Cenizas de Poder CAPÍTULO 2 EL GREMIO DE LOS OLVIDADOS
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CAPÍTULO 2 EL GREMIO DE LOS OLVIDADOS

Me desperté con el sabor de la ceniza en la boca y la certeza de que alguien me observaba.

La casa de Silas era una ruina de dos plantas en el corazón de los Bajos Fondos, un lugar que olía a humedad, a alcohol rancio y a los secretos que su dueño guardaba en cajas de madera apiladas contra las paredes.

Yo dormía en el piso superior, en un catre de lona que gemía con cada movimiento.

A mi lado, sobre una mesa coja, descansaba el cuchillo que Silas me había lanzado la noche anterior.

Me incorporé lentamente, con la mano deslizándose hacia el arma sin hacer ruido.

La ventana del cuarto estaba abierta, y a través de ella entraba la luz grisácea del amanecer.

Alguien había estado allí. Podía sentirlo en el aire, en el polvo que flotaba en haces de luz, en el olor tenue a flores silvestres que no pertenecía a aquel lugar.

—Si vas a matarme, hazlo ya —dije en voz baja—. Estoy cansado de esperar.

Una risa suave resonó desde la esquina más oscura de la habitación.

—Si quisiera matarte, ya estarías muerto.

Me giré con el cuchillo en la mano, pero no había nadie. La voz parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez.

—¿Quién eres? —pregunté—. ¿Cómo sabes mi nombre?

—Sé muchas cosas, Rylan Cole. Soy la sombra que te observa desde hace tres años. La que te vio esconder a tu hermano la noche del primer ritual. La que te vio llorar a solas cuando creíste que nadie te escuchaba. La que te vio entrenar con Silas Vane hasta que las manos te sangraban.

Sentí un escalofrío recorrer mi columna. Tres años. Alguien me había estado vigilando durante tres años y yo no lo había notado.

—Muéstrate —exigí, apretando el cuchillo.

—Como quieras.

La penumbra de la esquina se arremolinó como humo.

Las sombras se condensaron, tomaron forma, y de ellas emergió la chica de capucha.

Vista de cerca, era más joven de lo que había imaginado: apenas mayor que yo, con un rostro anguloso y pálido, labios finos y unos ojos de un gris tan claro que parecían de niebla.

El cabello oscuro asomaba bajo la capucha, recogido en una trenza apretada.

—¿Satisfecho? —preguntó con una media sonrisa.

—No. ¿Quién eres?

—Me llamo Seraphina. Pero supongo que eso no te dice mucho.

—No. Sigue hablando.

—Tienes modales de ladrón.

—Soy un ladrón.

—Lo sé. Por eso estoy aquí.

La chica —Seraphina— se sentó en el borde de mi catre como si estuviera en su propia casa. No llevaba armas visibles, pero su postura era la de alguien que no las necesita: relajada, segura, con los músculos listos para saltar en cualquier momento.

—Anoche estuviste en el centro de recolección —dijo, sin rodeos—. Te vi escondido tras la cortina del pasillo sur. Tu amigo Silas no me vio a mí, pero tú sí. Eso es interesante.

—¿Por qué?

—Porque solo los Inmunes pueden ver a los Portadores de Sombra cuando no queremos ser vistos.

La palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Inmunes.

Ella sabía.

—No sé de qué hablas —intenté, pero mi voz sonó débil incluso para mí.

—Claro que sí. Lo sabes desde los doce años, cuando el tasador del distrito intentó evaluarte y la vara se volvió negra.

Huiste antes de que pudiera denunciarte.

Silas te escondió. Y desde entonces has vivido con miedo a que te descubran.

—Inclinó la cabeza, estudiándome con sus ojos de niebla—. ¿Voy bien hasta ahora?

—¿Quién te lo ha contado?

—Nadie. Lo he visto yo misma. Tres años de informes, de observación, de esperar el momento adecuado.

—¿Por qué? ¿Por qué me has vigilado?

—Porque eres valioso, Rylan Cole. Más valioso de lo que imaginas.

—Se puso en pie y se acercó a la ventana.

La luz del amanecer bañó su rostro, y por un instante, a pesar de todo, me pareció hermosa.

No de una forma suave o delicada, sino como una espada es hermosa: afilada, peligrosa, letal—.

Hay una guerra en ciernes. Una guerra que decidirá el futuro de Veldaris. Y necesitamos gente como tú.

—¿Gente como yo?

—Inmunes. Personas que el sistema no puede controlar. Personas que pueden luchar contra el rey sin miedo a que les roben la magia.

—Yo no tengo magia. Soy Inmune, pero no poseo nada que robar.

—Eso es lo que crees.

Me quedé en silencio. La chica se giró hacia mí, y en sus ojos grises brilló una chispa de algo que no supe identificar. ¿Esperanza? ¿Cálculo? ¿Desesperación?

—Déjame contarte una historia —dijo—. Hace veintiún años, nació una niña en el Bastión.

Era la hija del rey y de la reina, la heredera al trono.

Pero cuando la niña tenía tres años, su madre murió en circunstancias misteriosas.

Y la niña descubrió, años después, que su magia no era suya.

Era de su madre. Heredada. Algo que va contra todas las leyes del reino.

—Eres la princesa —dije, con el corazón acelerado—. Eres Seraphina Ashcroft.

—Lo soy.

—¿Y qué quiere la princesa de un ladrón de los Bajos Fondos?

—Quiero que me ayudes a derrocar a mi padre.

