CAPÍTULO 4 EL CORAZÓN DEL RITUAL
El dibujo era detallado, clínico, desprovisto de toda humanidad.
Mostraba el torso de un niño de unos nueve o diez años, con la piel abierta en un corte vertical que dejaba al descubierto las costillas, los pulmones y el corazón.
Había anotaciones en tinta roja alrededor del dibujo, escritas con una letra pequeña y precisa que reconocí como la de un erudito.
Corazón: receptor principal. Debe ser extraído en el momento exacto de la primera luna llena del solsticio de invierno. La sangre del donante debe fluir sin coagular durante al menos trece segundos antes de la transferencia. Si el corazón se detiene antes de tiempo, el alma no se libera.
Sentí náuseas. No por la imagen —había visto cosas peores en los Bajos Fondos—, sino por lo que representaba. Aquel dibujo era un manual. Una guía para sacrificar niños.
Y Tobin estaba destinado a ser uno de ellos.
Me obligué a respirar. A concentrarme. No había ido allí para horrorizarme, sino para robar. Recorrí el escritorio con la mirada, buscando los planos del ritual. El pergamino del dibujo era solo una pieza; el ritual completo debía constar de docenas de páginas.
La estantería era la siguiente opción. Me acerqué a ella y comencé a examinar los lomos de los libros.
Eran antiguos, algunos en lenguas que no reconocía, otros con títulos grabados en oro que apenas podía leer a la luz de las velas.
Tratado de la Sangre Vital. Principios de Extracción.
Anatomía de las Almas. El Ritual de la Estrella Caída.
Ahí estaba.
Saqué el libro con cuidado. Era grande y pesado, encuadernado en cuero negro, con las esquinas reforzadas en plata.
Al abrirlo, un olor a pergamino viejo y a algo más, algo vagamente dulzón, me golpeó la nariz.
Las páginas estaban llenas de diagramas, fórmulas y texto en una caligrafía diminuta y elegante.
No tenía tiempo para copiarlo todo. Seraphina me había dado papel, tinta y una pluma, pero aquel libro era enorme. Copiar todas las páginas me llevaría horas. Horas que no tenía.
Decidí robar el libro entero.
Lo cerré y lo escondí bajo la chaqueta del uniforme. Era voluminoso, pero mi complexión delgada disimulaba bultos mejor de lo que cabría esperar. Ajusté la tela para que el contorno no fuera demasiado evidente y me giré hacia la puerta.
Entonces lo vi.
En la pared, junto a la estantería, había un tapiz que no encajaba con el resto. Representaba una escena de caza, pero las figuras estaban ligeramente torcidas, como si el tapiz hubiera sido recolocado con prisa y sin cuidado. Me acerqué y lo aparté.
Detrás había una caja de hierro empotrada en la pared.
Era una caja fuerte, de metal oscuro grabado con runas de protección. No tenía cerradura visible, solo una placa lisa en el centro, marcada con el símbolo de la Casa Ashcroft: un árbol de raíces profundas y ramas que se extendían hacia el cielo.
El sello de sangre de Seraphina podía abrir la puerta de la cámara, pero aquello era distinto. La caja estaba protegida por una magia más antigua, más poderosa. Sentí su pulso en el aire, un zumbido grave que vibraba en mis dientes.
No debía tocarla. Mi misión era robar los planos, no abrir cajas fuertes. Pero algo me dijo que lo que había dentro era importante. Quizás más importante que el ritual.
Saqué el frasco de sangre y vertí una gota sobre la placa.
La caja no se abrió.
En su lugar, las runas brillaron con una luz carmesí intensa, y un calor insoportable me atravesó la mano. Me aparté de un salto, conteniendo un grito. La piel de mi palma estaba enrojecida, como si hubiera tocado una barra de hierro al rojo vivo.
La caja me había rechazado.
—Maldita sea —murmuré, sacudiendo la mano.
En ese momento, un sonido me heló la sangre.
Pasos. En el pasillo.
Apagué la vela del escritorio de un soplo y me deslicé hacia las sombras de la estantería. La puerta de la cámara seguía abierta, y a través de ella vi pasar una figura. Era un guardia, de armadura negra y casco con visera, que patrullaba el corredor con la lanza en ristre.
Aguanté la respiración. El guardia se detuvo frente a la puerta. La miró. Luego, con un gruñido, continuó su ronda.
Esperé hasta que sus pasos se desvanecieron. Luego, con el corazón martilleándome el pecho, salí de la cámara y me dirigí de vuelta por el corredor.
La misión no había salido como esperaba, pero tenía el libro. Con suerte, Seraphina y Lady Vess podrían descifrar lo suficiente para detener el ritual.
Bajé por la escalera de servicio y me mezclé de nuevo con los sirvientes del salón de los espejos. Nadie me miró. Nadie notó el bulto bajo mi chaqueta. El baile continuaba, ajeno a lo que acababa de suceder.
Cuando por fin salí por la puerta de servicio, el aire frío de la noche me golpeó el rostro como una bendición. Había sobrevivido.
Pero mientras me alejaba del Bastión, con el libro apretado contra el pecho, no podía quitarme la imagen del dibujo de la cabeza.
El corazón del niño.
El corazón de Tobin.
---
Me reuní con Seraphina y Lady Vess en el edificio en ruinas del mercado. Silas estaba allí, fumando una pipa corta y fingiendo indiferencia, pero su mirada me recorrió de arriba abajo en busca de heridas.
