CAPÍTULO 6 EL Pasadizo DE LOS REYES MUERTOS
El uniforme de sirviente personal de la Casa Ashcroft era de un azul tan oscuro que parecía negro, con botones de plata y un ribete dorado en el cuello. Me sentaba mejor que el de mozo de cuadra, pero seguía sintiéndome como un impostor. Quizás porque lo era.
Seraphina me esperaba en la entrada lateral del Bastión, flanqueada por dos guardias que me examinaron con desconfianza. Ella les mostró un pergamino con sellos reales, y los guardias me dejaron pasar sin hacer preguntas.
—Sígueme —dijo, sin mirarme—. No hables con nadie. No mires a nadie. Si alguien te pregunta, eres mi nuevo asistente, Kellen Marsh, recién llegado del Puerto de Sal.
—Ya conozco la historia.
—Entonces limítate a actuar.
Caminamos por pasillos de mármol iluminados por candelabros de cristal.
El Bastión era un laberinto de salones, corredores y escaleras que se entrelazaban sin lógica aparente.
Seraphina se movía por ellos con la seguridad de quien ha crecido entre sus muros, y yo la seguía a dos pasos de distancia, con la cabeza gacha y la mirada alerta.
Llegamos al ala oeste, donde los preparativos para el baile menor estaban en pleno apogeo. Sirvientes corrían de un lado a otro con flores, guirnaldas y bandejas de plata. Músicos afinaban sus instrumentos en un rincón. Guardias patrullaban las puertas.
—Por aquí —dijo Seraphina, desviándose hacia un corredor lateral.
La seguí por una escalera de caracol que descendía hacia las profundidades del castillo. Las paredes se volvieron más toscas, de piedra gris sin pulir, y el aire se cargó de humedad y de un olor a encierro que me resultó extrañamente familiar.
—¿Este es el pasadizo? —pregunté en un susurro.
—Todavía no. Es la bodega antigua. El pasadizo está al fondo.
Llegamos a una puerta de madera podrida, oculta tras unas estanterías llenas de barriles vacíos. Seraphina la abrió con esfuerzo, y un soplo de aire helado nos golpeó el rostro.
—Entra —dijo.
Obedecí. El pasadizo era un túnel estrecho y oscuro, excavado en la roca viva, que se extendía hacia la oscuridad. Seraphina encendió una lámpara de aceite que colgaba de un gancho en la entrada y me la tendió.
—Ve delante. Yo cierro la puerta.
Avancé por el túnel con la lámpara en alto. Las paredes estaban cubiertas de telarañas y de un musgo negro que brillaba débilmente al contacto con la luz. El suelo era irregular, lleno de piedras sueltas y charcos de agua estancada.
—¿Cuánto falta? —pregunté.
—Poco. El túnel conecta con la cámara privada a través de un panel en la pared. Mi madre me lo mostró hace años.
—¿Y si el panel está sellado?
—No lo está. Es un pasadizo de emergencia. Solo funciona desde fuera.
Seguimos avanzando. El túnel serpenteaba, subía y bajaba, y en un punto se dividió en dos ramales. Seraphina eligió el de la izquierda sin dudar.
—Aquí —dijo al fin, deteniéndose frente a una pared aparentemente sólida—. Busca la piedra marcada con una media luna.
Deslicé los dedos por la pared hasta encontrar la marca. Presioné, y un panel se deslizó hacia un lado, revelando la cámara privada del rey.
Estaba vacía.
—Rápido —dijo Seraphina, empujándome al interior—. No tenemos mucho tiempo.
La cámara estaba tal y como la recordaba: el escritorio de madera oscura, la estantería llena de libros, el mapa de Veldaris en la pared. Y junto a la estantería, el tapiz torcido que ocultaba el cofre de la reina.
—Ahí está —señalé.
Seraphina se acercó al tapiz y lo apartó. El cofre de hierro seguía empotrado en la pared, con su placa lisa y el símbolo del árbol Ashcroft.
—Hazlo —dijo.
Saqué el cuchillo que llevaba escondido en la bota. Me hice un corte pequeño en la palma de la mano, justo sobre la cicatriz en forma de árbol. La sangre brotó, oscura y caliente.
—¿Cuánta? —pregunté.
—No lo sé. Toda la que haga falta.
Apoyé la mano ensangrentada sobre la placa.
Durante un instante, no pasó nada. Luego, las runas del cofre brillaron con una luz carmesí intensa, mucho más brillante que la vez anterior. El calor me atravesó la mano, pero esta vez no era dolor. Era algo distinto. Una sensación de reconocimiento. Como si el cofre supiera quién era yo.
El sello se rompió con un chasquido.
—Se abre —murmuró Seraphina, con la voz llena de asombro—. Por todos los dioses, se abre.
La tapa del cofre se elevó lentamente, y una luz suave y verdosa se derramó del interior. Me aparté, dejando que Seraphina se acercara. Ella metió las manos en el cofre y sacó un fajo de pergaminos atados con una cinta de cuero.
—Los diarios de mi madre —dijo, con lágrimas en los ojos—. Después de tanto tiempo...
—No tenemos tiempo para llorar —dije, aunque mi voz sonó más suave de lo que pretendía—. Coge los diarios y vámonos.
Seraphina asintió y guardó los pergaminos en una bolsa de tela que llevaba bajo la capa. Cerró el cofre con cuidado, como si fuera una reliquia sagrada, y se giró hacia el pasadizo.
Entonces, la puerta principal de la cámara se abrió de golpe.
—Vaya, vaya —dijo una voz profunda—. ¿Qué tenemos aquí?
Un hombre corpulento entró en la cámara, flanqueado por dos guardias de armadura negra. Vestía una túnica gris con bordados plateados, y su rostro estaba surcado de cicatrices antiguas. En su mano derecha sostenía una vara de metal que brillaba con una luz rojiza.
Un tasador.
—La princesa Seraphina y su... ¿sirviente? —El tasador sonrió con malicia—. Su alteza, ¿qué hacéis en la cámara privada de vuestro padre sin su permiso?
—Podría preguntarte lo mismo —respondió Seraphina, con una frialdad que envidiaría un témpano—. Este es un ala privada. Los tasadores no tienen autoridad aquí.
—Cierto. Pero los guardias reales sí. Y ellos me acompañan. —El tasador dio un paso al frente—. He recibido informes de un ladrón en los pasillos. Un ladrón con uniforme de sirviente. ¿Casualidad, quizás?
—No sé de qué hablas.
—Claro que no. Pero vuestro acompañante... —El tasador me miró, y su sonrisa se ensanchó—. Él sí que lo sabe.
Los guardias avanzaron hacia nosotros. No había tiempo para pensar. Solo para actuar.
Agarré a Seraphina del brazo y la empujé hacia el pasadizo. Ella gritó algo, pero no la oí. Los guardias cargaron contra mí, y yo me lancé hacia ellos, derribando una silla y usando la confusión para ganar unos segundos.
—¡Cierra el panel! —grité a Seraphina—. ¡Vete!
—¡No sin ti!
—¡Vete!
Seraphina dudó un instante. Luego, con una maldición, desapareció en el pasadizo. El panel se cerró tras ella con un chasquido.
Me quedé solo, rodeado de guardias y de un tasador que me miraba con una sonrisa de depredador.
—Bueno, muchacho —dijo—. Parece que tu princesa te ha abandonado.
—No me ha abandonado —respondí, apretando los puños—. Me está salvando.
—Eso es lo que crees.
El tasador alzó su vara. Una luz rojiza brotó de la punta y me golpeó en el pecho.
Y el mundo se volvió oscuridad.