30 #3
—Una noticia sin cuerpo seguirá siendo una desaparición —dijo—. Pediréis reconocimiento a quien me conozca y comprobaréis lugar y fecha por otra ruta. El silencio de un vínculo se registrará como silencio.
Kaoran levantó la vista y apoyó la mano sobre la bolsa donde había guardado la correa de Thalyon.
—Cuando la muerte esté confirmada —continuó Isolde—, publicad lo que tengáis si ayuda a explicar la cacería. Mi nombre puede ir con esas pruebas. Las rutas quedan en manos de quienes las mantienen.
Oren lo anotó. Beren esperó hasta que ella volvió a tomar el carbón.
Kaoran puso su pieza al lado de la de Isolde.
—Ahora falta mi conocimiento de los refugios.
Tres casas desaparecieron del recorrido.
Sus responsables recibirían un aviso para cambiar accesos; cada mensajero conservaría solo el tramo que necesitaba.
Kaoran sacó una hoja y escribió los primeros contactos con sus límites.
Una familia alojaba dos noches. Una curandera podía atenderlos mientras su presencia respetara la seguridad de sus hijos.
Isolde señaló dos refugios que habían quedado sin nombre.
—Sus dueños se marcharon el último invierno —admitió él—. Los conservaba por si volvían.
Los tachó.
—¿Y si vuelve la sangre? —preguntó Beren.
—Avisaré y me quedaré donde puedan atenderme.
Isolde vio a Kaoran añadir la frase de su puño. Dejó de vigilar su mano para leer el resto.
Oren copió el plan. Beren comprobó cada relevo. Al recuperar su ficha, Isolde la colocó sobre una ruta que llegaba a Caleryon y podía abandonarse en tres puntos. Había deseado volver durante casi cinco años. Por fin podía mirar el camino con espacio para quienes irían a su lado.
* * *
La primera respuesta llegó antes de medianoche.
Una luz parpadeó tres veces desde el valle, quedó oscura y repitió dos. La señal pertenecía a las familias de C-7. El cilindro había llegado. Pedían confirmación para enviarlo hacia Caleryon.
Isolde respondió con un destello, pausa y dos.
Seguid vuestra ruta.
La segunda señal apareció al oeste. Vena y los conductores habían alcanzado Halver. Seis aceptarían declarar. Los demás querían buscar a sus familias.
Beren preparó la mochila.
—Salgo ahora.
Isolde le entregó el mapa de Neraval.
—Ena está en el refugio del molino norte.
—Lo sé.
—Tavra escribió una ruta en el reverso.
Beren giró la hoja. Una línea estrecha conectaba el molino con una casa de sanadores.
—La dibujó antes de entrar en Neraval.
—Pensaba en los heridos.
Beren guardó el mapa junto a la ballesta.
—Nos veremos junto a Caleryon.
—Si eliges continuar.
—Voy a continuar.
Se marchó por la escalera oeste.
Oren esperaría hasta el amanecer. Se tumbó cerca del brasero con los libros dentro de la chaqueta.
Kaoran seguía mirando los caminos.
—Tres patrullas —dijo.
Isolde subió a la ventana.
Luces blancas avanzaban desde Cendral, el norte y la ruta de Caleryon. La torre estaba dentro del cierre.
—Llegaron antes de lo previsto.
—Varek ha aprendido.
—Nosotros también.
Isolde despertó a Oren. Le mostró la salida de la cisterna, que llevaba al bosque sur. Su paquete viajó dentro de un cubo cubierto de cal.
—¿Señal de llegada? —preguntó.
—Una vela azul en la ventana del archivo de Halver.
—¿Si falla?
—Continúas hacia Arkhe.
—¿Si encuentro a Beren?
—Comparáis rutas y mantenéis la que comparta menos riesgo.
Oren asintió y desapareció por la cisterna.
Kaoran preparó cuatro lámparas en los pisos de la torre. Colocó capas viejas junto a dos ventanas y dejó huellas hacia el camino norte.
—Decías que seríamos visibles —dijo.
—Durante el tiempo acordado.
—Han superado el límite.
—Entonces salimos.
