CAPÍTULO 9 LA BODEGA DEL PUERTO
Encontré a Seraphina en el mercado de los susurros, escondida entre los puestos de especias y telas.
Vestía ropas de plebeya, con una capucha que ocultaba su rostro, y caminaba con la espalda encorvada para no llamar la atención.
Verla así, sin el porte aristocrático que la caracterizaba, me hizo entender cuánto estaba arriesgando.
—Me dieron por muerto —dije, acercándome por detrás.
Se giró con un sobresalto, llevándose la mano al cinturón donde escondía una daga. Al reconocerme, sus ojos de niebla se suavizaron por un instante, solo por un instante.
—Rylan. Creí que te habían ejecutado.
—Todavía no. Pero no será por falta de ganas. —Me encogí de hombros—. Las mazmorras no son tan seguras como cree tu padre.
—Claramente no. —Seraphina me examinó con la mirada, deteniéndose en las heridas que asomaban por el cuello de mi camisa—. Estás herido.
—Solo rasguños. Las sombras de las alcantarillas no son buenas anfitrionas.
—¿Las sombras? —Seraphina palideció—. ¿Te enfrentaste a los Devoradores de Recuerdos?
—No me dieron su nombre. Solo intentaron robarme.
—¿Y cómo escapaste?
—Les dije que no tenía nada que dar. Y se lo creyeron.
Seraphina me miró como si acabara de confesarle que sabía volar.
—Eres imposible —dijo al fin.
—Me lo han dicho.
—Vamos. No podemos hablar aquí. —Miró a su alrededor, nerviosa—. La guardia está por todas partes. Han puesto precio a tu cabeza.
—¿Cuánto?
—Diez mil coronas. Vivo. Cinco mil, muerto.
—Me halaga. Creía que valía menos.
—No es gracioso, Rylan. Mi padre está furioso. Ha cerrado las puertas del Bastión y ha ordenado registros en todos los barrios. Si te encuentran...
—No me encontrarán. Sé esconderme.
—Eso espero. Porque si te capturan, no habrá segunda huida.
La seguí por callejones estrechos y pasadizos ocultos hasta la bodega del puerto, un edificio de piedra medio derruido que apestaba a pescado podrido y a salitre.
Silas ya estaba allí, sentado en un tonel con la ballesta montada y el ceño fruncido.
A su lado, envuelto en una manta gris, Tobin dormía acurrucado sobre un montón de redes de pesca.
—Lo sacaste —dije, con un nudo de alivio en la garganta.
—Costó tres sobornos y un guardia noqueado —respondió Silas—. Pero sí. Lo saqué.
Me arrodillé junto a mi hermano y le aparté el cabello de la frente. Estaba pálido, demacrado, con las ojeras marcadas y los labios agrietados. Pero respiraba. Y en su rostro, a pesar de todo, había una expresión de paz que no le veía desde hacía meses.
—Está bien —murmuré—. Estás a salvo.
Seraphina se sentó en un montón de sacos de tela, con los diarios de su madre sobre el regazo. Los acarició con una ternura que me sorprendió.
—Los he leído —dijo, sin levantar la vista—. Anoche, mientras esperaba noticias tuyas.
—¿Y bien? —preguntó Silas, impaciente—. ¿Hay una cura?
Seraphina alzó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera estado llorando.
—Mi madre descubrió la fórmula. Pero no está completa. Le faltan páginas.
—¿Páginas?
—Alguien las arrancó. Quizás el rey, quizás los eruditos. Pero hay referencias a un cuaderno separado. Un diario de laboratorio. —Seraphina pasó las páginas con dedos temblorosos—. Dice que la cura requiere la sangre de un Inmune. Tu sangre, Rylan.
—¿Mi sangre? ¿Para qué?
—Para revertir la extracción. El cuerpo del Cáscara rechaza la magia robada porque el alma está sellada. Tu sangre puede romper ese sello. Es como una llave.
—¿Y cómo se administra?
—No lo sé. Aquí termina. —Seraphina me mostró la última página, cortada limpiamente por la mitad—. La fórmula completa estaba en el diario de laboratorio. El que falta.
—¿Dónde está?
—Probablemente en la cámara de mi padre. O peor: en la Torre de los Eruditos, donde guardan los documentos más peligrosos.
—¿La Torre de los Eruditos? —Silas soltó una risa amarga—. Eso está más vigilado que la cámara del tesoro. Entrar allí es imposible.
