30 #2
Junto a la quinta ficha, una casa, dejó el nombre de Enna.
Ella atendía a trabajadores con las manos dañadas por las placas.
Doven llevó comida, Teren encontró agua y Sava aprendió a copiar registros.
La casa del viento creció con quienes eligieron quedarse.
Kaoran seguía marchándose detrás de cada rumor hasta que Enna le preguntó por las personas que dejaba esperando.
—Thalyon había vuelto por los prisioneros —dijo—. Tuve que mirar lo que estaba haciendo yo mientras lo buscaba.
La última ficha llevaba el río.
Tres semanas antes de Cendral, Sava copió la ruta de un convoy de redes.
Kaoran encontró un campamento técnico, envió avisos a dos capitanes y buscó acceso a los pozos.
Uno de los capitanes desapareció. El otro respondió que la comisión controlaba la seguridad.
La batalla comenzó antes de que Kaoran alcanzara el valle.
—Vi a Rheskan herido. Seguí la orilla y encontré sangre saliendo del agua.
Isolde reconoció la curva tallada en la ficha.
—¿Sabías a quién habías encontrado?
Kaoran sostuvo su mirada.
—Vi el broche bajo tu armadura. Las patrullas cerraban el río y necesitabas que alguien te cargara.
—También pensaste en Thalyon.
—Sí. Las cadenas podían explicar qué os había ocurrido a ambos. Tuve que recordar eso durante los primeros días, cada vez que quería hacerte otra pregunta mientras apenas podías tragar el caldo.
Isolde retiró la mano del cuero.
—Yo ignoraba cuánto esperabas de mí.
Kaoran recibió la frase sin bajar los ojos.
—Lo sé. Por eso tienes que oírlo entero.
El viento movió los mapas. Oren puso una piedra sobre una esquina y esperó.
—Mi búsqueda explica cómo llegué al río —dijo Kaoran—. Tus decisiones explican por qué hemos llegado hasta aquí. Seguiré las noticias de Thalyon mientras pueda. Nadie tendrá que prometerme que lo encontrará.
Isolde volvió a tocar la ficha del río. Necesitaría tiempo para ordenar lo que acababa de escuchar; Kaoran había terminado la historia y continuaba sentado delante de ella.
Él señaló en el mapa la ruta que el brazo negro había cortado.
—Sarev invocó mi firma cuando ordenó las cadenas —dijo Kaoran—. Seguí pidiéndole un médico mientras la salida estaba abierta.
Oren rozó la correa.
—Nuestras cuadrillas prometían volver por quienes quedaban.
—Y cada persona conservaba voz cuando cambiaba el peligro —respondió Kaoran.
Isolde señaló en el mapa el refugio que ofrecía seis noches y revisaba la comida al tercero. Al levantar la vista encontró a Kaoran mirándola.
—¿El Kaor-Sai nació después?
—Empezó en el puente. Thalyon eligió la maniobra que sacaba vidas, aunque le costara altura. Yo seguía pensando en victoria, mando y reparación. Convertí sus decisiones en ejercicios para recordarme dónde había fallado.
—Me enseñaste con el vuelo de un dragón al que ayudaste a encadenar.
Kaoran recibió la frase sin apartarse.
—Sí.
—Durante años he creído que tú sabías dónde terminaban tus razones —dijo Isolde.
Kaoran guardó las fichas sin recoger todavía la correa.
—Enna tuvo que enseñarme algunas.
—Y yo he tenido que aprender las mías junto a ti.
Isolde pensó en la taza de los primeros días y en la rabia con que había intentado levantarse. Kaoran había regresado con otro cuenco. También había esperado algo que entonces ella desconocía.
—Estoy agradecida por aquella noche —dijo—. Necesitaré tiempo para lo que has contado hoy.
—Lo tendrás.
Beren bajó la vista hacia sus mapas. Oren se levantó para comprobar los caballos y les dejó unos minutos de silencio. Kaoran permaneció donde estaba.
—Thalyon pagó por tu elección.
—Sí.
—¿Te perdonó?
—Nunca pude preguntarlo.
Isolde tocó la correa.
—Si lo encuentras, tendrás que escuchar la respuesta completa.
—Lo sé.
—Y si murió, la pregunta seguirá contigo.
—También lo sé.
Kaoran dejó la correa entre ambos.
—Ese es mi legado. Una pregunta abierta, un método robado a un dragón más sabio y muchos años intentando que mis errores sirvieran a alguien sin imponerle la deuda.
Kaoran tomó la correa y volvió a guardarla.
—Tu formación ha terminado.
Isolde mantuvo las manos abiertas sobre la mesa. Había buscado aquellas palabras durante años; ahora quería oír qué diría Kaoran después.
—Aún no hemos llegado a Caleryon.
—La distancia carece de relación con tu formación.
—Sigues corrigiendo mis planes.
—Lo haré mientras pueda hablar.
—Entonces cambia poco.
—Ya decidías sin mi permiso. Ahora dejaré de fingir que existe.
Beren miró a Oren.
—¿Hay una ceremonia?
—Podemos obligarla a reparar otro sembrado —dijo Kaoran.
—Quemé uno —respondió Isolde.
—La mitad.
—Llevas años aumentando la superficie.
—El dolor del propietario también crece con el tiempo.
Oren acercó el mapa al brasero.
—La cacería llegará antes que la nostalgia.
Isolde apoyó ambas manos sobre la mesa de piedra.
