CAPÍTULO 2 EL GREMIO DE LOS OLVIDADOS #3
—Levántate. Sígueme. No mires atrás.
Obedecí. Me puse en pie, dejé la manzana a medio comer sobre el taburete y seguí a la figura con capucha que se deslizaba entre la multitud. Seraphina caminaba con una fluidez que le permitía moverse entre la gente sin que nadie la notara, como una sombra que se desplazara de pared en pared.
Me condujo por callejones estrechos, a través de patios abandonados, hasta un edificio en ruinas en el extremo norte del mercado. Dentro, en una habitación iluminada por una única vela, Lady Vess me esperaba.
La conocía de los rumores. Hermana de la reina muerta, tía de Seraphina, la noble que se atrevía a criticar la Recolección en público.
Era una mujer alta, de rostro severo y cabello plateado recogido en un moño estricto.
Sus ojos, de un azul intenso, me estudiaron como si estuviera tasando un caballo.
—Así que este es el famoso Rylan Cole —dijo, con una voz que no invitaba al cariño—. No pareces gran cosa.
—Tampoco lo soy.
—Bien. La modestia es una virtud escasa en los Bajos Fondos. —Se giró hacia Seraphina—. ¿Le has contado los detalles?
—Solo lo esencial. El ritual de la Estrella Caída. La infiltración en el Bastión. La cámara secreta.
—Entonces es hora de contarle el resto. —Lady Vess se sentó en una silla de madera carcomida—. Siéntate, muchacho. Esto te va a llevar un rato.
Me senté en el suelo, porque no había otra silla. Seraphina permaneció de pie, junto a la puerta, vigilando la entrada.
—El rey no solo está enfermo —comenzó Lady Vess—. Está muriendo. Cada magia que roba le da poder, pero también le acelera el envejecimiento. Calculamos que le quedan menos de dos años de vida.
—Menos de dos años —repetí—. ¿Y por eso quiere la inmortalidad?
—Exacto. El ritual de la Estrella Caída no es un invento reciente.
Es una técnica prohibida de la antigua magia de Sangre, recuperada por los eruditos del rey hace una década.
Requiere el sacrificio de cien almas jóvenes, preferiblemente niños, para transferir su vitalidad al receptor.
Si el rey lo completa, ya no necesitará robar magia para sobrevivir. Será inmortal.
—Y Tobin está en la lista.
—No solo Tobin. Todos los niños de los Bajos Fondos con magia latente están en la lista. Los tasadores llevan meses identificándolos en secreto.
Sentí una oleada de furia que me nubló la vista. Cien niños. Mi hermano entre ellos. Y el rey, sentado en su trono de mentiras, planeando asesinarlos a todos.
—¿Qué necesitáis de mí? —pregunté, con la voz ronca.
—Necesitamos los planos del ritual —respondió Lady Vess—. Están en la cámara privada del rey, en el ala norte del Bastión. Solo el rey y sus eruditos de confianza tienen acceso.
—¿Y cómo entro yo?
—Hay un baile de máscaras dentro de dos semanas.
Se celebra cada año en honor a la Recolección.
Los nobles asisten disfrazados, y la seguridad se relaja lo justo para que los sirvientes puedan moverse con libertad.
—Lady Vess se inclinó hacia adelante—. Tú entrarás como sirviente.
Seraphina te conseguirá un uniforme y documentos falsos.
Una vez dentro, tendrás una ventana de cuatro horas para llegar al ala norte, abrir la cámara y copiar los planos.
—¿Abrir la cámara? ¿No está sellada con magia?
—Lo está. Con un sello de Sangre que solo reconoce a los de sangre Ashcroft. —Lady Vess esbozó una sonrisa fría—. Por suerte para ti, Seraphina es una Ashcroft. Y está de nuestro lado.
—¿Y por qué no entra ella misma a robar los planos?
—Porque el sello reconoce su sangre, pero también la delata. Si entra, su padre sabrá que ha sido ella. Pero si entras tú, con un frasco de su sangre, el sello se abrirá y no dejará rastro.
—¿Y si algo sale mal?
—Si algo sale mal, no saldrás del Bastión con vida. Los Verdugos no hacen preguntas.
La gravedad de la situación me golpeó como una ola de agua helada. Era un plan suicida. Las probabilidades de éxito eran mínimas, y las de morir en el intento, abrumadoras.
Pero Tobin me esperaba en El Reposo, congelado en su cuerpo de Cáscara, aferrándose a la última chispa de esperanza que le quedaba.
—Lo haré —dije—. Pero tengo condiciones.
—¿Cuáles? —preguntó Seraphina desde la puerta.
—Primero: Silas viene conmigo. No lo haré sin él.
—Silas es un riesgo.
—Silas es mi familia. O viene él o no hay trato.
Seraphina y Lady Vess intercambiaron una mirada. Finalmente, la noble asintió.
—Está bien. ¿Qué más?
—Segundo: quiero ver a Tobin protegido. Si me pasa algo durante la misión, quiero que alguien lo cuide. Silas no podrá.
—Nosotras nos encargaremos. Tengo contactos que pueden sacarlo del Reposo y esconderlo en el Bosque de los Susurros.
—Tercero... —dudé—. Quiero saber por qué. Por qué la princesa heredera de Veldaris quiere derrocar a su padre.
Seraphina se apartó de la puerta y caminó hacia mí. A la luz de la vela, su rostro parecía tallado en mármol.
—Porque mató a mi madre —dijo, con una frialdad que helaba la sangre—. Y porque yo fui la siguiente en su lista.
La vela parpadeó.
El trato estaba sellado.
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