—Nada es imposible —dije—. Solo difícil.
—No, muchacho. Imposible. Con mayúsculas. Los eruditos del rey son magos entrenados, y la torre está protegida por sellos que no se abren ni con sangre real. Además, ¿cómo piensas llegar hasta allí sin que te atrapen? ¿Vas a disfrazarte de estatua?
—Algo mejor. Voy a usar el pasadizo.
—¿El pasadizo de los reyes muertos? —Seraphina levantó la vista, sorprendida—. Ese túnel solo conecta con la cámara privada.
—Y la cámara privada está cerca del ala norte. La Torre de los Eruditos está en el ala norte. Si logro subir por el pasadizo, puedo llegar hasta allí sin cruzar los patios.
—Olvidas un detalle —dijo Silas—. Después de tu huida, el rey habrá sellado el pasadizo. O habrá puesto guardias. No podrás usarlo.
—Entonces tendré que encontrar otra entrada.
—¿Y si usamos el alcantarillado? —sugirió Seraphina—. Los túneles que cruzaste tienen ramales que llegan hasta la torre. Los conozco. Mi madre me los mostró.
—¿Y los Devoradores de Recuerdos? —pregunté—. ¿Tienen horario?
Seraphina esbozó una sonrisa tensa.
—Esos no son el problema. El problema es lo que hay más abajo. En las profundidades, donde el rey guarda sus experimentos fallidos.
—¿Qué experimentos?
—Cosas que no deberían existir. Hombres fundidos con bestias. Mujeres con magia de Sangre descontrolada. Niños que no envejecen. —Seraphina cerró los diarios con un golpe—. Mi padre lleva décadas jugando a ser un dios. Y sus errores viven bajo nuestros pies.
Un silencio denso se instaló en la bodega. Miré a Tobin, que seguía durmiendo. Su mano se aferraba a la manta como si temiera que se la arrebataran.
—¿Y si vamos por tierra? —pregunté—. Sin túneles.
—Imposible. La torre está rodeada por un foso seco con lanzas de hierro en el fondo. Solo hay un puente, y está custodiado por cuatro Verdugos.
—¿Y el techo?
—A prueba de magia. Mi madre lo descubrió de niña.
—Entonces solo queda el túnel.
—Solo queda el túnel —confirmó Seraphina.
Me puse en pie. Las heridas me dolían, pero no era momento de flaquear.
—Iré. Solo. No hay razón para arriesgar a nadie más.
—Voy contigo —dijo Seraphina de inmediato.
—No. Tú eres la heredera. Si te atrapan, la resistencia pierde a su líder.
—Y si te atrapan a ti, perdemos al único Inmune capaz de abrir los sellos. —Se puso en pie, plantándose frente a mí—. No voy a dejarte ir solo, Rylan. Lo quieras o no, ahora eres mi responsabilidad.
—No soy tu responsabilidad. Soy tu aliado.
—Entonces actúa como tal. Juntos, o no hay trato.
La sostuve la mirada. Había una firmeza en sus ojos que no admitía discusión.
—Está bien —cedí—. Iremos juntos. Pero si algo sale mal, tú sales corriendo. ¿Entendido?
—Entendido. —Seraphina sonrió, y por un instante, su rostro pareció menos afilado—. Aunque si algo sale mal, probablemente estaremos muertos antes de poder correr.
—Qué optimista.
—Realista.
Silas carraspeó, interrumpiendo el momento.
—Mientras vosotros dos jugáis a los héroes, yo me quedaré con Tobin. Lo llevaré a un lugar seguro. Conozco una granja, al sur del Puerto de Sal, donde podrá esconderse.
—¿Confías en esa granja? —pregunté.
—Confío en la mujer que la lleva. Me debe la vida. —Silas me miró a los ojos—. Tu hermano estará seguro, muchacho. Lo juro.
—Lo sé. —Le di una palmada en el brazo—. Gracias, Silas. Por todo.
—No me las des. Solo vuelve con vida. Tu hermano te necesita.
—Y yo a él.
Me arrodillé junto a Tobin y le aparté el cabello una vez más. Le susurré al oído:
—Voy a encontrar la cura. Voy a traerte de vuelta. Aguanta, hermanito.
Tobin no respondió, pero su mano, por un instante, apretó la mía.
Era suficiente.
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Esa noche, Seraphina y yo nos deslizamos por las calles de los Bajos Fondos como dos espectros.
