Cenizas de Poder CAPÍTULO 11 LA FÓRMULA DEL SACRIFICIO
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CAPÍTULO 11 LA FÓRMULA DEL SACRIFICIO

Corrimos hasta que los pulmones nos ardieron y las piernas nos temblaron.

Atravesamos callejones oscuros, saltamos vallas podridas, nos arrastramos bajo puentes de piedra y esquivamos patrullas que ya no sabían a quién buscaban.

Cuando por fin nos detuvimos, estábamos en una capilla abandonada al norte de los Bajos Fondos, un lugar que ni siquiera los mendigos usaban porque decían que estaba maldito.

—Déjame ver el diario —dijo Seraphina, sin aliento.

Se lo tendí. Ella se dejó caer contra una columna de piedra y abrió el cuaderno con dedos temblorosos. La luz de la luna se filtraba por los vitrales rotos, iluminando las páginas con tonos fantasmales.

Leí por encima de su hombro. La letra de la reina era elegante pero apresurada, como si hubiera escrito esas páginas con urgencia, sabiendo que el tiempo se le escapaba entre los dedos.

La restauración de un Cáscara requiere tres elementos:

Primero, la sangre de un Inmune, fresca y sin coagular.

Segundo, la esencia vital de un donante sano, extraída en el momento exacto de la luna nueva.

Tercero, la magia original del Cáscara, liberada de su esfera y devuelta al cuerpo.

El sacrificio es inevitable. La sangre del Inmune abre el sello del alma. La esencia del donante la reanima. La magia original la reconstruye. Sin estos tres elementos, la restauración es imposible.

Pero el costo es alto. El donante no sobrevive. El Inmune pierde una parte de su resistencia a la extracción. Y el Cáscara... el Cáscara recuerda todo lo que vivió durante su vacío. Cada minuto de consciencia sin emociones. Cada instante de soledad. Algunos no soportan el recuerdo.

—Sabe lo que hacía —murmuré—. Tu madre. Era una científica.

—Era una desesperada. —Seraphina pasó las páginas con rapidez—. Hay más. Un apéndice. Un protocolo de emergencia.

Si el donante es de sangre real, la transferencia se amplifica. La vitalidad de un Ashcroft puede restaurar no solo a un Cáscara, sino a varios a la vez. El sacrificio de un heredero podría salvar a docenas.

—No —dije de inmediato—. Ni se te ocurra.

—¿Por qué no? —Seraphina me miró con sus ojos de niebla—. Acabo de leerlo. Si yo me sacrifico, podría salvar a todos los niños de la lista. A todos los Cáscaras de los Bajos Fondos. ¿No lo ves? Mi muerte podría significar la libertad de miles.

—Y la tuya.

—Ya te lo dije. No me importa mi vida. Solo me importa que mi padre caiga.

—A mí sí me importa tu vida. —Le quité el diario de las manos—. No voy a permitir que te mates. No por Tobin. No por nadie.

Seraphina se quedó en silencio. Luego, con una sonrisa triste, dijo:

—Pensé que me odiabas.

—No te odio. Me desesperas. Que no es lo mismo.

—Es lo más bonito que me han dicho en años.

Solté un suspiro y me senté a su lado, con el diario en el regazo. Afuera, la noche se extendía sobre los Bajos Fondos como una manta de terciopelo oscuro.

—Necesitamos un plan —dije—. Uno que no implique tu muerte.

—¿Y si no existe otro plan?

—Entonces lo creamos. Soy un ladrón. Improvisar es mi especialidad.

Seraphina dejó escapar una risa suave.

—Eres un desastre, Rylan Cole.

—Lo sé. Pero soy un desastre que ha sobrevivido al Bastión, a las mazmorras y a los Devoradores de Recuerdos. Quizás mi suerte no se ha agotado.

—O quizás se está acumulando para una caída más dura.

—Eso es lo que diría Silas.

—Silas es un sabio.

—Silas es un borracho con suerte.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Nos quedamos en silencio durante un rato, escuchando el viento que silbaba entre las columnas rotas.

La capilla estaba llena de estatuas decapitadas y de bancos cubiertos de polvo.

En el altar, una vela a medio consumir seguía en pie, como si alguien hubiera estado rezando antes de que el lugar fuera abandonado.

—¿En qué crees? —pregunté.

—¿A qué te refieres?

—En dioses. Destino. Esas cosas.

—Creo en los números. En la lógica. En el poder. —Seraphina hizo una pausa—. Y creo en la venganza. Creo que mi padre debe pagar por lo que hizo.

—¿Y después de la venganza? ¿Qué queda?

—Nada. Quizás por eso no me importa morir.

La miré de reojo. A la luz de la luna, su rostro parecía una máscara de mármol, bello y triste a partes iguales.

—Deberías encontrar algo por lo que vivir —dije.

—¿Como tú y tu hermano?

—Sí. O como tus ideales. La libertad. La justicia. El futuro de Veldaris.

—Suena muy noble.

—No soy noble. Soy un ladrón. Los ladrones no sobrevivimos si no tenemos algo por lo que luchar.

Seraphina me sostuvo la mirada. Luego, lentamente, apoyó la cabeza en mi hombro.

—Quizás tengas razón.

—Siempre tengo razón.

—No siempre.

—Casi siempre.

—Eres insufrible.

—Y tú eres una princesa fugitiva que se esconde en una capilla maldita. Estamos empatados.

Seraphina rio. Fue una risa corta, sorprendida, como si no esperara tener motivos para reír aquella noche. Me gustó oírla.

—Deberíamos dormir —dijo al fin—. Mañana tenemos que reunirnos con Lady Vess y planear el asalto a la sala de las esferas.

—¿Y Silas? Debería saber que seguimos vivos.

—Le envié un mensaje antes de la torre. Sabe que estamos en la capilla.

—¿Cómo?

—Tengo mis métodos.

—Claro. La princesa espía tiene palomas mensajeras.

—Algo así.

Me recosté contra la columna, cerrando los ojos. El cansancio me golpeó como una ola, y el sueño me arrastró hacia un abismo oscuro.

Soñé con Tobin.

En el sueño, mi hermano tenía seis años otra vez. Estaba de pie en un campo de flores silvestres, con los brazos abiertos y una sonrisa gigante en el rostro. El sol brillaba, y el viento mecía su cabello.

—¡Rylan! —gritó—. ¡Corre conmigo!

Y corrí. Corrí como si no hubiera mañana, como si el mundo no tuviera Recolección, ni reyes, ni magia robada. Corrí hasta que mis piernas ardieron y mis pulmones se llenaron de aire puro.

Entonces, el sueño cambió.

Las flores se marchitaron. El cielo se oscureció. Tobin dejó de reír y se giró hacia mí con los ojos vacíos, los mismos ojos de las Cáscaras.

—¿Por qué me abandonaste? —preguntó, con una voz que no era la suya.

—No te abandoné. Estoy luchando por ti.

—¿Luchando? —Su risa resonó en el vacío—. Solo estás retrasando lo inevitable. Pronto seré uno de ellos. Y no habrá cura que me salve.

—No digas eso.

—Es la verdad. A veces, la verdad duele.

Me desperté sobresaltado, con el nombre de mi hermano en los labios y el sudor perlándome la frente. Seraphina seguía a mi lado, dormida, con el diario de su madre abrazado contra el pecho.

El amanecer comenzaba a filtrarse por los vitrales rotos.

Y con él, la urgencia de actuar.