—Entonces construimos el regreso.
Dibujó Caleryon en el centro de una hoja. Beren colocó la ballesta junto al borde para impedir que el viento la levantara.
—Las pruebas ya van hacia el Consejo —dijo Isolde—. Necesitamos darles tiempo y sacar a los testigos del alcance de Varek.
Oren señaló C-0.
—Ydrael nos dio unos dos meses. Otro distribuidor puede reducirlos.
—Esperaremos diez días mientras comprobamos entradas. Cada noticia cambiará ese plazo.
Escribió los nombres de quienes habían salido de las estaciones.
Beren se comprometió a llevar hasta tres casas de Halver a quienes quisieran declarar.
Allí recibirían curas e información sobre el riesgo.
Ena buscaría un relevo para las declaraciones.
Él conservaría la posibilidad de regresar a Bren.
—¿Quieres volver? —preguntó Isolde.
Beren rozó la cuerda de Tavra.
—Quiero ver a mi madre sin tener que contarle a quién dejamos atrás. Por ahora terminaré esto.
Isolde dejó espacio junto a su nombre para anotar el relevo. Oren tomó la verificación de calcos y registros; Eda podría acercarlo al Archivo. Se retiraría si una sola oficina exigía quedarse con todo.
El grano ocupó más tiempo. Varek podía cerrar almacenes antes de que el Consejo leyera la acusación.
Beren recordó las cuentas de los molinos.
Kaoran tachó los tres que seguían bajo la comisión.
Isolde marcó depósitos fuera de las murallas y encargó averiguar qué podían ofrecer sus dueños antes de prometer reparto alguno.
—Si empieza el hambre, tendrás que retrasarte —dijo Kaoran.
—Abriremos primero esas rutas.
—La llave puede moverse.
Isolde apoyó el carbón junto a Caleryon. Podía sentir cuánto deseaba acercarse a las habitaciones donde había crecido. Aelyn estaba allí, también Ardan y Darian. La imagen de la ciudad se llenaba de voces que ningún dibujo contenía.
—Verificaremos dónde está el cierre que puede abrir —respondió—. Entrar sin saberlo nos deja esperando dentro de una ciudad cercada.
Kaoran miró los almacenes y aceptó el cambio.
Isolde preparó una salida para cada grupo y otra para continuar si ella desaparecía.
Mantendría el nombre fuera de los mensajes.
Aelyn decidiría qué podía soportar su red; la revelación pública requeriría una decisión de la propia Isolde cuando conociera el estado de Ardan y las pruebas disponibles.
—¿Pedirás que te sigan? —preguntó Beren.
—Les diré qué necesito y escucharé qué pueden hacer.
—Darian puede ofrecer ayuda.
—Puede abrir archivos, liberar a los conductores y retirar sus órdenes de captura. Veremos qué cumple.
Kaoran se quedó mirando la marca del regente.
—¿Y si te pide algo a cambio?
Isolde recordó la muñeca atrapada en Halver. Había necesitado decir una palabra para que él la soltara. Quería conservar la voz con que lo había hecho.
—Tendrá que decirlo delante de quienes paguen el acuerdo. Yo elegiré lo que pueda aceptar.
Oren trazó la ruta de sus documentos al margen. Beren preparó la partida hacia Halver. Isolde y Kaoran permanecerían visibles durante un máximo de dos días para alejar de los testigos una parte de la cacería. Eligieron dos accesos al molino y un camino que abandonarían al primer cierre.
Kaoran escribió su límite: cuatro horas de viaje, una de descanso, sin combate ni frío continuo. La persona que los recibiera comprobaría la respiración. Al terminar, apartó del mapa la pieza de Isolde.
—La capturan durante la primera hora. Sigue, Oren.
El anciano movió su ficha hacia la cisterna.
—Salgo por aquí.
—Está vigilada.
Oren volvió sobre la ruta.
—Separo las copias entre tres depósitos y llevo el índice a Halver. El cilindro certificado sigue hacia el Consejo.
Beren comprobó el camino de los testigos. Kaoran le cerró el molino norte; él buscó la casa de sanadores dibujada por Tavra y puso allí el relevo de Ena.
—¿Y tú? —preguntó Isolde.
—Después iría a buscarte.
La respuesta le apretó el pecho. Durante los primeros inviernos había querido que alguien llegara por ella desde Caleryon. Ahora conocía a las personas que Beren tendría que dejar en esa espera.
—Varek usará el lugar donde me encierre para reunirnos —dijo.
—Puede matarte.
—Puede. Entrega antes los nombres a Ena y comprueba la salida de los conductores. Después decidirás con lo que sepas de mi prisión.
Beren tocó el borde de la ballesta.
—Eso puedo acordarlo.
Oren preparó una señal breve de captura que caducaría después de la entrega: un círculo abierto con tres puntos. La noticia debía llegar por dos fuentes que no dependieran una de otra. Ninguna orden de cancelar las pruebas valdría por reconocer una voz.
—Pueden imitarla —dijo Beren.
—Y pueden obligarme a hablar —respondió Isolde.
Escribieron que una cancelación requeriría dos custodios y una razón comprobable. El propio grupo tendría que discutirla.
Oren dejó un espacio bajo la palabra desaparición.
—Falta la muerte.
Isolde miró la ficha apartada. La proclamación de Cendral había llegado antes que cualquier búsqueda de su cuerpo. Quería que alguien pudiera decir cuánto ignoraba si volvía a perderla.