Isolde encendió las lámparas desde abajo. Las sombras de las capas se movieron sobre las paredes. Una línea pequeña de fuego corrió hacia el norte y prendió un montón de leña húmeda. El humo trazó su supuesto camino.
Ella y Kaoran bajaron por la pared sur.
La tos de él empezó a mitad del descenso. Isolde esperó sobre una cornisa hasta que recuperó aire. Los soldados entraron en la torre por el norte.
—Podemos oírlos —susurró Kaoran.
—Ellos pueden oírte.
—Observación cruel.
Isolde le tendió la mano. Kaoran la aceptó.
Llegaron al bosque cuando los soldados encontraron las capas. La persecución siguió el humo.
Llegaron a la casa del molino al amanecer.
Una mujer de Halver abrió la puerta. Se llamaba Talia Ren y había trabajado con Eda Sol. Comprobó la respiración de Kaoran antes de preguntar por señales, nombres o pruebas.
—Cuatro horas de viaje —dijo—. Ahora una de descanso.
Kaoran miró a Isolde.
—La red es irritantemente eficiente.
—Tú escribiste el límite.
—Esperaba una interpretación flexible.
Talia señaló una cama.
—Interpreto que puede tumbarse o caer.
Kaoran eligió la cama.
Isolde lavó el barro de sus manos. El agua del cuenco se volvió gris. En una mesa cercana había seis mensajes recibidos durante la noche.
El cilindro de C-0 había entrado en el Archivo del Consejo. Ravel custodiaba una copia. Dos escribas habían certificado la escala de la grieta. Varek exigía la devolución y Aelyn había convocado una sesión pública.
Rian Dorna estaba con su madre.
Nara había enviado una declaración.
Neraval conservaba los seis grupos fuera de las rutas oficiales.
Beren había llegado a Halver y aceptado el relevo de Ena.
Oren seguía hacia el archivo.
Talia dejó un séptimo mensaje.
—Llegó por una ruta nueva.
El papel estaba vacío. Un cordón blanco lo rodeaba con cuatro nudos. Tres formaban una línea. El cuarto sujetaba una pieza de arcilla: una montaña cruzada por un trazo oblicuo.
—¿Quién lo trajo? —preguntó Isolde.
—Una mensajera de Caleryon. Espera en una capilla a un día de aquí. Pide hablar con la guerrera sin nombre.
—¿Ha dicho quién la envía?
—Una consejera que conserva listas y una persona del norte que conserva sellos.
Kaoran escuchaba desde la cama.
—¿Ruta? —preguntó.
Isolde abrió el mapa. Marcó la capilla, dos salidas, los puestos de Varek y un punto de relevo para Talia.
—Salimos después de tu hora de reposo. Tú llegas hasta el punto de relevo. Allí eliges si continúas según tu respiración.
—¿Qué harás si el mensaje exige que vayas sola?
—Pediré sus límites a la mensajera.
—¿Si trae una orden de Aelyn?
—La escucharé.
—¿Si trae un juramento de Cael?
—Lo devolveré sin firmar.
Kaoran sonrió y cerró los ojos.
—Ya no tengo nada que enseñarte hoy.
—Mañana encontrarás algo.
—Probable.
Isolde dejó que descansara.
Rheskan llegó cuando el sol tocó el tejado. Aterrizó junto al canal con el brazo negro entre las garras. Había cubierto el metal con barro rojo de una cueva. La presión azul había desaparecido.
Isolde salió.
—Vamos hacia una mensajera de Caleryon.
Rheskan mostró el cielo del este, patrullas y una ruta sobre las montañas. Después dejó el brazo negro junto a la puerta.
Quería que la prueba siguiera con los humanos. Él vigilaría desde otra altura.
—Nos veremos en el camino —dijo Isolde.
Rheskan inclinó la cabeza y volvió a volar.
Talia preparó una funda para el metal. La enviaría al Archivo por una octava ruta.
Isolde regresó a la mesa. Escribió las condiciones de la reunión, los nombres de quienes conocían el lugar y la hora de cancelación. Dejó una copia para Talia.
Cuando Kaoran despertó, leyó el plan.
—¿Listos? —preguntó Isolde.
Él tomó el bastón.
—Te sigo.
Salieron hacia la capilla.