CAPÍTULO 10 LA TORRE DE LOS ERUDITOS
La trampilla se abrió a un sótano polvoriento, iluminado por la luz de una única lámpara de aceite que colgaba de un gancho en la pared.
El aire olía a tinta vieja, a pergamino y a cera derretida.
Las estanterías, repletas de legajos y libros encuadernados en cuero, se alineaban en pasillos estrechos que se perdían en la penumbra.
—Los archivos menores —susurró Seraphina, cerrando la trampilla tras de sí—. Como esperaba.
—¿Dónde está el laboratorio principal?
—Tercer piso. Pero antes tenemos que cruzar dos niveles de seguridad. Y si los eruditos trabajan tarde...
—¿Trabajan tarde?
—Siempre trabajan tarde. El rey les paga para que no duerman.
Nos deslizamos entre las estanterías, agachados y en silencio.
La torre de los eruditos era un edificio circular, con una escalera de caracol en el centro que ascendía a los pisos superiores.
Las paredes estaban cubiertas de tapices con fórmulas matemáticas y diagramas de anatomía.
De vez en cuando, una runa brillaba débilmente, como un ojo que nos observara.
Subimos al primer piso sin incidentes. El segundo piso era más amplio, con mesas de trabajo llenas de frascos, alambiques y espejos de aumento. Una luz tenue y verdosa emanaba de un cristal gigante que flotaba en el centro de la sala, girando lentamente.
—Ese cristal —murmuré—. ¿Qué es?
—Un Ojo de Sangre. Lo usan para detectar Inmunes. —Seraphina me agarró del brazo—. No te acerques. Si te detecta, disparará una alarma.
—¿Entonces cómo pasamos?
—Pegados a la pared. El radio de detección es limitado.
Nos arrastramos por el borde de la sala, con la espalda contra la piedra fría. El Ojo de Sangre flotaba en el centro, girando lentamente, y cada vez que su luz verdosa se acercaba a nosotros, contenía la respiración.
Llegamos a la escalera sin que nos detectara.
—Tercer piso —dijo Seraphina—. El laboratorio principal.
—¿Y si hay eruditos?
—Entonces tendremos que ser silenciosos. O letales.
—Preferiría evitarlo.
—Yo también. Pero si es necesario...
—No lo será.
Subimos la escalera con el sigilo de dos gatos. Al llegar al tercer piso, nos detuvimos frente a una puerta de madera reforzada con hierro. Una runa brillaba en el centro, roja como una brasa.
—Sello de Sangre —dijo Seraphina—. Necesita magia de Sangre para abrirse.
—Tu sangre no funcionó con el cofre de tu madre.
—El cofre de mi madre era especial. Este sello es estándar. Probemos con mi sangre.
Seraphina sacó una daga de su cinturón y se hizo un corte superficial en el dedo. Vertió una gota de sangre sobre la runa, que brilló con intensidad.
La puerta se abrió.
—Después de todo, ser una Ashcroft sirve para algo —murmuró.
Entramos.
El laboratorio principal era una sala inmensa, iluminada por lámparas de cristal que flotaban cerca del techo.
Las mesas estaban cubiertas de instrumentos quirúrgicos, frascos de cristal con líquidos de colores, y hojas de pergamino llenas de anotaciones.
En el centro, una mesa de operaciones de piedra negra parecía manchada con algo que no era tinta.
—Por todos los dioses —susurré.
—No los invoques —respondió Seraphina—. No están escuchando.
Comenzamos a buscar. Los archivos estaban organizados por estanterías temáticas: extracción, transferencia, contención, sacrificio. La fórmula para revertir la Recolección no estaba a simple vista.
—Busca algo que diga "Restauración" o "Reversión" —dijo Seraphina—. Mi madre usaba esos términos.
Revisé estantería tras estantería, sin éxito. Los documentos estaban escritos en una mezcla de idiomas antiguos y terminología técnica que apenas entendía. De vez en cuando, una palabra me llamaba la atención: "alma", "sangre", "Inmune". Pero nada parecido a una fórmula.
—Aquí —dijo Seraphina de pronto, con la voz tensa.
Me acerqué. Sostenía un cuaderno de tapas de cuero verde, atado con una cinta de seda negra.
—¿Qué es?
—El diario de laboratorio de mi madre. El que faltaba. —Lo abrió con manos temblorosas—. Dice... dice que la cura requiere un sacrificio.
—¿Qué clase de sacrificio?
