Cenizas de Poder CAPÍTULO 7 LAS MAZMORRAS DEL REY
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CAPÍTULO 7 LAS MAZMORRAS DEL REY

Desperté en la oscuridad.

No era la oscuridad suave de una habitación sin velas, sino una negrura absoluta, densa, que se pegaba a la piel como aceite. Estaba tendido sobre un suelo de piedra fría y húmeda, y el olor a podredumbre, a sangre seca y a miedo llenaba mis pulmones con cada respiración.

Intenté moverme. Mis muñecas estaban atadas con grilletes de hierro, sujetos a una cadena anclada a la pared. Mis tobillos, libres, apenas respondían al principio. El golpe del tasador me había dejado un dolor sordo en el pecho que palpitaba con cada latido.

—Estás despierto —dijo una voz desde alguna parte.

Me tensé. No estaba solo.

—¿Quién eres? —pregunté, con la voz ronca.

—Alguien que lleva mucho tiempo esperando. —La voz era masculina, grave, con un deje de cansancio infinito—. ¿Eres el ladrón que intentó robar el cofre de la reina?

—¿Cómo sabes lo del cofre?

—Las mazmorras tienen oídos. Y los guardias hablan. —Una pausa—. Además, te trajeron hace horas. Estabas murmurando en sueños. Nombres. Lugares.

Sentí un escalofrío. ¿Qué había dicho? ¿Cuánto habían oído?

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—En el nivel más profundo del Bastión. La mazmorra de los olvidados. Aquí bajan a los que el rey quiere que desaparezcan sin dejar rastro.

—¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?

—Porque sé demasiado. Y porque soy demasiado valioso para matarme. —La voz se movió en la oscuridad, y oí el sonido de cadenas arrastrándose por el suelo—. Soy el doctor Elias Varn. Antiguo erudito de la corte. Antiguo consejero del rey. Ahora, prisionero.

—¿El doctor Varn? —Repetí el nombre, buscándolo en mi memoria—. He oído ese nombre. Silas lo mencionó una vez. Decía que eras el único hombre que sabía cómo revertir la Recolección.

—¿Silas Vane? —La voz sonó sorprendida—. ¿Conoces a Silas?

—Me crio. Es mi mentor.

—Entonces eres Rylan Cole. —Una risa débil resonó en la oscuridad—. El Inmune. El muchacho que rechazó la extracción.

—¿Cómo sabes eso?

—Silas me habló de ti. Antes de que lo encerraran.

—Espera. ¿Silas estuvo encerrado aquí?

—Hace años. Le cortaron la lengua por hablar demasiado. Luego lo liberaron, como escarmiento. ¿No te lo contó?

Silas nunca me había contado eso. Nunca me había hablado de las mazmorras, de la tortura, de su pasado como prisionero del rey.

—No —dije—. Nunca lo hizo.

—Silas guarda muchos secretos, muchacho. Pero no le culpes. Algunas heridas no se pueden compartir.

Me quedé en silencio, procesando aquella información. Silas, mutilado. Silas, encerrado. Silas, sobreviviendo a base de alcohol y cinismo porque no podía soportar el peso de sus recuerdos.

—Doctor Varn —dije al fin—. Necesito salir de aquí.

—Todos lo necesitamos, muchacho. Pero esta mazmorra está sellada con magia de Hierro. Ni siquiera un Inmune puede romper esos barrotes.

—¿Y el ritual de la Estrella Caída? ¿Sabes algo de él?

Un silencio largo. Luego, la voz del doctor sonó más baja, más tensa.

—¿Qué sabes tú del ritual?

—Lo suficiente para saber que el rey planea sacrificar a cien niños. Mi hermano está en la lista.

—¿Tu hermano? —Oí el arrastrar de cadenas acercarse—. ¿Cómo se llama?

—Tobin Cole.

Otra pausa. Esta vez, más larga.

—Lo conozco —dijo Varn al fin—. Es uno de los niños que trajeron hace semanas. Lo tienen en el ala este de las mazmorras, junto con los otros candidatos.

—¿Y qué les hacen?

—Los mantienen con vida. Los alimentan. Incluso los educan. El rey quiere que sus recipientes estén sanos y fuertes. Un cuerpo enfermo no puede albergar un alma real.

—¿Su alma? ¿El rey planea poseer el cuerpo de un niño?

—No solo poseerlo. Transferir su conciencia entera. El ritual de la Estrella Caída no es un sacrificio de sangre. Es un intercambio. El rey entregará las almas de cien niños a cambio de la juventud y la inmortalidad.

—¿Y si lo detenemos?

—Solo hay dos formas de detener el ritual. La primera: matar al rey antes de que lo complete. La segunda: destruir la fuente de su poder.

—¿Las esferas?

—Exacto. Las esferas de cristal donde almacenan las magias robadas. Si se rompen, la energía se libera. El ritual perdería su combustible.

—Seraphina cree lo mismo.

—¿La princesa? —La voz de Varn se tensó—. ¿Estás trabajando con ella?

