dejarte.

—No me dejas. Me das una oportunidad.

Seraphina vaciló. Luego, con un movimiento rápido, se deshizo de su daga y me la lanzó.

—No mueras —dijo.

—Lo intentaré.

Y se fue.

Me quedé solo, rodeado de Verdugos, con una daga en una mano y la otra apretada contra mi herida. El rey se acercó lentamente, con su bastón golpeando el suelo a cada paso.

—Eres valiente, muchacho. Y leal. Cualidades admirables en un plebeyo. —Se detuvo frente a mí—. Pero no suficientes. La lealtad no detiene una espada. La valentía no vence a un ejército. Y el amor... el amor solo te hace vulnerable.

—El amor es lo único que me mantiene con vida —respondí, apretando la daga.

—Entonces, muere por él.

El rey alzó su bastón. Las runas brillaron con una luz roja intensa.

Y el mundo explotó.