CAPÍTULO 3 EL BAILE DE MÁSCARAS
Dos semanas después, estaba de pie frente al espejo de la habitación de Silas, vestido con el uniforme de los sirvientes del Bastión, sintiéndome como un cordero disfrazado de lobo.
El uniforme era de lana gris con ribetes plateados, incómodo y áspero contra la piel, y olía a lejía y a sudor ajeno.
Los documentos falsos que Seraphina me había proporcionado me identificaban como "Kellen Marsh", un mozo de cuadra recién contratado procedente del Puerto de Sal.
Mi historia era simple: huérfano, sin familia, con deudas que pagar. Nadie preguntaría más.
—Déjame ver —dijo Silas desde la puerta, con su petaca en la mano y el ceño fruncido.
Me giré hacia él. El traje no me sentaba mal, pero tampoco me hacía invisible. Era un uniforme de criado, no una capa de sombras.
—Pareces un sirviente —dijo Silas—. Uno que ha robado el uniforme, tal vez, pero un sirviente al fin.
—Ese es el plan.
—El plan es una locura. ¿Lo sabes, verdad?
—Lo sé.
—Y aun así vas a hacerlo.
—Voy a hacerlo.
Silas dio un trago largo a su petaca. Sus ojos, inyectados en sangre por el alcohol y el insomnio, me estudiaron con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Tu madre estaría orgullosa. Y aterrorizada. —Se guardó la petaca en el abrigo—. Recuerda el protocolo. Si algo sale mal, no intentes luchar. Escapa. Usa los túneles de servicio. Los Verdugos no entrarán en los pasillos estrechos por miedo a dañar a los nobles.
—¿Y si me acorralan?
—Entonces, muere rápido. No les des el placer de torturarte.
—Eres un gran apoyo, Silas.
—Soy realista. —Me dio una palmada en el hombro—. Vamos. La princesa nos espera.
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Seraphina nos había citado en un callejón detrás del mercado de los susurros, a dos horas del anochecer. Vestía una capa gris que la hacía parecer una sombra más entre las sombras, y cuando nos vio llegar, se apartó del muro con un movimiento fluido.
—Llegáis tarde —dijo.
—El muchacho quería peinarse —respondió Silas.
—No te he preguntado a ti.
—Igual te respondo. No me gusta que me den órdenes, alteza.
—Silas —interviene—. Déjalo.
Seraphina me lanzó una bolsa de tela. Dentro, un frasco pequeño de cristal lleno de un líquido oscuro y espeso.
—Mi sangre —dijo—. Suficiente para abrir el sello. Pero no la malgastes. Solo tendrás una oportunidad.
—Entendido.
—La entrada de servicio está en el ala sur. Es la misma que usan los proveedores. Los guardias te dejarán pasar si muestras los documentos y pronuncias el nombre del mayordomo: Lester Venn.
—¿Lester Venn? ¿Y si me pregunta algo?
—Dile que vienes de parte de Mara. Ella te ha recomendado.
—¿Mara? —Sentí un escalofrío—. ¿Mara está involucrada en esto?
—Tu amiga lleva años pasándonos información. Fue ella quien nos habló de ti. —Seraphina me sostuvo la mirada—. Confía en ella. Confía en mí.
—No confío en nadie.
—Bien. Así vivirás más.
Se separó de nosotros y desapareció en el callejón, dejándonos solos con la misión a cuestas.
Silas me dio una última palmada en la espalda.
—Nos vemos al amanecer, muchacho. Si no vuelves, beberé a tu salud.
—No pienso morir esta noche.
—Eso decían todos los muertos.
Me encaminé hacia el Bastión solo. La calle principal estaba adornada con guirnaldas de flores negras y faroles de papel rojo, los colores del Festival de la Recolección.
Los plebeyos no participaban en la celebración; solo miraban desde las esquinas, con los rostros vacíos, mientras los carruajes de los nobles cruzaban hacia las puertas del castillo.
El Baile de Máscaras era el evento social más importante del año.
Todos los nobles de Veldaris asistían, disfrazados de animales, de dioses antiguos, de criaturas mitológicas.
Era la única noche en que los pasillos del Bastión se llenaban de gente ajena a la corte.
La única noche en que un ladrón de los Bajos Fondos podía pasar desapercibido entre la multitud.
Llegué a la puerta de servicio del ala sur y mostré mis documentos. El guardia, un hombre corpulento con una cicatriz en el cuello, los examinó con desconfianza.
