Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 31 #3
99%

31 #3

El perseguidor apareció detrás.

Isolde bajó. Le dio una palmada al animal. Él tomó una vereda lateral y se alejó.

El soldado desmontó con la espada fuera.

—Entrega el paquete.

—Se quema en la capilla.

—Varek dijo que llevarías un señuelo.

—Entonces sabe que encontrarás ceniza.

El hombre atacó.

Isolde desvió el golpe con el cuchillo. La espada era pesada y buscaba mantener distancia. Ella cedió terreno hasta el borde de la terraza. El soldado creyó que la había encerrado.

Isolde lanzó el cuchillo a la correa de su rodilla.

La protección cayó. Ella entró bajo la espada, golpeó el muslo y lo empujó contra la pared. Le quitó el arma.

—¿Cuántos cierres hay hacia Caleryon? —preguntó.

—Todos.

—Cifra.

—Siete puestos grandes. Patrullas entre ellos.

—¿Buscan mi rostro o mi nombre?

—Ambos.

—¿La orden pública?

—Guerrera sin nombre. Captura viva.

—¿La privada?

El hombre la miró.

—Princesa Isolde Valarys. Sedición, sabotaje y amenaza de ruptura.

—Varek mantiene la diferencia.

—Hasta que pueda mostrarte encadenada.

Isolde retiró el cinturón del soldado y le ató las manos.

—La capilla está a media hora. Tus compañeros te encontrarán.

—Podías matarme.

—Hoy necesito que cuentes lo que viste.

—Diré que la princesa vive.

—Dirás que una mujer protegió un paquete vacío mientras tres rutas salían.

Isolde dejó la espada fuera de su alcance.

Tomó el camino del sur a pie.

* * *

Kaoran llegó al molino antes de medianoche. Talia escondió las páginas certificadas en tres sacos de harina. Uno partió hacia Halver. Otro siguió a Arkhe. El tercero quedó bajo la custodia de una familia que había perdido a dos hijos en C-7.

Lenda salió del canal con barro hasta el cuello. Las declaraciones permanecían secas dentro de su delantal.

Isolde llegó al amanecer.

Había recorrido cinco leguas, cambiado la capa con una carbonera y cruzado un puesto dentro de una fila de jornaleros. El sello seguía junto a su pecho.

Kaoran estaba despierto en la cocina.

—Tu hora de cancelación pasó hace tres horas —dijo.

—La ruta cambió.

—¿Heridas?

—Un corte en la pierna.

Lenda la sentó sobre un banco y limpió la herida.

—Siete puestos grandes —dijo Isolde—. La orden privada usa mi nombre. La pública conserva a la guerrera.

—Varek quiere decidir el momento de resucitarte —respondió Lenda.

—Se quedará esperando.

Isolde puso la carta de Aelyn y el sello sobre la mesa.

Los dos objetos habían sobrevivido.

Talia cerró las contraventanas. Lenda extendió el mapa junto al pan.

—Nueve días por los hornos. Carboneros hasta Rendal, recolectores de hierbas en el valle y lavanderas al acercarnos a Caleryon. Cada familia decide si mantiene su tramo.

—Isolde sabe quemar sábanas —dijo Kaoran.

—Aprenderá a doblarlas —respondió Lenda—. Orla recibirá una señal desde el último horno. Aelyn sabrá que estamos en camino cuando falte a dos entregas.

Isolde buscó una salida hacia el río. Lenda la marcó con el carbón.

—Yo puedo separarme en Rendal. Llegaré a la lavandería si sus salas siguen libres; si detienen a alguien de mi familia, volveré a buscarlo.

Isolde dejó su nombre junto a la bifurcación.

Kaoran miró las pruebas repartidas. El Consejo tendría que discutirlas antes de que ellas llegaran. Isolde esperaría noticias de las órdenes de Darian; el sello de Cael seguiría con la pregunta sobre la prisión hasta que pudieran exigirle una respuesta.

Lenda tocó la carta de Aelyn.

—Pide que esperes su señal para acercarte al palacio. Quiere proteger el encuentro.

—Esperaré dentro de la ruta. Mientras tanto podemos ayudar a las personas borradas del censo.

Kaoran la observó doblar el mapa.

—Vas a entrar.

Isolde sostuvo la carta y el sello.

Había imaginado el regreso durante casi cinco años. En los primeros inviernos veía a Darian al otro lado de una puerta. Ensayaba lo que le diría, cómo recibiría la sorpresa de su rostro. Ya lo había encontrado. Él había puesto la mano sobre su muñeca y ella había tenido que pedirle que la soltara.

