Cenizas de Poder CAPÍTULO 1 LA NOCHE QUE SE LLEVARON EL ALMA DE MI HERMANO
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Cenizas de Poder

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Por Sai Sai

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CAPÍTULO 1 LA NOCHE QUE SE LLEVARON EL ALMA DE MI HERMANO

La noche que le robaron la magia a mi hermano, llovía ceniza sobre los Bajos Fondos.

No era ceniza de un incendio. Era la ceniza del ritual.

Caía del Bastión como una nieve negra y grasienta que se metía entre las tejas, se acumulaba en los canalones y se mezclaba con el barro de las calles hasta formar una pasta oscura que olía a hierro quemado y a algo más, algo dulzón y repugnante que se quedaba en la garganta durante días.

Yo tenía diecinueve años y sabía que aquella noche iba a morir gente. Solo no sabía cuánta, ni quiénes, ni si yo estaría entre ellos.

Estaba escondido en el tejado de la antigua casa de los curtidores, a dos calles del centro de recolección, observando la procesión de los Marcados.

Eran diecisiete. Diecisiete jóvenes de entre dieciocho y veinte años, todos plebeyos, todos con el círculo blanco pintado en la frente.

Caminaban en fila por la calle principal, flanqueados por guardias con armaduras de cuero y lanzas de hierro rúnico.

No iban encadenados. No hacía falta. Los Marcados sabían que huir significaba la ejecución de toda su familia.

Tobin no estaba entre ellos. Aún no.

Mi hermano tenía nueve años. Le faltaban nueve más para ser evaluado, para que los tasadores del rey decidieran si su magia valía la pena.

Pero yo ya sabía que la tenía. La había visto.

Una noche, tres años atrás, cuando Tobin tenía seis, se despertó gritando por una pesadilla y, en su pánico, las velas de la habitación se encendieron solas.

Fuego. Mi hermano tenía magia de Fuego.

Lo supe antes de que él entendiera lo que significaba. Y desde aquel día, no he dormido una sola noche sin pensar en cómo evitar que se la roben.

—Muévete, muchacho.

La voz de Silas resonó detrás de mí, apenas un susurro ronco que se confundía con el rumor de la lluvia. Me giré lo justo para verlo trepar por el tejado con la agilidad de un hombre mucho más joven, a pesar de sus cuarenta y siete años y del hedor a alcohol que lo precedía como un heraldo.

—¿Cuántos? —pregunté.

—Veintidós guardias en el perímetro. Seis tasadores dentro del centro. Y un Verdugo. —Silas se acuclilló a mi lado, con la capucha calada hasta la nariz—. Esa cosa no es humana.

—Los Verdugos son humanos. Simplemente les arrancaron demasiado.

—Eso es lo que digo. No son humanos. No después de lo que les hacen.

No respondí. Ambos sabíamos lo que eran los Verdugos: cáscaras a las que les implantaban magia de Hierro y de Sangre, creando soldados sin voluntad, sin dolor, sin piedad. Obedecían al rey y solo al rey. Mataban sin dudar y morían sin gritar.

—¿La entrada trasera? —pregunté.

—Vigilada. Un guardia en la puerta y otro en el callejón.

—¿Podemos con ellos?

—Claro. Tú te encargas del primero y yo del segundo. Pero no nos serviría de nada entrar sin saber qué hay dentro.

—Por eso estamos aquí. —Señalé hacia el centro de recolección, un edificio bajo y ancho de piedra gris que había sido un granero antes de que el rey lo confiscara—. Quiero ver el protocolo.

—Ya lo has visto docenas de veces. Siempre es igual.

—Esta vez es diferente.

Silas guardó silencio. Sabía que tenía razón.

La Recolección anual era un espectáculo público, una advertencia para todos los plebeyos: mirad lo que os espera.

Pero la de esta noche era especial. Corrían rumores de que el príncipe heredero presidiría el ritual.

Y si el príncipe estaba allí, la seguridad sería el doble de estricta.

—¿Qué buscas exactamente? —preguntó Silas.

—Un fallo. Un momento de distracción. Cualquier cosa que podamos usar dentro de nueve años, cuando le toque a Tobin.

—Nueve años es mucho tiempo, chico.

—No pienso esperar tanto.

Silas no dijo nada. Se limitó a sacar una petaca del interior de su abrigo y beber un trago largo. El olor a licor de grano se mezcló con la lluvia y la ceniza, creando un cóctel nauseabundo que ya me resultaba familiar.

—Si tu plan es colarte ahora y robar la magia de tu hermano antes de la ceremonia —dijo al fin—, necesitarás más que un tejado y un cuchillo.

—Lo sé.

—Necesitarás un ejército.

—Lo sé.

—Y ese ejército no existe.

—Lo construiré.

Silas soltó una risa corta, sin humor.

—Eres igual que tu madre. Ella también creía que podía cambiar el mundo.

—Mi madre está muerta.

—Exacto.

Me mordí el labio para no responder. Silas había sido el único padre que conocí, pero a veces su cinismo me sacaba de quicio.

Siempre la misma cantinela: no puedes luchar contra el rey, no puedes evitar la Recolección, no puedes salvar a nadie.

Y sin embargo, allí estaba, empapado y borracho, trepando tejados conmigo en plena noche de ceniza.

—Mira —dijo de pronto, señalando hacia el centro de recolección.

La puerta principal se abrió. Una figura salió al exterior, escoltada por cuatro guardias de armadura negra.

Era alto, esbelto, con una capa azul marino que brillaba a la luz de las antorchas.

