CAPÍTULO 12 LADY VESS Y LA RESISTENCIA
La resistencia se reunía en el sótano de una panadería abandonada, al sur del mercado de los susurros.
El edificio parecía a punto de derrumbarse: la fachada estaba cubierta de hollín, las ventanas tapiadas y el cartel de madera, partido por la mitad, colgaba de un solo clavo oxidado.
Nadie que pasara por delante sospecharía que bajo aquella ruina se gestaba una revolución.
Seraphina y yo llegamos al amanecer, cuando las calles aún estaban desiertas.
Una mujer mayor, encorvada y con un pañuelo gris cubriéndole la cabeza, nos abrió la puerta trasera sin decir palabra.
Bajamos por una escalera de piedra hasta el sótano, donde una docena de personas se afanaba alrededor de mesas llenas de mapas, armas y documentos.
Lady Vess estaba en el centro, con un puntero de madera en la mano y un mapa de Veldaris extendido frente a ella. Al vernos entrar, alzó la vista y arqueó una ceja.
—Vaya. El ladrón y la princesa. Creí que os habían ejecutado.
—Nos encanta decepcionar —respondió Seraphina, dejando el diario de su madre sobre la mesa—. Tenemos la fórmula.
La sala entera se quedó en silencio. Lady Vess se acercó lentamente, como si el diario fuera una serpiente que pudiera morderla.
—¿La fórmula completa?
—Completa. Con protocolo de emergencia incluido. —Seraphina abrió el cuaderno por la página correspondiente—. La restauración de un Cáscara requiere tres elementos: sangre de Inmune, esencia vital de un donante sano y la magia original del Cáscara, extraída de su esfera.
—Un donante sano —repitió Lady Vess, con el ceño fruncido—. ¿Qué significa eso?
—Significa que alguien tiene que morir para que otro viva. —Seraphina la miró fijamente—. Y según las notas de mi madre, el sacrificio de un noble de sangre real podría salvar a docenas a la vez.
—No. —La voz de Lady Vess fue tajante—. Ni se te ocurra pensarlo.
—Ya lo he pensado. Y estoy decidida.
—Eres la heredera al trono. Si mueres, Veldaris pierde a su única esperanza de cambio legítimo.
—¿Y si vivo, pero permito que cien niños mueran? ¿Qué clase de reina sería?
Las dos mujeres se enfrentaron con la mirada. El aire se cargó de tensión, y los miembros de la resistencia se apartaron, incómodos.
—Hay otra opción —intervine—. El ritual de la Estrella Caída se alimenta de las esferas de magia robada. Si las destruimos antes del solsticio, el rey no tendrá combustible para el ritual. Y sin ritual, no habrá sacrificio.
—La sala de las esferas está en el nivel más profundo del Bastión —dijo Lady Vess—. Custodiada por Verdugos y sellada con magia que ni siquiera yo sé romper.
—Nosotros sí. —Seraphina dio un paso al frente—. Rylan puede abrir sellos con su sangre. Y yo conozco los túneles que conducen hasta la sala.
—¿Conoces los túneles? —Lady Vess arqueó una ceja—. ¿Los has recorrido?
—Anoche. Hasta la Torre de los Eruditos. Y volvimos vivos.
Se hizo otro silencio. Esta vez, cargado de una mezcla de asombro y escepticismo.
—Entonces —dijo Lady Vess lentamente—, propones un asalto a la sala de las esferas.
—Un sabotaje, no un asalto. No queremos luchar contra los Verdugos. Queremos liberar las magias robadas y dejarlos sin poder.
—¿Y cómo se libera una esfera sin romperla? —preguntó un hombre desde el fondo de la sala.
—Con esto. —Seraphina sacó de su capa un frasco con el compuesto verde brillante que me había mostrado días atrás—. Mezcla de Raíces y Fuego. La vertemos sobre las esferas y las desestabilizamos. La magia escapa y regresa a su dueño.
—¿Y si el dueño está muerto? —preguntó una mujer joven, con la cara llena de cicatrices.
—Entonces la magia se disipa. Pero al menos no alimentará el ritual.
Lady Vess se inclinó sobre el mapa, con el puntero en mano.
—La sala de las esferas está aquí. —Señaló un punto en el nivel más profundo del Bastión—.
Para llegar, hay que cruzar tres anillos de seguridad.
El primero es un puesto de guardia con cuatro Verdugos.
El segundo, un pasillo con trampas de Fuego y Hierro.
El tercero, la puerta de la sala, sellada con sangre del rey.
—¿Sangre del rey? —pregunté—. ¿La sangre de Seraphina no funciona?
—No. El sello está diseñado para reconocer solo al monarca reinante. Cualquier otra sangre activa una alarma.
—Entonces necesitamos la sangre del rey.
—Exacto. Y conseguirla es... complicado.
—¿Por qué?
—Porque el rey no sangra. —Lady Vess me miró con gravedad—. Hace años que no se le ve una herida. Su magia de Sangre lo cura antes de que una gota llegue al suelo.
—¿Entonces cómo abrimos la puerta?
—No lo hacemos. —Seraphina dio un paso al frente—. No entraremos por la puerta principal. Usaremos los túneles de servicio que mi madre descubrió. Los que conducen directamente al interior de la sala.
