Cenizas de Poder CAPÍTULO 2 EL GREMIO DE LOS OLVIDADOS #2
18%

CAPÍTULO 2 EL GREMIO DE LOS OLVIDADOS #2

Salimos de la bodega y subimos por una escalera de caracol hasta el tejado de la curtiduría. La vista desde allí era la de siempre: tejados grises, callejones oscuros, la mole del Bastión recortada contra el cielo como un recordatorio constante de quién mandaba en Veldaris.

—¿Qué pasa? —preguntó Silas, sacando su petaca.

—He conocido a la princesa.

Silas se atragantó con el primer trago.

—¿Qué?

—Seraphina Ashcroft. Me estaba esperando en tu casa cuando desperté.

—Le conté la conversación entera, sin omitir detalle: la vigilancia de tres años, la inmunidad descubierta, la propuesta de infiltrarnos en el Bastión, la amenaza sobre Tobin.

Silas me escuchó en silencio, con el ceño fruncido y la petaca olvidada en la mano.

Cuando terminé, guardó silencio durante un largo momento.

—¿Y tú te lo crees? —preguntó al fin.

—¿A qué te refieres?

—A todo. La princesa, la guerra inminente, el ritual de la Estrella Caída. Podría ser una trampa.

—¿Trampa de quién?

—Del rey. De los tasadores. De cualquier noble que quiera cazar Inmunes. —Silas bebió otro trago—. Piensa, muchacho. Si el rey supiera que eres Inmune, no enviaría a su hija a reclutarte. Enviaría a diez Verdugos a destriparte en plena calle.

—Entonces, ¿crees que la princesa no es real?

—No he dicho eso. Solo digo que no puedes confiar en una Ashcroft. Esa familia lleva siglos robando magia y asesinando plebeyos. Que una de ellas diga que quiere derrocar a su padre no la convierte en aliada. La convierte en una Ashcroft con una agenda propia.

—Tú fuiste soldado del rey. Sabes cómo funciona el Bastión por dentro. Dime si lo que me contó tiene sentido.

Silas vaciló. Conocía esa expresión: estaba eligiendo cuánto revelar.

—El rey está enfermo —dijo al fin—. Eso es cierto.

Hace años que no aparece en público. Y hay rumores, siempre los hay, sobre rituales de Sangre en las mazmorras.

Experimentos con Cáscaras. Magia prohibida.

—Se pasó la lengua por los labios—. Pero de ahí a que exista un ritual llamado Estrella Caída, hay un abismo.

—¿Y si fuera cierto? ¿Y si cien niños van a ser recolectados en seis meses?

—Entonces Tobin está en peligro.

—Exacto.

Silas me miró a los ojos, y por un instante, vi algo distinto en su mirada. No era cinismo. Era miedo.

—Si te metes en esto, muchacho, no habrá vuelta atrás.

El Bastión no es un mercado al que puedas entrar y salir.

Es una fortaleza. Los Verdugos patrullan cada pasillo.

Los tasadores tienen sensores de magia que detectan a cualquier Inmune que se acerque demasiado.

Y la princesa, aunque sea sincera, no podrá protegerte si te descubren.

—No necesito que me proteja. Solo necesito una oportunidad.

—¿Y tu hermano? ¿Quién cuidará de Tobin mientras estés dentro?

—Tú.

Silas cerró los ojos. Luego, lentamente, asintió.

—De acuerdo. Pero con condiciones. Primero: la princesa no pondrá un pie en la bodega. Segundo: si la cosa se pone fea, salimos corriendo, sin héroes ni sacrificios. Y tercero: si intentas hacer algo estúpido, te daré una paliza que no olvidarás.

—Trato hecho.

—Bien. —Silas me tendió su petaca—. Bebe. Vas a necesitarlo.

Bebí.

---

Esa noche, antes del amanecer, fui a ver a Tobin.

El centro de Cáscaras estaba en el límite de los Bajos Fondos, un edificio de piedra gris con ventanas enrejadas y un patio interior donde los internos pasaban las horas en un silencio absoluto. Lo llamaban "El Reposo", un eufemismo cruel para un lugar que no ofrecía descanso, sino olvido.

Tobin estaba en el ala este, en una habitación compartida con otros doce niños. Me dejaron entrar sin preguntas, porque Silas había sobornado a los guardias años atrás y pagábamos cada mes para que no nos pusieran trabas.

Mi hermano estaba sentado en su cama, con la espalda contra la pared y la mirada fija en la ventana. Vestía un camisón gris sin forma, y su cabello, antes castaño y rebelde, ahora le caía lacio sobre la frente. Tenía nueve años, pero parecía un anciano.

—Tobin —dije, sentándome a su lado.

No respondió.

—Soy yo. Rylan.

Tobin parpadeó. Fue un movimiento lento, vacilante, como si sus párpados pesaran toneladas. Sus labios se movieron, pero ningún sonido salió de ellos.

—Estoy aquí —continué, cogiéndole la mano. Estaba fría—. Y no voy a abandonarte. ¿Me oyes?

Otro parpadeo. Un dedo se movió, apenas un milímetro, presionando mi palma.

Era su forma de decirme que me oía. Que una parte de él seguía allí, atrapada en el vacío de la Cáscara, luchando por salir.

—Voy a encontrar una cura —prometí—. Voy a devolverte lo que te quitaron. Solo aguanta un poco más.

El dedo volvió a moverse. Una lágrima rodó por la mejilla de Tobin, la primera que le veía desde la Recolección.

No eran lágrimas de tristeza.

Eran lágrimas de esperanza.

Y eso, maldita sea, me dolió más que cualquier herida.

---

Al día siguiente, al atardecer, fui al mercado de los susurros.

El mercado era un hervidero de puestos de frutas, telas, especias y baratijas que se extendía a lo largo de una plaza irregular en el corazón de los Bajos Fondos.

Los vendedores pregonaban sus productos con voces roncas, y los compradores regateaban con gestos exagerados.

El aire olía a fruta madura, a pescado frito y a cuero curtido.

Encontré el carro de frutas con toldo azul al final de la plaza. La vendedora era una mujer mayor, encorvada y de aspecto inofensivo, que me miró con una sonrisa desdentada cuando me acerqué.

—¿Buscas algo, muchacho? —preguntó.

—Busco a alguien.

—¿A quién?

—A una amiga. Me dijo que la esperara aquí.

—Pues espera. —La mujer señaló un taburete junto al carro—. Y si quieres, come una manzana. Están dulces esta temporada.

Tomé una manzana y me senté. Esperé durante lo que me pareció una eternidad, observando a la multitud ir y venir. El sol se puso lentamente, tiñendo la plaza de tonos anaranjados y púrpuras. Y justo cuando empezaba a pensar que Seraphina no vendría, una voz susurró a mi oído: