CAPÍTULO 8 LO QUE LAS SOMBRAS NO PUEDEN ROBAR
Las sombras me rodearon como una jauría de lobos.
Eran rápidas, silenciosas, y su frío se filtraba en mis huesos como agujas de hielo.
La primera me atacó desde la izquierda, un zarpazo de oscuridad que me rozó el hombro y me arrancó un juramento.
La segunda lo hizo desde arriba, cayendo sobre mí como un manto de noche sólida.
La tercera, la cuarta, la quinta. Eran demasiadas.
Pero no me detuve.
Porque entre las sombras, en la oscuridad del túnel, podía ver algo que ellas no veían: el reflejo de mi propia luz.
No era magia. No era poder. Era la chispa tenue de la vida, la resistencia que mi cuerpo Inmune había cultivado durante diecinueve años de supervivencia.
Las sombras se alimentaban de recuerdos, de miedos, de secretos.
Pero mi secreto más profundo no era algo que pudieran arrancarme.
Estaba enterrado demasiado hondo, anclado al amor que sentía por un niño de nueve años que me esperaba en alguna parte.
—No podéis tocarme —dije, y mi voz resonó en el túnel con una firmeza que me sorprendió—. No tenéis nada que yo quiera daros.
Las sombras se detuvieron. Flotaron a mi alrededor, indecisas, como avispas que no se atreven a posarse.
—Todos tienen algo que dar —siseó la voz de la primera sombra—. El Inmune no es una excepción.
—Lo que tengo no es vuestro. Es mío. Y lo necesito para alguien más.
—¿El niño? ¿El hermano? —La sombra se deslizó frente a mí, y en su superficie negra vi reflejado el rostro de Tobin.
No el Tobin de ahora, vacío y silencioso, sino el de antes: risueño, travieso, con los ojos brillantes y el cabello alborotado—.
Él ya está perdido. Su alma se marchitó la noche de la Recolección.
—No. Su alma sigue ahí. Enterrada, pero no muerta. Y yo voy a sacarla.
—¿Cómo? ¿Rompiendo esferas? ¿Derrocando reyes? —La sombra rio de nuevo—. Eres un niño con un cuchillo. El mundo te aplastará.
—Quizás. —Di un paso hacia ella—. Pero antes de que lo haga, me habré asegurado de que Tobin sea libre.
La sombra vaciló. Por un instante, su forma se volvió difusa, como si la convicción de mis palabras la hubiera desestabilizado. Las otras sombras se agitaron, inseguras.
—Déjame pasar —dije—. No tengo nada que ofreceros, pero tampoco nada que necesitéis robar.
—Todos tienen algo.
—Yo no. Ya me lo robaron todo. Lo que me queda no se puede tocar.
Las sombras intercambiaron miradas —o lo que podrían ser miradas en aquel vacío—. Luego, lentamente, se apartaron.
—Pasa —dijo la primera sombra—. Pero recuerda, Inmune: las sombras no olvidan. Y un día, volveremos a por ti.
—Entonces, os estaré esperando.
Caminé entre ellas con la cabeza alta y el corazón desbocado. Ninguna me tocó. Ninguna intentó detenerme. Atravesé el muro de oscuridad como quien cruza una cortina de humo frío, y al otro lado, el túnel se abría hacia una salida.
La luz de las estrellas me dio la bienvenida.
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Salí por una rejilla que daba a un patio trasero del Bastión, oculto entre cajas de madera y barriles de agua. El aire de la noche era frío y limpio, y lo aspiré con avidez, como un náufrago que emerge del océano.
Me quedé un momento en cuclillas, recuperando el aliento. Las heridas de las sombras me ardían en el hombro y en la espalda, pero no eran profundas. Superficiales. Sobreviviría.
Luego, me puse en pie y eché a correr.
Crucé los callejones de los Bajos Fondos como una sombra, esquivando patrullas y evitando las calles principales. La casa de Silas estaba a una hora de camino, y necesitaba llegar antes del amanecer.
