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En el cruce oriental, Lenda cambió la autorización por una cesta de raíces y una capa verde.
Isolde trasladó al bolsillo la carta y el sello; volvió a coser la orden en el nuevo dobladillo.
Los cosechadores avanzaban separados, buscando corteza de fiebre y hojas de surna.
Las copias de las pruebas viajaban entre raíces secas, divididas entre sus cestas.
Durante el tercer día encontraron a Erel junto a un arroyo. Tenía fiebre y el tobillo hinchado. Su cuadrilla había seguido para evitar que una patrulla cerrara la recolección. El muchacho intentó levantarse cuando Lenda le habló y cayó sobre las rodillas.
Isolde lo ayudó a sentarse. Dos líneas rojas subían desde una herida bajo el talón.
—Hay que llevarlo a la casa de reposo —dijo Lenda—. La patrulla pasará antes de que lleguemos.
Limpiaron la herida con el agua que pudieron calentar y pidieron a dos recolectores que transportaran las cestas. Erel caminó entre ambas. El peso le tiraba a Isolde del corte de la pierna; cambió de lado al sentir que la venda se humedecía.
El capitán las detuvo a mitad de la senda.
—Lleváis a una persona más.
Erel levantó su ficha de trabajador. Lenda mostró el permiso y señaló los bultos destinados a las boticas de Caleryon. El hombre anotó el número de ficha y exigió una declaración sobre la herida.
—Podemos hacerla en la casa de reposo —dijo Isolde—. Allí habrá una curandera.
El capitán envió a un soldado con ellas. La mujer que los recibió firmó delante de él, pidió a Lenda que sujetara una lámpara y se quedó con Erel. Isolde esperó en el umbral hasta oír que el muchacho respondía a su nombre.
Salieron varias horas después, con una venda limpia para ella y un hilo verde de dos nudos: Aelyn seguía libre. Las lavanderías mantenían sus accesos.
El quinto día dejaron las cestas junto a un estanque.
Lenda sacó dos delantales de un barril y puso a Isolde a frotar sábanas.
Los dedos dañados soltaban la tela cuando el frío apretaba.
Probó a sujetarla contra la piedra con el antebrazo; Lenda le enseñó dónde doblarla para que la corriente ayudara.
Una sábana llevaba cuatro triángulos azules y una mancha oscura. La responsable consultó su tablilla.
—Enfermería de la comisión. Subsuelo. Cada marca indica un piso.
Lenda apuntó la procedencia en la cuenta de ropa destinada al cuarto hilo. Isolde terminó de lavar la sábana y la plegó dos veces antes de que las esquinas quedaran bien. Al anochecer recibió un permiso de entrada.
Mira Ordel. Viuda. Treinta años. Barrio de los hornos.
—Tengo veinticinco —dijo.
La responsable acercó el permiso al cartel clavado junto al lavadero.
—Esa es la edad que buscan.
Isolde dobló el papel. La palabra viuda se le había quedado bajo el pulgar.
Durante años había llevado en el cuerpo la ausencia de un hombre que seguía vivo.
Ahora recordaba también su boca junto al estanque, el calor de su mano cuando todavía podía elegir creerle y el peso de sus dedos en Halver.
Deseó que algún día una mano sobre la suya volviera a traer una invitación que pudiera aceptar.
Lenda recogió las últimas sábanas.
—¿Puedes seguir?
Isolde soltó el papel para tomar la mitad de la pila.
—Sí. Enséñame dónde guardamos esto.
El séptimo día, un pregonero presentó a los conductores como voluntarios atendidos por el reino. Una mujer preguntó por Rian Dorna. Otra dio el nombre de una familia de Neraval. El pregonero trató de continuar mientras las voces añadían fechas y destinos.
Lenda e Isolde siguieron con el carro de ropa. Al otro lado de la plaza, dos guardias habían empezado a anotar quiénes hablaban. Lenda buscaría un relevo que avisara a las familias antes del siguiente registro.
La noche del octavo día recibieron un botón rojo, un hilo blanco y una semilla de manzano. El Consejo seguía reunido. El cuarto hilo conservaba tres salas; la familia de Lenda continuaba fuera de las listas de detención.
—Llegaré hasta la lavandería —dijo ella—. Después decidiré otra vez.
Isolde comprobó la cera dentro de su funda. El perfil de la montaña y la línea de plata seguían intactos. La orden de transporte permanecía cosida en el dobladillo. Acomodó la funda del sello junto a la carta y alisó el borde de la capa.
Rheskan pasó sobre el camino, tan alto que apenas vieron el color de sus alas. Trazó un círculo y continuó hacia el este. Isolde recibió después la imagen de la puerta que Ydrael sostenía desde su prisión. Dejó una mano sobre la tela hasta que la piedra desapareció de su conciencia.
Había recorrido nueve días de camino.
La mañana del último, las torres de la capital aparecieron sobre la llanura. Las puertas blancas brillaban bajo el sol. Patrullas azules cubrían los puentes. Humo de panaderías, talleres y cocinas subía detrás de las murallas.
Aelyn estaba allí.
Ardan estaba allí.
Darian y Varek también.
La llave de Ydrael esperaba bajo sus antiguas habitaciones.
Isolde guardó la carta y el sello de Cael. Ajustó la capa verde y ocupó su lugar junto al carro de ropa.
Las personas de la ruta reconocieron la ceniza sobre sus botas y abrieron espacio.
La guerrera sin nombre tomó el camino de Caleryon.