CAPÍTULO 1 LA NOCHE QUE SE LLEVARON EL ALMA DE MI HERMANO #2
Me acerqué a una de las estanterías, fascinado a pesar del horror. Las esferas vibraban ligeramente, como si estuvieran vivas. Como si las almas atrapadas en su interior intentaran escapar.
—¿Qué pasa si rompo una? —pregunté.
—No lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque la magia volvería a su dueño. Y el dueño está arriba, convertido en cáscara.
Me giré hacia Silas, con el corazón acelerado.
—¿Devuelves la magia y la cáscara recupera su alma?
—No lo sé. Nadie lo ha intentado. —Silas me sostuvo la mirada—. Pero si funcionara, los nobles perderían todo su poder. Por eso mantienen las esferas bajo llave. Por eso matan a cualquiera que intente robarlas.
—Entonces hay una cura.
—Quizás. O quizás no. Pero no podemos comprobarlo ahora. Tenemos que subir.
Subimos por una escalera de madera que conducía a la sala principal. Nos detuvimos en un rellano oscuro, ocultos tras una cortina de tela mohosa. Desde allí podíamos ver el interior del centro de recolección.
Era una sala grande y desnuda, con el suelo de piedra cubierto de un polvo gris que reconocí como ceniza del ritual.
En el centro, un círculo de runas estaba tallado en el suelo, y alrededor, dispuestos en gradas, los bancos para los espectadores nobles.
Arriba, en un balcón privado, los asientos del príncipe y su séquito.
Los diecisiete Marcados ya estaban dentro, formando una fila en el extremo opuesto de la sala.
Llevaban túnicas blancas sin adornos, y sus pies descalzos dejaban huellas en la ceniza.
Algunos lloraban. Otros permanecían inmóviles, con la mirada perdida.
Uno de ellos, una chica de cabello castaño y ojos verdes, me miraba directamente.
No. No me miraba a mí.
Miraba hacia mi escondite.
Contuve la respiración. La chica parpadeó y desvió la mirada. Una coincidencia. Tenía que ser una coincidencia.
—El príncipe —susurró Silas, señalando hacia el balcón.
Darian Ashcroft ocupaba el asiento central, con una copa de vino en la mano y una expresión aburrida en el rostro. A su lado, la misma figura con capucha de antes permanecía sentada, inmóvil como una estatua.
—¿Ves a la chica con capucha? —pregunté.
—¿Dónde?
—Junto al príncipe.
Silas entrecerró los ojos.
—No veo nada.
Iba a insistir, pero en ese momento, un tasador avanzó hacia el centro de la sala. Vestía una túnica gris con bordados plateados y sostenía una vara de metal que brillaba con luz propia.
—Ciudadanos de Veldaris —anunció, con una voz amplificada por la magia—. Hoy damos gracias al rey por su generosidad. La Recolección es un acto sagrado que garantiza la estabilidad del reino y la prosperidad de todos.
Mentiras. La Recolección no era sagrada. Era un robo a escala industrial, un sistema diseñado para mantener a los plebeyos sin poder y a los nobles con todo.
—Que pase el primer Marcado —ordenó el tasador.
Un joven de dieciocho años, delgado y pálido, dio un paso al frente. Temblaba de pies a cabeza, y sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Arrodíllate —dijo el tasador.
El joven obedeció. El tasador colocó la vara sobre su cabeza y comenzó a recitar en una lengua antigua que no entendía. Las runas del suelo se iluminaron, y una luz cegadora llenó la sala.
El joven gritó.
Fue un grito que atravesó la cortina, las paredes, el suelo. Un grito que se me clavó en el pecho como un cuchillo al rojo vivo. La luz se intensificó, y de la boca del joven brotó un torrente de luz roja que fue absorbido por la vara del tasador.
Y luego, el silencio.
El joven cayó al suelo, inmóvil. Sus ojos seguían abiertos, pero ya no había nada detrás de ellos. Solo vacío.
Una cáscara.
El tasador recogió la esfera de cristal que se había formado en la punta de su vara y la alzó hacia el balcón.
—Magia de Fuego. Grado tres. Destinada a la Casa de los Vesper.
Un noble aplaudió desde las gradas. Otros lo imitaron. El príncipe ni siquiera miró la esfera. Seguía bebiendo su vino, con la mirada perdida en algún punto del techo.
—Lo has visto —dijo Silas, con la voz tensa—. Ahora vámonos.
—Espera.
—No, muchacho. Ahora. Antes de que...
No terminó la frase. Porque en ese momento, la chica de capucha se puso en pie. Y me miró.
Directamente a mí.
A través de la cortina.
Y por primera vez en mi vida, sentí verdadero terror.
—¿Quién es esa? —susurré.
—¿Quién es quién, maldita sea?
—La chica del balcón. Me está mirando.
Silas se giró hacia el balcón, con los ojos entrecerrados.
—No veo a ninguna chica. Solo veo al príncipe, a un tasador, y a las esferas. ¿De qué diablos estás hablando?
La chica de capucha sonrió.
Y luego, desapareció.
—Se ha ido —dije, con un hilo de voz.
—¿Quién se ha ido? —Silas me agarró del brazo—. Muchacho, estás pálido como un cadáver. Vámonos de aquí. Ahora.
Me dejé arrastrar hacia la escalera, hacia el sótano, hacia las alcantarillas. Mientras corríamos por los túneles oscuros, con el eco de los gritos de los Marcados persiguiéndonos, no podía quitarme la imagen de la chica de la cabeza.
No de su sonrisa.
De sus ojos.
Porque la chica de capucha no me había mirado con amenaza.
Me había mirado con reconocimiento.
Como si me conociera de algo.
—
Esa noche, en el camastro de la casa de Silas, no pude dormir.
La ceniza seguía cayendo sobre los Bajos Fondos, y los gritos de los diecisiete Marcados resonaban en mi mente una y otra vez. Pero no eran sus gritos lo que me mantenía despierto.
Era la voz de la chica.
Porque justo antes de desaparecer, movió los labios. Y aunque no pude oírla, supe exactamente lo que dijo.
«Nos vemos pronto, Rylan Cole.»
Nunca le había dicho mi nombre a nadie.
Ella lo sabía