Cuando por fin entré por la puerta trasera, Silas estaba despierto, sentado frente a la chimenea apagada con una jarra en la mano. Al verme entrar, se puso en pie de golpe.
—¿Dónde diablos has estado? —gruñó—. Te he estado buscando por toda la ciudad.
—Las mazmorras. —Me dejé caer en una silla, agotado—. El tasador me atrapó en la cámara.
—¿Y la princesa?
—Escapó. Con los diarios.
Silas maldijo en voz baja y me lanzó un trapo húmedo. Me lo pasé por la cara, sintiendo el alivio del agua fría contra la piel.
—Cuéntamelo todo —dijo.
Y lo hice. Le hablé del pasadizo, del cofre de la reina, de la sangre que lo abrió, del tasador y la guardia. Le hablé del doctor Varn, de la mazmorra, de las sombras en las alcantarillas. Le hablé de la llave, de la rejilla, de la huida.
Silas escuchó en silencio, sin interrumpir. Cuando terminé, se sirvió un vaso de licor y me lo tendió.
—Bebe.
—No quiero.
—Bebe igual.
Bebí. El licor me quemó la garganta, pero me devolvió algo de calor al cuerpo.
—Varn —dijo Silas al fin, con la voz pastosa—. Ese viejo loco sigue vivo.
—Lo conociste.
—Claro que lo conocí. Me torturó durante tres días. —Silas se pasó una mano por la boca—. Luego me salvó la vida.
—¿Cómo?
—Cuando me cortaron la lengua, él me cosió. Dijo que no podía permitir que un soldado del rey muriera desangrado por un capricho. —Silas miró hacia otro lado—. Después, me ayudó a escapar. Nunca supe por qué.
—Quizás porque era un buen hombre.
—No hay buenos hombres en el Bastión. Solo hombres menos malos.
Se hizo un silencio tenso entre nosotros. Afuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de gris.
—¿Y ahora qué? —preguntó Silas.
—Ahora necesitamos ver a Seraphina. Tiene los diarios. Si hay una cura para las Cáscaras, estará en esas páginas.
—¿Y si no está?
—Entonces encontraremos otra forma.
—¿Y el rey? Habrá movilizado a todos sus guardias para buscarte.
—Lo sé. Por eso no podemos quedarnos aquí. —Me puse en pie, a pesar del dolor—. Tenemos que movernos. Encontrar un refugio seguro.
—Conozco un lugar. Una bodega abandonada cerca del puerto. Los hombres del gremio la usan a veces. —Silas se levantó—. Pero antes, necesito pasar por el Reposo.
—¿Para qué?
—Para sacar a Tobin de allí. Si el rey sospecha que estás vivo, usará a tu hermano como cebo. Tobin no estará seguro ni un minuto más.
Un nudo se me formó en el estómago. Tenía razón. Tobin era mi punto débil, y el rey lo sabía.
—Vamos —dije—. Tú al Reposo. Yo a buscar a Seraphina.
—¿Juntos no?
—Será más rápido si nos separamos. Y si uno cae, el otro puede seguir.
Silas me miró durante un largo momento. Luego asintió.
—Nos vemos en la bodega al atardecer. Si no apareces, daré por hecho que estás muerto.
—Apareceré.
—Eso dices siempre.
—Y siempre cumplo.
Silas esbozó una sonrisa cansada.
—Cierto. Eres un cabezota. —Me dio una palmada en el hombro sano—. Ve. Y ten cuidado.
—Tú también.
Salí de la casa de Silas justo cuando el sol se alzaba sobre los tejados de los Bajos Fondos. La ciudad despertaba lentamente, ajena a la guerra que se gestaba entre sus sombras.
Tenía un plan. O más bien, la promesa de un plan.
Y Tobin me esperaba.
Eso era todo lo que necesitaba.