CAPÍTULO 5 LOS DIARIOS DE LA REINA MUERTA
Pasaron tres días antes de que Seraphina volviera a contactar conmigo.
Tres días de espera tensa, de noches sin dormir, de visitas silenciosas a Tobin en el Reposo. Tres días en los que el libro robado fue analizado por Lady Vess y sus eruditos de la resistencia, y en los que cada hora que pasaba acercaba a mi hermano un poco más al ritual de la Estrella Caída.
La noticia llegó una tarde, mientras Silas y yo entrenábamos en el patio trasero de la curtiduría. Una niña harapienta se acercó a la verja y lanzó una piedra envuelta en un trozo de tela al interior. Silas la recogió con un gruñido y me la lanzó.
—Mensaje para ti.
Desdoblé la tela. Dentro había una nota escrita con letra apresurada:
El búho caza a medianoche. Trae a tu sombra. — S
—¿Y bien? —preguntó Silas.
—Nos convocan. Esta noche.
—¿Dónde?
—En el edificio en ruinas. La princesa quiere vernos.
—Pues iremos. Pero antes, come algo. Pareces un cadáver andante.
—No tengo hambre.
—Me da igual. Come.
Comí. No recuerdo qué.
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Llegamos al edificio en ruinas cuando las campanas del Bastión daban la medianoche.
Seraphina nos esperaba en el interior, con una vela encendida y un fajo de pergaminos extendidos sobre la mesa improvisada.
Lady Vess no estaba presente; en su lugar, una mujer joven con el cabello recogido en un pañuelo blanco se afanaba en ordenar los documentos.
—Mara —dije, reconociéndola.
Se giró hacia mí con una sonrisa cansada.
—Hola, Rylan. Me alegro de que sigas vivo.
—Gracias a ti, según parece. —Me acerqué y la abracé brevemente—. Seraphina me dijo que tú nos recomendaste.
—No podía quedarme de brazos cruzados mientras esos monstruos siguen robando niños. —Mara apartó la mirada—. Mi prima fue recolectada hace dos años. Tenía dieciocho. Ahora es una Cáscara.
—Lo siento.
—No lo sientas. Haz algo al respecto.
Seraphina carraspeó, impaciente.
—Podemos dejar las emociones para después. Tenemos que hablar de lo que encontramos en el libro.
Nos acercamos a la mesa. Los pergaminos estaban cubiertos de anotaciones, diagramas y flechas que señalaban distintas partes del ritual. Lady Vess había trabajado a conciencia.
—El ritual de la Estrella Caída es más complejo de lo que creíamos —comenzó Seraphina—. No basta con sacrificar a cien niños. El rey necesita un recipiente. Un cuerpo joven y sano donde transferir su conciencia.
—¿Un cuerpo? —pregunté.
—El suyo se está muriendo. Las magias robadas lo están consumiendo. Por eso necesita la inmortalidad: no quiere prolongar su vida, quiere cambiarla. Quiere un cuerpo nuevo.
—¿Y de dónde va a sacar ese cuerpo?
—De uno de los niños. El más fuerte. El más compatible. —Seraphina me miró a los ojos—. Hemos analizado los diagramas. El recipiente ideal es un niño con magia de Sangre latente.
—¿Magia de Sangre? —intervino Silas—. Eso es un mito. La última maga de Sangre fue la reina, y murió hace veinte años.
—Eso es lo que el rey quiere que todos crean. Pero la magia de Sangre no desapareció. Solo se ocultó. —Seraphina deslizó un pergamino hacia mí—. Mira esto.
Era una lista de nombres. Cien nombres, para ser exactos, escritos con una caligrafía meticulosa. Recorrí la lista con el corazón acelerado.
Y allí, en el puesto cuarenta y tres, estaba el nombre de mi hermano.
Tobin Cole — 9 años — Fuego latente (grado 2) — Posible receptor secundario.
—¿Receptor secundario? —pregunté, con la voz ronca.
—Significa que no es el primero en la lista, pero está entre los candidatos. Si el recipiente principal falla, usarán a Tobin como reserva.
—¿Quién es el principal?
Seraphina señaló el primer nombre de la lista.
Kaelen Virek — 10 años — Sangre latente (grado 5) — Receptor principal.
—¿Sangre latente? —Silas se inclinó sobre el pergamino, incrédulo—. ¿Existe de verdad un niño con magia de Sangre?
—Existe. Y el rey lo sabe. Por eso organizó el ritual de la Estrella Caída. No solo quiere la inmortalidad. Quiere robar la magia de Sangre del niño y usarla para transferir su alma.
—¿Dónde está el niño?
—Encerrado en las mazmorras del Bastión, junto con otros diez "candidatos". Los secuestraron hace semanas, haciéndolo pasar por inspecciones rutinarias de los tasadores. Sus familias creen que están en un internado.
Sentí una oleada de furia que me nubló la vista. No solo era Tobin. Eran cien niños, cien familias, cien vidas rotas.
—Tenemos que sacar a esos niños de las mazmorras —dije.
—No podemos. Al menos, no todavía. —Seraphina negó con la cabeza—. El Bastión está sellado. Desde que robaste el libro, mi padre ha triplicado la guardia. No entra ni sale nadie sin autorización real.
—Entonces, ¿qué propones?
