Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 30
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Kaoran eligió una torre sin techo para terminar la formación de Isolde.

La construcción vigilaba una ruta antigua entre Cendral y Caleryon. Quedaban tres paredes, una escalera, una mesa de piedra y la base de una hoguera. Desde la altura podían verse los caminos de la comisión. Las patrullas pasaron dos veces durante la tarde y siguieron hacia el valle.

Isolde, Kaoran, Beren y Oren llegaron después del anochecer. Rheskan tomó otro rumbo con el brazo negro. Había elegido llevarlo hasta una cueva donde el metal de las placas perdía fuerza. Volvería cuando decidiera.

Las pruebas viajaban lejos de ellos.

Vena y Elar conducían a los supervivientes de C-0 hacia Halver. Rian Dorna iba camino de su madre. Los tres cilindros mantenían rutas separadas. El registro central estaba dividido en once paquetes.

Varek cazaba un grupo que ya carecía de centro.

Oren extendió el mapa sobre el suelo de la torre.

—La orden de emergencia cubre todos los puentes hacia Caleryon —dijo—. Cevran registra carros. Leth controla el río.

—Leth sigue herido —respondió Beren.

—Tiene hombres.

—También una pierna bajo una viga si sus hombres tardaron.

Isolde miró la ballesta de Tavra.

Beren había cumplido su límite en C-0. El dolor seguía viajando con él.

—¿Cuántos días hasta que los paquetes lleguen al Consejo? —preguntó.

—El cilindro, tres o cuatro —dijo Oren—. Las cuentas del oeste tardarán una semana. Neraval enviará testigos desde seis puntos.

—Necesitamos permanecer fuera de sus rutas durante ese tiempo.

Kaoran tosió junto a la ventana. El esfuerzo de Cendral le había dejado el rostro pálido. Conservaba la cinta verde de Luma alrededor de la muñeca.

—Podéis bajar a la casa del molino —dijo—. Tiene agua y dos salidas.

—Podemos —respondió Isolde.

—Yo me quedaré aquí esta noche.

—El frío te hará toser.

—Tengo una historia pendiente.

Beren levantó la cabeza.

Kaoran sacó la correa de Thalyon. Había viajado dentro de su equipaje desde la casa del viento. El cuero estaba oscuro, reparado en tres lugares y quemado junto a la hebilla.

Oren guardó los mapas.

—Bajaremos al molino.

—Quedaos —dijo Kaoran—. La historia explica la operación que estamos preparando.

Encendieron una hoguera pequeña dentro de un brasero. La torre dejó pasar el viento entre las piedras. Isolde se sentó frente a su maestro.

Kaoran puso la correa sobre las rodillas. Al alisarla, encontró con el pulgar la quemadura junto a la hebilla.

—Tenía veintitrés años. Llevábamos cuatro inviernos en la frontera y yo seguía diciendo que podía aguantar la nieve. Thalyon me cubría con el ala de todos modos.

Isolde miró el hombro que Kaoran mantenía cerca del cuerpo. Le habían permitido viajar; el frío continuaba haciéndole daño. Acercó el brasero un palmo y volvió a sentarse.

—Había nacido junto al mar de hielo —continuó él—. Tenía una escama blanca al lado del ojo. Las campanas lo irritaban porque anunciaban órdenes. Aceptaba a los heridos cuando decidía hacerlo y dejaba en el barro a quien intentara subirse sin esperar.

—¿Y contigo? —preguntó Beren.

—Compartíamos hambre, dirección, peligro. A veces una imagen. Para el resto me mordía la capa.

Kaoran sonrió al tocar el cuero.

—Lo conocía desde antes del ejército. Aquella campaña debía abrir un paso para civiles. Sacamos a una niña de debajo de un tejado y acabamos llevando a treinta y dos personas hacia el sur. Usé esta correa para sujetar a su madre, que tenía la pierna rota.

El comandante Sarev había recibido la lista de evacuados sobre un mapa del corredor.

Quería conservarlo después de la tregua de siete días acordada con la Casa del Hielo.

El Consejo preparó un Juramento de Custodia: los guardianes responderían por sus dragones y obedecerían las órdenes destinadas a proteger la frontera.

—Pregunté quién decidiría cuáles eran esas órdenes —dijo Kaoran—. Sarev señaló mi lista. Me había dado animales para sacar a los heridos. Dijo que, dentro del mando, podría seguir consiguiéndolos.

—Firmaste —dijo Isolde.

—Sí. Thalyon estaba junto al hospital. Dos sanadoras le curaban el ala. Salí con la copia guardada contra el pecho y sostuve el cubo mientras terminaban.

Isolde siguió con los ojos el extremo cortado de la correa.

—Él ignoraba lo que habías prometido por los dos.

—Yo había decidido que podría protegerlo mejor con rango.

Beren levantó la vista.

—Darian sigue usando ese argumento.

Kaoran asintió. Esperó antes de continuar, respirando con una mano apoyada en las costillas.

Dos semanas después, Sarev ordenó incendiar tres almacenes.

Thalyon acababa de sobrevolarlos y mostró a Kaoran las camas de las familias bajo los tejados.

Plegó las alas. Kaoran alegó una corriente de viento peligrosa para las viviendas.

El comandante lo envió contra el camino de abastecimiento y tres días más tarde convocó a ambos en el hospital.