—¿Lo tienes? —preguntó Seraphina, sin preámbulos.
Saqué el libro de debajo de la chaqueta y lo dejé sobre una mesa improvisada. Lady Vess se abalanzó sobre él, pasando las páginas con una avidez que bordeaba la desesperación.
—Es el original —dijo, con la voz temblorosa—. El texto completo del ritual de la Estrella Caída. Por todos los dioses, muchacho, has traído el ejemplar del rey.
—No ha sido fácil —dije, frotándome la palma enrojecida—. Había una caja fuerte en la cámara. Intenté abrirla con la sangre de Seraphina y me rechazó.
—¿Una caja fuerte? —Seraphina frunció el ceño—. ¿Cómo era?
—De hierro. Con una placa lisa y el símbolo de tu casa.
—El cofre de mi madre.
La voz de Seraphina se quebró por primera vez desde que la conocía. Sus ojos de niebla brillaron con una emoción que no supe identificar.
—¿El cofre de tu madre? —preguntó Lady Vess, alzando la vista del libro—. ¿Está en la cámara del rey?
—Sí. Empotrado en la pared, detrás de un tapiz. Y no se abre con sangre Ashcroft.
—Porque no está sellado con sangre de la familia —dijo Lady Vess, con una sonrisa fría—. Está sellado con la magia de la reina. La magia de Sangre que poseía y que le fue arrebatada antes de morir.
—¿Y cómo se abre?
—Con magia de Sangre. Magia que ya no existe en Veldaris. —Lady Vess se giró hacia mí—. O eso creíamos.
—¿Qué quieres decir?
—Tú eres Inmune, muchacho. Tu cuerpo rechaza la extracción. Pero la inmunidad es una forma de magia de Sangre, aunque no lo parezca. Tu sangre tiene propiedades únicas.
—¿Estás sugiriendo que mi sangre puede abrir el cofre?
—Es posible. La reina creó ese cofre para guardar algo que el rey no debía encontrar. Si lo selló con magia de Sangre, quizás solo alguien con magia de Sangre en las venas pueda abrirlo.
—Yo no tengo magia. Soy Inmune.
—La inmunidad es magia, Rylan. Magia que se niega a ser robada. Y eso la hace más poderosa de lo que imaginas.
Me quedé en silencio, procesando lo que aquello significaba. Si mi sangre podía abrir el cofre de la reina, entonces quizás podía usarla para algo más. Para romper los sellos de las esferas de cristal. Para devolver las magias robadas. Para salvar a Tobin.
—Necesito volver al Bastión —dije.
—Ni hablar —respondió Silas de inmediato—. Ya has jugado bastante con fuego. El rey estará furioso cuando descubra que falta el libro.
—No lo descubrirá. Al menos, no de inmediato. La cámara estaba intacta, salvo por el libro.
—Lo descubrirá. Ese hombre sabe hasta cuántas motas de polvo hay en sus estanterías. —Silas se giró hacia Seraphina—. Tu alteza, si quieres derrocar a tu padre, necesitas más que robos nocturnos. Necesitas un ejército.
—Y lo tendremos. —Seraphina dio un paso al frente—. Pero antes, necesitamos saber qué guarda el cofre de mi madre. Si es lo que creo que es, cambiará el curso de la guerra.
—¿Qué crees que es?
—Los diarios de mi madre. Sus investigaciones sobre la Recolección. Quizás, incluso, la fórmula para revertir el proceso de las Cáscaras. —Seraphina me miró a los ojos—. La cura que tu hermano necesita.
Sentí que el mundo se detenía.
La cura.
Todo lo que había hecho, todo lo que estaba dispuesto a hacer, era por Tobin. Y ahora, la posibilidad de una cura estaba al alcance de la mano.
—¿Y si no es así? —pregunté, con la voz ronca.
—Entonces habremos arriesgado mucho para nada. —Seraphina no apartó la mirada—. Pero si hay una posibilidad, por pequeña que sea, de salvar a los Cáscaras... ¿No crees que vale la pena intentarlo?
La miré durante un largo momento. Luego, lentamente, asentí.
—Volveré al Bastión. Pero esta vez, necesitaré más que un uniforme de sirviente. Necesitaré un plan mejor.
—Lo tendremos —dijo Lady Vess, cerrando el libro con un golpe seco—. Pero primero, estudiemos lo que has traído. El ritual de la Estrella Caída tiene puntos débiles. Y si encontramos uno, tendremos un arma.
—¿Qué clase de arma?
—La clase que puede matar a un rey.
---
Esa noche, de vuelta en la casa de Silas, me senté junto a la ventana a mirar el Bastión.
La fortaleza brillaba en la distancia, iluminada por cien antorchas, como un faro de poder y crueldad.
En sus mazmorras, los eruditos del rey trabajaban sin descanso para perfeccionar el ritual que sacrificaría a cien niños.
En sus salones, los nobles bailaban y bebían, ajenos al horror que se gestaba bajo sus pies.
Y en alguna parte, la princesa heredera de Veldaris conspiraba para derrocar a su padre, utilizando a un ladrón de los Bajos Fondos como peón.
¿O quizás no era yo el peón?
Quizás, por primera vez en mi vida, era el jugador.
Me miré la palma de la mano. La quemadura de la caja fuerte estaba sanando lentamente, dejando una marca pálida con forma de árbol. El árbol de los Ashcroft.
—Pronto, Tobin —murmuré—. Pronto.
Y el Bastión, allá a lo lejos, pareció devolverme la mirada.