—Atacar el ritual. Si destruimos la fuente de poder del rey, los sacrificios serán inútiles. El ritual se alimenta de la energía de las esferas robadas. Si las liberamos, el rey no tendrá combustible.
—¿Y cómo liberamos cientos de esferas custodiadas por Verdugos?
—Con esto. —Seraphina sacó un frasco de cristal de su capa. Dentro, un líquido verde brillante emitía una luz tenue y pulsante—. Es un compuesto de Raíces y Fuego. Si lo vertemos sobre las esferas, las desestabiliza. Las magias escapan y regresan a sus dueños originales.
—¿Y eso no convertiría a las Cáscaras en personas normales? —pregunté, con una chispa de esperanza.
—No lo sabemos. En teoría, si la magia regresa al cuerpo que la generó, el alma podría volver. Pero nunca se ha probado. —Seraphina me sostuvo la mirada—. Es un riesgo.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
—No solo tú. Todos los Cáscaras de Veldaris se verían afectados. Miles de personas. Algunas podrían despertar. Otras... quizás no.
—Pero Tobin...
—Tobin está en la lista de candidatos. Su magia ya fue extraída y almacenada en una esfera. Si liberamos esa esfera, su magia volverá a él. Y con suerte, su alma volverá con ella.
Era una esperanza frágil, basada en teorías y suposiciones. Pero era la primera esperanza real que tenía en tres años.
—¿Qué necesitáis de mí? —pregunté.
—Necesitamos un mapa de la cámara de las esferas. Está en el sótano del Bastión, en un ala que ni siquiera yo conozco. Los planos originales se perdieron hace siglos, pero hay una copia en el cofre de mi madre.
—¿El cofre que no se abre con tu sangre?
—Exacto. —Seraphina me miró fijamente—. Por eso necesitamos que vuelvas a intentarlo. Con tu sangre.
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Era una locura.
Volver al Bastión después de haber robado el libro del rey era un suicidio. La guardia estaba triplicada, los Verdugos patrullaban los pasillos, y cualquier error significaría una muerte lenta en las mazmorras.
Pero Tobin estaba en esa lista. Y si había una posibilidad, por remota que fuera, de liberar su magia y devolverle el alma, valía la pena arriesgarlo todo.
—Está bien —dije—. Volveré.
—No solo volverás —dijo Seraphina—. Esta vez, entrarás conmigo.
—¿Contigo?
—Soy la única que puede guiarte hasta la cámara sin que los Verdugos te maten. Y si me descubren, tendré una excusa: la heredera al trono tiene derecho a estar en cualquier parte del Bastión.
—¿Y yo? ¿Qué excusa tendré?
—La de mi sirviente personal. —Seraphina esbozó una sonrisa fría—. A partir de mañana, trabajarás para mí.
Silas soltó una carcajada amarga.
—El ladrón de los Bajos Fondos convertido en lacayo de la princesa. Eso sí que es un giro digno de un cuento.
—No es un cuento —respondió Seraphina—. Es la verdad. Si fallamos, no habrá final feliz para nadie.
—¿Cuándo entramos? —pregunté.
—Pasado mañana. Hay un baile menor en el ala oeste. Mi padre estará ocupado con sus eruditos, y los guardias estarán distraídos con los invitados. Aprovecharemos ese momento.
—¿Y el cofre? ¿Cómo llegamos a la cámara sin que nos vean?
—Hay un pasadizo. Los antiguos reyes lo usaban para escapar en caso de asedio. Conecta el ala oeste con la cámara privada. Solo unos pocos lo conocen.
—¿Tú lo conoces?
—Mi madre me lo mostró antes de morir. Tenía siete años, pero nunca lo olvidé. —Seraphina apartó la mirada—. Si lo hubiera olvidado, quizás ella seguiría viva.
—¿Qué pasó?
—No es asunto tuyo.
—Si voy a arriesgar mi vida por ti, lo es.
Seraphina guardó silencio durante un largo momento. Luego, con un suspiro, habló.
—Mi madre descubrió el plan del rey. El ritual de la Estrella Caída no es nuevo; lleva décadas perfeccionándolo. Ella intentó destruir los documentos. La descubrieron. Y mi padre la mató con su propia magia.
—¿Con magia de Sangre?
—Sí. Extrajo su magia y la usó para sellar el cofre. Por eso el cofre no se abre con sangre Ashcroft normal. Se abre con sangre de Sangre. La sangre que mi madre tenía. La sangre que tú podrías tener.
—Yo no tengo magia. Soy Inmune.
—La inmunidad es una forma de magia de Sangre, Rylan. Es el rechazo natural del cuerpo a la extracción. Y según Lady Vess, eso te convierte en el único ser vivo capaz de abrir el cofre.
Miré mi palma. La quemadura con forma de árbol seguía allí, pálida pero visible.
—¿Y si no funciona?
—Entonces estaremos muertos. Tú, yo, Tobin, y todos los demás.
—¿Eso es un discurso motivacional?
—Es la verdad. —Seraphina me sostuvo la mirada—. Así que más te vale que funcione.
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Dos días después, vestido con el uniforme de los sirvientes personales de la princesa Seraphina Ashcroft, crucé las puertas del Bastión por segunda vez.
Esta vez, no iba disfrazado de mozo de cuadra.
Iba como el acompañante oficial de la heredera al trono.
Y si algo salía mal, no saldría con vida.