—Sí. Quiere derrocar a su padre.

—Eso espero. Pero ten cuidado, muchacho. La princesa tiene su propia agenda. Y los Ashcroft... los Ashcroft mienten con la misma facilidad con la que respiran.

—Lo tendré en cuenta. Pero ahora, necesito salir de aquí. ¿Hay alguna forma?

Varn guardó silencio. Luego, en la oscuridad, oí el sonido de algo metálico arrastrándose por el suelo hacia mí.

—Toma esto —dijo.

Buscara a tientas hasta que mis dedos rozaron un objeto frío y alargado. Era una llave.

—¿Una llave?

—De los grilletes. Los guardias la perdieron hace años. Yo la he guardado desde entonces, esperando a alguien digno de usarla.

—¿Por qué no escapaste tú?

—Porque estoy encadenado a la pared por el cuello. Y porque me faltan tres dedos de la mano derecha. —La voz sonó amarga—. Pero tú estás completo. Tú puedes salir.

—¿Y tú?

—Veinte años en esta celda me han dejado ciega la esperanza, muchacho. Si sales, envía a alguien por mí. Si no puedes... al menos habré muerto sabiendo que lo intenté.

Metí la llave en la cerradura de los grilletes con manos temblorosas. El mecanismo giró con un clic suave, y las cadenas cayeron al suelo con un estruendo que resonó en la oscuridad.

—Gracias —dije.

—No me las des. Encuentra a tu hermano. Encuentra a la princesa. Y detén el ritual. El rey está a días de completarlo.

—¿Días?

—El solsticio de invierno se acerca. Si no lo detienes antes de la luna llena, todo estará perdido.

Me puse en pie, tambaleándome. La oscuridad era tan densa que no podía ver ni mi propia mano frente a la cara.

—¿Por dónde salgo? —pregunté.

—Por la rejilla del fondo. Conduce a las alcantarillas. Los guardias no la vigilan porque creen que está tapiada. —Varn hizo una pausa—. Pero ten cuidado. Hay cosas en las alcantarillas que no son ratas.

—¿Qué cosas?

—Sombras hambrientas. Espíritus de los muertos que no encontraron descanso. La magia de Sombra del rey los alimenta.

—Estoy acostumbrado a las sombras.

—Eso crees. —La voz de Varn sonó sombría—. Ve, muchacho. Y que la suerte te acompañe.

Me arrastré hacia el fondo de la celda, tanteando las paredes en busca de la rejilla. Mis dedos encontraron una malla de hierro oxidado, suelta en sus anclajes. Tiré de ella con todas mis fuerzas hasta que cedió.

Un soplo de aire frío y fétido subió del hueco.

Sin pensarlo dos veces, me deslicé en la oscuridad.

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Las alcantarillas del Bastión eran un laberinto de túneles húmedos y traicioneros, llenos de recodos, bifurcaciones y pozos sin fondo. El agua corría por canales laterales, y el olor a excrementos y podredumbre era tan intenso que me costaba respirar.

Avancé a tientas, guiándome por el sonido del agua y por el instinto. No sabía hacia dónde iba, solo que debía alejarme de la mazmorra.

Y entonces, las vi.

Las sombras.

No eran sombras corrientes, proyectadas por una luz ausente. Eran masas de oscuridad viva, con forma vagamente humanoide, que se deslizaban por las paredes del túnel. Sus ojos —si podían llamarse ojos— eran puntos de luz blanca que brillaban en la negrura.

Los espíritus de los muertos.

Una de las sombras se acercó a mí, flotando sobre el agua sucia. Su boca —un desgarro en la oscuridad— se abrió en un grito silencioso.

—No puedes pasar —susurró una voz que resonó dentro de mi cabeza—. No sin pagar el precio.

—¿Qué precio? —pregunté, con la voz temblorosa.

—Un recuerdo. Un miedo. Un secreto. —La sombra se inclinó hacia mí—. Las alcantarillas guardan lo que el rey quiere olvidar. Y para cruzarlas, debes dejar algo atrás.

—No tengo nada que dar.

—Todos tienen algo. Incluso tú, Inmune.

La sombra extendió una mano espectral hacia mi pecho. Sentí un frío insoportable que me atravesaba la piel, los músculos, los huesos. Y de repente, un recuerdo brotó de mi mente: mi madre, en su lecho de muerte, cogiéndome la mano.

—Cuida de Tobin, Rylan. Prométemelo. Siempre.

—No —gruñí, apartándome—. Ese recuerdo no te lo doy.

—Entonces no pasarás.

—Pues pelearé.

La sombra se rio, un sonido que era como el crujido de huesos rompiéndose. Otras sombras se unieron a ella, formando un muro de oscuridad que bloqueaba el túnel.

—Pelea, entonces, muchacho. Veamos de qué estás hecho.

Apreté los puños. No tenía armas, ni magia, ni aliados. Solo mi sangre, mi rabia y un recuerdo que me negaba a entregar.

Pero a veces, eso es suficiente.

Y me lancé hacia la oscuridad.