—¿Kellen Marsh? —gruñó.
—Sí, señor. Recién contratado.
—¿Quién te envía?
—Mara. De la cocina.
—¿Mara? —El guardia me miró de arriba abajo—. Esa chica mete las narices donde no debe. Pero es buena gente. Pasa. El mayordomo Lester te dirá qué hacer.
—Gracias.
Crucé la puerta y me adentré en el Bastión.
El interior era tan opulento como los rumores decían: suelos de mármol pulido, paredes cubiertas de tapices que representaban escenas de caza y batallas, candelabros de cristal que brillaban con la luz de cien velas.
Los sirvientes corrían de un lado a otro con bandejas de comida y jarras de vino, y los guardias patrullaban los pasillos con expresión aburrida.
Me sumé al flujo de sirvientes, manteniendo la cabeza baja y los hombros encogidos. Había aprendido a moverme entre multitudes sin llamar la atención, y durante la primera hora, funcionó. Nadie me preguntó nada. Nadie me miró dos veces.
Hasta que una mano me agarró del brazo.
—¡Tú! ¡El nuevo!
Me giré y me encontré con un hombre alto y delgado, de cabello gris y nariz afilada. Vestía un uniforme negro con botones plateados, y su expresión era la de alguien acostumbrado a que le obedecieran.
—¿Kellen Marsh? —preguntó.
—Sí, señor.
—Soy Lester Venn, el mayordomo. Te han asignado al ala norte. Necesitan refuerzos en el salón de los espejos. —Señaló hacia un pasillo lateral—. Es por allí. Date prisa. Y no toques nada.
—Sí, señor.
El ala norte. Justo donde necesitaba ir.
Mi suerte estaba mejorando.
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El salón de los espejos era una sala inmensa, con las paredes cubiertas de espejos de cuerpo entero que multiplicaban las imágenes de los invitados hasta el infinito.
Los nobles bailaban en el centro, ataviados con máscaras doradas y plateadas, vestidos de seda y terciopelo que costaban más de lo que un plebeyo ganaría en diez vidas.
La música resonaba en el aire, y el vino corría a raudales.
Yo no estaba allí para bailar.
Me deslicé entre los sirvientes, fingiendo que buscaba una bandeja que llevar.
Mientras tanto, mis ojos recorrían la sala en busca de salidas, pasillos, cualquier ruta que condujera a la cámara privada del rey.
Seraphina me había dado un croquis del Bastión, pero los planos no hacían justicia a la realidad del laberinto.
Encontré la escalera de servicio al fondo del pasillo, oculta tras una cortina de terciopelo rojo. Subí dos pisos, siguiendo el croquis, y salí a un corredor silencioso, alfombrado de azul, donde los retratos de los Ashcroft colgaban de las paredes como testigos mudos.
La cámara privada del rey era la cuarta puerta a la derecha.
Me detuve frente a ella. La puerta era de madera oscura, reforzada con hierro y grabada con runas antiguas que brillaban débilmente a la luz de las velas. No había guardias visibles, lo que me sorprendió. Quizás el rey confiaba demasiado en sus sellos.
Saqué el frasco de sangre de Seraphina y lo abrí con cuidado. El líquido oscuro brillaba con un tono carmesí, y desprendía un olor metálico que se me pegó a la nariz.
Apoyé la mano en la puerta. Las runas brillaron con más intensidad, y un calor punzante me recorrió el brazo. Vertí una gota de sangre sobre la madera.
El sello se abrió con un chasquido.
La puerta se deslizó hacia un lado, revelando la cámara privada del rey.
Era una habitación pequeña y austera, muy distinta al resto del Bastión. No había opulencia aquí: solo un escritorio de madera oscura, una silla, y una estantería llena de pergaminos y libros encuadernados en cuero. En la pared, un mapa de Veldaris marcado con puntos rojos y negros.
Entré y cerré la puerta tras de mí.
El plan era simple: encontrar los planos del ritual de la Estrella Caída, copiarlos y salir sin que nadie lo notara. Pero en cuanto mis ojos se posaron sobre el escritorio, supe que algo no encajaba.
Sobre la superficie de madera, ordenados con una pulcritud obsesiva, había diez frascos de cristal. Cada uno contenía un líquido de un color distinto. Y junto a los frascos, un pergamino desenrollado mostraba un dibujo anatómico de un niño.
Un niño con el pecho abierto.
Y en el centro del dibujo, marcado con un círculo rojo, estaba el corazón.