La frase flotó en el aire como una losa de plomo. Me quedé inmóvil, con el cuchillo aún en la mano, sin saber si reír o salir corriendo.

—Estás loca.

—Probablemente. —Sonrió—. Pero no por esto.

—¿Derrocar al rey? ¿Al hombre más poderoso de Veldaris? ¿Al mago que acumula más de doscientas magias robadas? ¿Y qué te hace pensar que yo podría ayudar?

—Tu inmunidad. —Dio un paso hacia mí—. Los Verdugos no pueden tocarte con sus magias. Los tasadores no pueden extraerte nada. Eres invisible para los sistemas de control del rey. Eres la persona perfecta para infiltrarse donde nadie más puede entrar.

—Ya me infiltro en sitios. Soy ladrón.

—No me refiero a robar pan. Me refiero a infiltrarte en el Bastión. En el corazón del poder. En la cámara donde mi padre guarda su secreto más oscuro.

—¿Qué secreto?

—El ritual de la Estrella Caída. Dentro de seis meses, mi padre planea recolectar la magia de cien niños a la vez. Cien. Usará sus almas para alimentar un ritual que le dará la inmortalidad. Y si lo consigue, no habrá ejército que pueda detenerlo.

La revelación me golpeó como una maza. Cien niños. Entre ellos, probablemente, Tobin.

—¿Por qué me necesitas a mí? —pregunté, con la voz ronca—. Tú eres la princesa. Tienes acceso al Bastión.

—Sí, pero no a la cámara secreta. Mi padre desconfía de mí desde que mi madre murió. Sabe que no apruebo la Recolección. Me vigila constantemente. —Hizo una pausa—. En cambio, tú... tú puedes ir donde yo no puedo. Puedes robar los planos del ritual. Puedes sabotear la ceremonia desde dentro.

—¿Y qué gano yo?

—La oportunidad de salvar a tu hermano.

Otra vez Tobin. Esta chica sabía demasiado.

—¿Cómo sabes lo de Tobin?

—Lo sé todo sobre ti, Rylan Cole. Tu madre murió de fiebre cuando tenías ocho años.

Tu padre desapareció en las Minas de Hierro Rojo.

Te criaste con Silas Vane, un exsoldado de élite caído en desgracia.

Tienes memoria fotográfica, reflejos excepcionales y un instinto de supervivencia que te ha mantenido vivo contra todo pronóstico.

—Inclinó la cabeza—. Y quieres a tu hermano más que a tu propia vida. Por eso sé que aceptarás.

—¿Y si me niego?

—Entonces Tobin será uno de los cien niños. Y tú vivirás el resto de tu vida sabiendo que pudiste evitarlo y no lo hiciste.

La odié en ese momento. La odié con una intensidad que me sorprendió. Porque sabía que tenía razón. Porque me había acorralado sin darme opción. Y porque, en el fondo, una parte de mí había estado esperando algo como esto.

Algo que le diera sentido a toda la rabia que llevaba acumulando desde los doce años.

—Necesito hablar con Silas —dije al fin.

—Silas Vane es un borracho y un traidor en potencia. No confío en él.

—Pues entonces no hay trato. Sin Silas, no hago nada.

Seraphina me sostuvo la mirada. Luego, con un suspiro, asintió.

—Está bien. Habla con él. Pero recuerda: si le cuentas quién soy, no volverás a verme. Y sin mí, tu hermano está muerto.

—¿Dónde nos vemos?

—En el mercado de los susurros. Mañana al atardecer. Busca el carro de frutas con toldo azul. —Se dirigió hacia la ventana—. Y Rylan...

—¿Qué?

—No confíes en nadie. Ni siquiera en mí.

Y con un movimiento de su capa, se desvaneció en la sombra. La ventana quedó abierta, y el olor a flores silvestres se disipó lentamente, reemplazado por el hedor a ceniza y a humedad de los Bajos Fondos.

Me quedé solo, con el cuchillo en la mano y la mente girando a mil revoluciones.

Acababa de conocer a la princesa heredera de Veldaris.

Y acababa de firmar mi sentencia de muerte.

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El Gremio de los Olvidados no era un gremio ni estaba formado por olvidados.

Era una red de ladrones, contrabandistas, falsificadores y exsoldados que operaban en los Bajos Fondos desde hacía décadas.

Su sede, si podía llamarse así, era una bodega subterránea bajo la antigua curtiduría, un espacio amplio y laberíntico donde los miembros se reunían para planear golpes, repartir ganancias y beber hasta el amanecer.

Allí fui a buscar a Silas.

Lo encontré en su rincón de siempre, sentado en un tonel de vino vacío, con una jarra en una mano y una baraja de cartas en la otra.

Frente a él, tres hombres de aspecto curtido jugaban una partida que parecía interminable.

El dinero se apilaba en el centro de la mesa, y el humo de las pipas espesaba el aire hasta hacerlo irrespirable.

—Muchacho —saludó Silas sin apartar la vista de sus cartas—. Tienes cara de haber visto a un fantasma.

—Algo así.

—Siéntate. Pierdo contigo al lado. Me das suerte.

—No. Tenemos que hablar. En privado.

—¿Privado? —Silas soltó una risa corta—. Mira a tu alrededor, chico. Aquí no hay privado. Aquí hay borrachos, tramposos y soplones. Elige a tu audiencia.

—Entonces, en el tejado. Ahora.

Silas dejó escapar un suspiro y apartó la jarra. Sus oponentes protestaron, pero él los silenció con un gesto de su mano manchada de grasa.

—Seguid sin mí. Volveré cuando el muchacho haya despotricado.