La ciudad estaba en alerta. Las patrullas recorrían las calles con antorchas, y los carteles con mi rostro colgaban de las farolas. Diez mil coronas. El rey me había puesto un precio que haría rico a cualquier cazador de recompensas.
—Agacha la cabeza —me susurró Seraphina—. Si alguien te reconoce...
—No me reconocerán. Nadie mira a los plebeyos.
—Eso espero.
Llegamos a una entrada del alcantarillado oculta en un callejón trasero, detrás de una pila de basura. La rejilla estaba suelta, y Seraphina la apartó con un esfuerzo que le arrancó un juramento.
—Odio este sitio —dijo.
—Bienvenida a mi mundo.
Descendimos al túnel. La oscuridad nos tragó como una boca hambrienta, y el olor a podredumbre nos golpeó con la fuerza de un maremoto. Encendimos una lámpara de aceite que Seraphina llevaba en la mochila, y su luz temblorosa iluminó las paredes de piedra cubiertas de musgo negro.
—¿Recuerdas el camino? —pregunté.
—Recuerda que me lo mostraron hace catorce años. Pero confía en mí.
—Confío.
Caminamos en silencio durante casi una hora. Los túneles se bifurcaban constantemente, y Seraphina elegía cada vez sin dudar, como si un mapa invisible le indicara la dirección. De vez en cuando, una rata nos observaba desde un rincón, con los ojos brillando en la penumbra.
Y luego, los oímos.
Ecos. Susurros. Gemidos.
—Son los experimentos —dijo Seraphina, con la voz tensa—. Estamos cerca de la torre.
—¿Cerca? Suena como si estuvieran aquí mismo.
—Los túneles amplifican el sonido. No te fíes de lo que oyes.
Avanzamos con más cautela. Los susurros se volvían más claros: palabras sueltas, súplicas, lamentos. Algunas voces parecían humanas. Otras, no.
—Seraphina —murmuré—. Si me pasa algo aquí abajo, quiero que sepas...
—Cállate. No va a pasarte nada.
—Déjame terminar. Si algo me pasa, quiero que lleves mi sangre a Tobin. Toda la que puedas. Quizás sea suficiente para la cura.
Seraphina no respondió de inmediato. Luego, con un tono más suave, dijo:
—Tu sangre no funcionará sin la fórmula. Y no vas a morir. Así que guarda tu dramatismo para otro momento.
—No es dramatismo. Es precaución.
—Es drama.
Seguimos avanzando. Los susurros se volvieron gritos, y los gritos, silencio. Un silencio peor que cualquier ruido.
—Hemos llegado —dijo Seraphina, deteniéndose frente a una escalera de piedra que ascendía hacia una trampilla de hierro—. La torre está justo encima.
—¿Qué hay en el primer piso?
—Los archivos menores. Allí guardan documentos administrativos. La fórmula estará más arriba, en el laboratorio principal.
—Entonces, ¿subimos?
—Subimos.
Seraphina empujó la trampilla. No se movió.
—Está cerrada —dijo.
—¿Cerrada con llave o con magia?
—Con magia. Siento el sello.
—¿Puedes abrirlo?
—No sin alertar a los eruditos. —Seraphina golpeó la trampilla con frustración—. Maldita sea.
—Espera. —La aparté suavemente—. Déjame intentarlo.
—¿Tú? No tienes magia.
—Pero tengo sangre Inmune.
Me hice un corte en la palma, el mismo corte que había usado para abrir el cofre de la reina. La sangre brotó, oscura y caliente.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Seraphina.
—Algo estúpido.
Apoyé la mano ensangrentada sobre la trampilla. El sello brilló débilmente, un resplandor azulado que me recorrió el brazo como una corriente eléctrica. El dolor fue intenso, pero no retiré la mano.
—Los sellos responden a la magia —murmuré—. Y mi inmunidad es magia. Magia que rechaza la extracción. Quizás también pueda rechazar el sello.
—¿Y si no?
—Entonces nos quedaremos aquí, y el rey ganará.
Apreté los dientes y empujé con todas mis fuerzas. El sello brilló con más intensidad, luego parpadeó, luego se desvaneció.
La trampilla se abrió.
—Lo has hecho —dijo Seraphina, con asombro.
—Todavía no. Solo hemos abierto una puerta.
Subimos por la escalera hacia la Torre de los Eruditos.
La fórmula nos esperaba.