Aelyn quería un rato donde sentarse. Ardan abría los ojos.

Ydrael había mostrado una escalera bajo sus antiguas habitaciones.

Isolde extendió la carta junto al mapa y señaló el último horno.

Cada persona le pedía una forma distinta de llegar; podía escuchar esas necesidades sin entregarles la decisión.

—Sí —dijo—. Voy a Caleryon.

—¿Como Isolde? —preguntó Lenda.

—Isolde llevará la prueba. La ciudad recibirá primero a la guerrera sin nombre.

Kaoran asintió.

—¿Qué necesitas de mí?

—Elige.

Él miró su bastón, la cinta verde y la funda donde había viajado el brazo negro.

—Permaneceré fuera de la ciudad. Coordinaré a los testigos que acepten llegar y mantendré una salida hacia Halver. Mi límite será el pecho. Talia tendrá autoridad para detenerme si vuelve la sangre.

—Aceptado.

—También seguiré cualquier noticia verificable sobre las rutas antiguas de dragones.

Thalyon permanecía dentro de esa frase.

—Con salida propia —dijo Isolde.

—Con salida propia.

Lenda escribió las decisiones. Preparó tres copias. Talia guardó una. Kaoran llevó otra. Isolde quemó la tercera después de aprender las señales.

La hoja se convirtió en ceniza dentro del hogar.

Ningún nombre quedó sobre ella.

* * *

Partieron al día siguiente.

Kaoran tomó el camino de Halver con Talia. Caminó hasta el cruce y se detuvo.

Isolde esperaba una última instrucción.

—Come cuando Lenda te lo diga —dijo él.

—Años de formación para terminar con eso.

—Era la lección más difícil.

Isolde lo abrazó con cuidado. Sintió la irregularidad del hombro y el aire que todavía silbaba en un lado del pecho.

—Nos veremos en la salida —dijo.

—Si ambos la elegimos.

—La elegiremos.

Kaoran se apartó.

—Eso suena a juramento.

—Entonces lo revisaremos cuando cambie el camino.

—Mejor.

Se marchó con Talia.

Lenda entregó a Isolde una capa gris de carbonera. Tenía un bolsillo interior para la carta y una funda rígida para el sello. La orden de transporte quedó cosida en el dobladillo.

Lenda le mostró la primera autorización. Isolde repitió el nombre que tendría que dar en los puestos y caminaron hacia Rendal.

El primer puesto tenía un cartel con la figura de una mujer envuelta en fuego. El dibujo mostraba el pelo largo, una espada enorme y ojos blancos. Debajo ofrecían cien monedas por información.

Alguien había escrito seis nombres de Neraval sobre la recompensa.

El guardia revisó el carro de carbón. Lenda mostró una autorización de molino. Isolde mantuvo la cabeza baja.

—¿Habéis visto a la guerrera? —preguntó.

—En cada pared —respondió Lenda.

El hombre miró el cartel y las dejó pasar.

En el segundo pueblo encontraron una campana nueva. La comunidad había abierto dos salidas hacia el bosque. Un cuenco de ceniza junto al camino indicaba información disponible. Nadie esperaba quieto.

En el tercero, una panadera entregó a Lenda un paquete para los testigos de C-0. Isolde cargó harina durante una hora y recibió otra autorización.

Pasaron la primera noche en un cobertizo de Rendal. Cinco familias compartían el horno. Junto a la puerta colgaban las tablillas de grano, agua y salida, cada una a cargo de una persona distinta.

Farel, el dueño, enseñó a Isolde a distinguir por el peso el carbón de pino del de haya. La autorización la llamaba Sira Venn y le daba trabajo mientras durara la carga.

Por la mañana, un inspector hundió una varilla en tres sacos. Isolde reconoció una placa azul bajo su capa. Cuando el hombre pidió abrir el cuarto, ella llevaba media hora escogiendo los trozos que Farel quería separar.

—Nombre y lugar de nacimiento.

—Sira Venn. Oris Bajo.

Había cruzado la aldea durante el viaje al oeste. Recordó las redes a secar junto a las casas de adobe y esperó otra pregunta.

—¿Qué madera llevas ahí?

—Pino. Prende pronto y deja más humo.

El inspector marcó la hoja. Farel le dio otro saco al marcharse los soldados y ella volvió al trabajo hasta que partió el grupo.