Llevaba el cabello oscuro recogido en una cola alta y caminaba con la arrogancia de quien sabe que todos lo están mirando.

—El príncipe heredero —murmuró Silas—. Darian Ashcroft.

—¿Estás seguro?

—He visto carteles con su cara. Es él.

Observé al príncipe con atención. No parecía mucho mayor que yo. Veintitrés, veinticuatro años tal vez. Su rostro era anguloso, con pómulos marcados y una mandíbula firme. Incluso desde la distancia, podía ver el brillo de sus ojos claros. Azules, quizás. Grises, tal vez.

—¿Qué hace aquí? —pregunté—. Se suponía que el rey presidía la Recolección.

—El rey está enfermo. Dicen que se muere.

—¿Y el príncipe lo sustituye?

—Eso parece.

—¿Quién es la chica?

Junto al príncipe, una figura más baja permanecía en la penumbra del umbral. Vestía una capa con capucha que ocultaba su rostro, pero su postura —erguida, tensa, como un animal listo para saltar— me llamó la atención.

—¿Qué chica? —Silas entrecerró los ojos—. Yo no veo ninguna chica.

—Ahí. Junto al príncipe. Con capucha.

Silas escudriñó la escena durante unos segundos.

—No veo nada. Solo al príncipe y a los guardias.

Abrí la boca para insistir, pero me detuve. La figura con capucha había desaparecido. Como si nunca hubiera estado allí.

—Maldita lluvia —gruñí—. Me está jugando malas pasadas.

—O quizás estás viendo fantasmas. No has dormido en tres días.

—No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, veo a Tobin con el círculo blanco en la frente.

Silas guardó silencio. Luego, con un suspiro, me tendió su petaca.

—Bebe.

—No quiero.

—No es una oferta. Es una orden.

Tomé la petaca y bebí un trago. El licor me quemó la garganta y me calentó el estómago, pero no me quitó la angustia. La angustia era una parte de mí desde hacía tres años, desde la noche en que Tobin encendió las velas y yo entendí lo que significaba.

—Necesito entrar en el centro de recolección —dije—. Esta noche.

—¿Para qué?

—Para ver el ritual. De cerca. Quiero saber cómo funciona.

—Ya sabes cómo funciona. Los tasadores ponen las manos en la cabeza del Marcado, recitan las palabras, y extraen la magia. El Marcado cae al suelo como una marioneta sin hilos, y la magia se almacena en una esfera de cristal. Fin.

—Quiero verlo con mis propios ojos.

—¿Por qué?

—Porque si voy a luchar contra eso, necesito entenderlo. Sentirlo. Olerlo.

Silas me miró durante un largo momento. Luego, con un gruñido, se puso en pie.

—Está bien. Hay una entrada por las alcantarillas. Los guardias no la vigilan porque creen que está tapiada. —Sacó un cuchillo de su cinturón y me lo lanzó. Lo atrapé al vuelo—. Pero como nos atrapen, muchacho, recuerda: yo no te conozco. Nunca te he visto.

—Entendido.

—Y si los Verdugos te arrastran al calabozo, no grites. No les des la satisfacción.

—Lo intentaré.

Silas asintió y comenzó a descender por el tejado, moviéndose entre las sombras como una exhalación.

Lo seguí, con el cuchillo apretado en la mano y el corazón golpeándome las costillas.

La ceniza seguía cayendo, mezclada con la lluvia, y en la calle principal, la procesión de los Marcados reanudaba su marcha hacia el centro de recolección.

Diecisiete jóvenes.

Diecisiete familias que nunca volverían a oír la risa de sus hijos.

Y dentro de nueve años, si no hacía nada, Tobin sería uno de ellos.

—

Las alcantarillas de los Bajos Fondos eran un laberinto de túneles húmedos y oscuros que apestaban a podredumbre y a secretos.

Silas se movía por ellas con la seguridad de quien conoce cada recodo, cada bifurcación, cada rata que anidaba en las paredes.

Yo lo seguía en silencio, con una antorcha apagada en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha.

No necesitábamos luz. Silas podía ver en la oscuridad como un gato, y yo me orientaba por el sonido de sus pasos.

—Esa entrada —dijo al fin, deteniéndose frente a una rejilla oxidada—. Conduce al sótano del centro. Antes era un almacén de grano. Ahora lo usan para guardar las esferas.

—¿Las esferas con las magias?

—Sí. Las extraen en la sala principal, arriba, y las bajan al sótano para catalogarlas. Mañana por la mañana las subastarán a los nobles.

—¿Podemos bajar una?

—No podemos robar nada, muchacho. Si falta una esfera, los tasadores lo notarán y cerrarán la ciudad. Habrá registros, interrogatorios, ejecuciones. No podemos arriesgarnos.

—Entonces, ¿qué hacemos aquí?

—Observar. Aprender. Y salir sin que nos vean.

Silas retiró la rejilla con cuidado y se deslizó por el hueco.

Lo seguí, aterrizando sobre un suelo de tierra compacta cubierto de paja podrida.

El sótano era un espacio amplio y bajo, con columnas de piedra que sostenían el techo y estanterías de madera carcomida alineadas a lo largo de las paredes.

Sobre las estanterías, brillando con una luz tenue y enfermiza, estaban las esferas.

Eran de cristal, del tamaño de un puño, y en su interior danzaban remolinos de luz de colores. Fuego rojo. Sombra negra. Hierro gris. Sueños azules. Raíces verdes. Sangre carmesí.

—Por todos los dioses —murmuré.

—No hay dioses aquí, muchacho. Solo magia robada.