—Había agua tibia, vendas y paja limpia. Thalyon se detuvo ante el arco. Yo le puse la mano bajo la escama blanca y le pedí que entrara conmigo.

La puerta cayó detrás. Las cadenas salieron de la paja y las placas absorbieron el calor del dragón. Kaoran desenvainó. Sarev le enseñó el juramento.

—Había una salida lateral —dijo—. Bajé la punta para tomar la hoja. Pedí un médico. Exigí que registraran la presencia de los niños sobre los almacenes. Un ayudante daba la vuelta a un reloj de arena y yo seguía hablando.

—Once minutos —murmuró Isolde.

—Durante el noveno, Thalyon me mostró las camas. Durante el décimo, la puerta que habíamos dejado cerrar. En el undécimo levanté la espada. Herí a dos soldados; la maza me alcanzó antes de llegar a la primera placa.

Kaoran se detuvo con los dedos sobre una cicatriz de la palma. Beren dejó de mover la ballesta.

—Estuve tres días encerrado. Al cuarto, Sarev vino a buscarme: Thalyon había detenido el convoy. Recogí la correa del patio al salir. Aún estaba bajo el hielo, junto al pilón.

Sarev le devolvió la espada y lo llevó hasta el dragón. Kaoran se acercó al hocico. Thalyon le entregó el recuerdo del patio y volvió la cabeza hacia una jaula cubierta.

—Quise tocarlo como antes —dijo Kaoran—. Dejé caer la mano. Caminé a su lado cuando se levantó.

Viajaron nueve días. Había armas azules, dos carros con diecisiete prisioneros y una jaula donde mantenían atado a un dragón joven de la Casa del Hielo.

Oria, la sanadora, le dejó una lima entre las vendas.

Kaoran debilitó dos eslabones durante las curas; Thalyon tanteaba el anclaje de la tercera cadena en cada parada.

—Tres soldados aceptaron ayudarnos. Odran, Vesa y Marel. Prepararon una rueda para que fallara en Selkar. El carro de armas quedó atravesado sobre el puente y separó a la vanguardia. Oria abrió las puertas. Yo usé una cizalla sobre las dos cadenas limadas. Thalyon arrancó la tercera del bastidor.

—Podía marcharse —dijo Beren.

—Tenía el norte libre. Sarev ordenó prender el segundo carro. Thalyon volvió hacia él.

Isolde pensó en Rheskan sujetando el techo de la galería. Kaoran levantó la cabeza y la encontró mirándolo.

—Le ordené escapar. Empujé el cielo a través del vínculo hasta hacerme daño. Thalyon me devolvió la niña del tejado y arrancó la cubierta del carro.

Sacaron a los diecisiete. Oria llevó a quince hacia el pueblo neutral. Kaoran permaneció junto al puente con un anciano que apenas respiraba y un muchacho al que debían cargar. Thalyon abrió la jaula y soltó las alas del dragón joven.

—El joven cayó al saltar. Thalyon lo sostuvo en la ladera. Un arpón le entró bajo el ala; otro se enganchó en la cadena de su pata. Tiró y arrancó el torno del parapeto. Las vigas cedieron. Quedamos separados de Sarev.

Isolde vio que Kaoran apretaba los pies contra el suelo.

—Una cornisa cayó entre nosotros. Después lo vi unos segundos, volando al norte con el joven debajo. Llevaba el arpón y la cadena. Cuando la tormenta los tapó, dejé de sentirlo.

El brasero crujió. Kaoran se quedó escuchando hasta que Oren preguntó por los heridos.

—Oria volvió con un carro. Los diecisiete llegaron al pueblo. Me curó las manos, me oyó contar lo del patio y me puso a cambiar mantas. Al amanecer busqué una ruta hacia los pinos. Esperé que un ala me cubriera al pasar bajo una rama.

Kaoran alisó otra vez la correa.

—La nieve me cayó encima.

Isolde acercó la mano al cuero y se detuvo antes de tocarlo. Kaoran lo dejó entre ambos.

El ejército había declarado muertos a los dos dragones. Más tarde anuló el rango de Kaoran. Varias familias declararon; la orden contra él acabó retirándose. Le ofrecieron regresar renovando el juramento cuando tenía veinticuatro años.

—Rompí la mesa —dijo.

Beren soltó una risa breve.

—Entiendo la tentación.

—Mi mano la recuerda cuando hace frío.

Kaoran sacó seis fichas gastadas. Las fue poniendo junto a la correa mientras contaba lo que buscó después.

Un pescador habló de dos dragones sobre el mar de hielo.

Kaoran encontró una escama blanca meses más tarde; conservó aquel fragmento durante años sin poder atribuírselo a Thalyon.

Terminó entregándolo a una casa de curas.

Otra noticia lo llevó hasta un pueblo donde una dragona joven rompía campanas.

Había escapado de cazadores que usaban ese sonido.

El pueblo retiró las campanas exteriores y ella eligió otra cueva.

La tercera ficha tenía una cadena.

—En Var encontré un registro de seis meses después de Selkar: activo gris perdido . Demostraba que desconocían su posición. Guardé una copia.

La cuarta mostraba una montaña. Antes de la batalla de Isolde, una cuadrilla minera había oído golpes bajo Cendral. Kaoran encontró pozos de prueba, explosiones profundas y placas con códigos relacionados con el convoy de Thalyon.

—Varek apareció más tarde en esos papeles. El proyecto había pasado por otras manos.