—No lo sé. La letra es difícil de leer. —Seraphina pasó las páginas rápidamente—. Habla de un intercambio. Una vida por otra. La sangre del Inmune debe mezclarse con la esencia vital de un donante sano.
—¿Un donante? ¿Quién?
—Cualquier persona dispuesta a dar su vida. —Seraphina me miró, y sus ojos de niebla estaban llenos de algo que no supe identificar—. Rylan, esto no es una cura. Es un trueque.
—Da igual. Si salva a Tobin, lo haré.
—No lo entiendes. El donante no sobrevive. La fórmula transfiere su vitalidad al Cáscara, junto con la sangre del Inmune. El donante muere.
—¿Y el Inmune?
—Sobrevive. Pero pierde parte de su inmunidad. Cada curación debilita su resistencia a la extracción.
Me quedé en silencio, procesando aquella información. Una vida por otra. La vida de un donante sano a cambio de la vida de una Cáscara. ¿Quién estaría dispuesto a dar su vida por un niño que ni siquiera conoce?
—Yo seré el donante —dijo Seraphina.
La miré, horrorizado.
—Ni hablar.
—Soy la heredera. Tengo magia. Mi vitalidad es más fuerte que la de un plebeyo. Si la transfiero a Tobin, la cura será más efectiva.
—¡Te matará!
—Lo sé. —Su voz sonó extrañamente tranquila—. Y quizás sea lo mejor.
—¿Lo mejor? ¿Para quién?
—Para todos. —Seraphina cerró el diario—. Rylan, yo no debería ser la heredera. Mi madre murió por mi culpa. Mi padre es un monstruo. Y yo... yo solo he sido un peón en una partida que no elegí jugar. Si mi muerte puede salvar a un niño y darle un futuro a Veldaris, entonces vale la pena.
—No quiero tu sacrificio. Quiero que luches.
—Ya he luchado. Toda mi vida. Estoy cansada, Rylan. —Sus ojos se empañaron—. Déjame hacer esto por Tobin. Por ti.
—¿Por mí? ¿Qué significo yo para ti?
Seraphina guardó silencio. Luego, con un suspiro, se acercó y me puso una mano en el pecho.
—Significas esperanza. La primera esperanza real que he tenido en años.
Antes de que pudiera responder, un sonido resonó en la escalera.
Pasos. Botas de hierro sobre piedra.
—Alguien viene —dijo Seraphina, apartándose—. Guarda el diario. Tenemos que salir de aquí.
—¿Por dónde?
—La ventana. Hay un saliente en el muro exterior. Podemos usarlo para bajar.
—¿Estás loca? Estamos a tres pisos de altura.
—¿Prefieres enfrentarte a los eruditos?
Los pasos se acercaban. No había tiempo para discutir.
—Vamos —dije.
Seraphina abrió la ventana y se deslizó hacia el exterior con una agilidad que me dejó sin aliento. La seguí, agarrándome al marco y buscando el saliente con los pies. El viento nocturno me golpeó el rostro, y el vacío se abrió bajo nosotros como una boca hambrienta.
—No mires hacia abajo —dijo Seraphina.
—Demasiado tarde.
Comenzamos a descender por el muro, centímetro a centímetro, con los dedos aferrados a las grietas de la piedra. Cada movimiento era una agonía. Cada desliz, un infarto.
Y entonces, la ventana del laboratorio se abrió de golpe sobre nosotros.
—¡Ahí están! —gritó una voz—. ¡Su Alteza, deténgase!
Seraphina soltó una maldición y aceleró el descenso. Yo la seguí, con el corazón desbocado. El saliente era estrecho, y la piedra estaba húmeda por el rocío.
—¡Por aquí! —Seraphina se deslizó por una canaleta de hierro que descendía junto a la pared—. ¡Agárrate!
Me lancé tras ella. La canaleta era vieja y chirriaba bajo nuestro peso, pero resistió. Bajamos por ella como rayos, esquivando ventanas y gárgolas.
Y justo cuando llegábamos al suelo, una flecha de ballesta se clavó en la piedra a centímetros de mi cabeza.
—¡Corre! —grité.
Echamos a correr por el callejón, con los guardias pisándonos los talones. Las flechas silbaban a nuestro alrededor, y las voces de alarma resonaban en la noche.
Pero no nos detuvimos.
No podíamos detenernos.
Porque en mi mano, apretado contra el pecho, llevaba el diario de laboratorio de la reina.
La fórmula.
La cura.
Y el precio que nadie quería pagar.