—¿Existen esos túneles?
—Sí. Están detrás de la pared norte de la sala, ocultos tras un panel giratorio. Mi madre los usó para espiar a los eruditos durante años.
—¿Y siguen abiertos?
—Eso espero.
Lady Vess permaneció en silencio durante un largo momento. Luego, con un suspiro, asintió.
—De acuerdo. Preparad el sabotaje. Pero quiero que vaya un equipo de apoyo. No iréis solos.
—¿Quién?
—Yo misma. Y dos de mis mejores hombres.
—¿Y Silas? —pregunté.
—Silas está con tu hermano. Llegó anoche a la granja del sur. —Lady Vess me miró con dureza—. Deberías centrarte en la misión, muchacho. Tobin está a salvo.
—Lo sé. Pero necesito verlo. Después de esto.
—Después de esto, quizás no haya un "después". —Lady Vess se giró hacia el mapa—. El solsticio es en tres días. El ritual se celebrará en la cámara de la Estrella, en el corazón del Bastión. Si fallamos esta noche, no habrá segunda oportunidad.
—Entonces no fallaremos.
—Eso espero. Por el bien de todos.
---
El resto del día transcurrió en preparativos.
Seraphina y Lady Vess revisaron los planos de los túneles, ajustando la ruta y marcando los puntos de riesgo.
Los dos hombres de la resistencia —un exsoldado llamado Bram y una joven espía llamada Lina— se encargaron de conseguir las armas y los suministros.
A mí me dieron un cuchillo de acero valyrio, una cuerda de escalada y una bolsa con el compuesto verde.
Al anochecer, nos pusimos en marcha.
El grupo descendió por una entrada del alcantarillado cerca del puerto, la misma que Seraphina y yo habíamos usado la noche anterior. Los túneles estaban oscuros y húmedos, y el olor a podredumbre se intensificaba a medida que avanzábamos.
—Recordad —susurró Seraphina—. Si veis sombras, no las miréis directamente. Se alimentan del miedo.
—¿Y si nos atacan? —preguntó Lina, con la voz temblorosa.
—Entonces esperad a que Rylan las ahuyente con su terquedad.
—No es gracioso.
—No pretendía que lo fuera.
Avanzamos en silencio, con las lámparas apagadas para no llamar la atención. Seraphina guiaba la marcha, siguiendo un mapa mental que solo ella conocía. De vez en cuando, se detenía y escuchaba, con la cabeza ladeada.
—¿Qué oyes? —pregunté.
—Nada. Eso es lo raro.
—¿Debería haber ruido?
—Los túneles de este nivel siempre están llenos de vida. Ratas, insectos, a veces prisioneros fugados. —Seraphina frunció el ceño—. Pero esta noche están vacíos.
—Como si alguien los hubiera limpiado.
—O como si algo los hubiera espantado.
Seguimos avanzando, con los nervios a flor de piel. Al cabo de una hora, llegamos a una bifurcación. Seraphina tomó el ramal izquierdo, y poco después nos detuvimos frente a una pared de piedra.
—Es aquí —dijo—. El panel giratorio.
—¿Dónde está el mecanismo?
—Aquí. —Seraphina presionó una piedra saliente, y un panel se deslizó hacia un lado, revelando una abertura estrecha—. Entrad de uno en uno.
Bram entró primero, con la espada desenvainada. Luego Lina, Lady Vess y yo. Seraphina cerró el panel tras de sí.
Al otro lado, la sala de las esferas se abría ante nosotros.
Era un espacio inmenso, como una catedral subterránea. Las paredes estaban cubiertas de nichos, y en cada nicho brillaba una esfera de cristal con una luz de color distinto. Rojo, negro, gris, azul, verde, carmesí. Cientos de esferas. Miles.
—Por todos los dioses —murmuró Bram.
—No los invoques —dijo Seraphina—. Ahora, silencio. Vertemos el compuesto y salimos.
—¿Cómo lo repartimos? —preguntó Lady Vess.
—En puntos clave. La desestabilización de una esfera debería provocar una reacción en cadena. Pero para maximizar el daño, necesitamos cubrir los cuatro extremos de la sala.
—Yo iré al norte —dijo Bram.
—Yo al sur —añadió Lina.
—Yo al oeste —dijo Lady Vess.
—Y yo al este —concluí.
—Entonces, hacedlo —ordenó Seraphina—. Y si algo sale mal, nos encontramos en la capilla.
Nos separamos. Corrí hacia el extremo este de la sala, con la bolsa de compuesto apretada contra el pecho. Las esferas brillaban a mi alrededor, como estrellas atrapadas en frascos de cristal. Cada una contenía un alma. Una vida robada.
Encontré un nicho con veinte esferas de fuego y vertí el compuesto sobre ellas. El líquido verde brilló al contacto, y las esferas comenzaron a vibrar.
—Funciona —murmuré.
Entonces, una voz resonó en la sala.
—¿De verdad creíais que no lo sabría?
Me giré. En el centro de la sala, flanqueado por diez Verdugos de armadura negra, estaba el rey.
Aldric Ashcroft.
Mi enemigo.
Y sonreía