Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 29 #2
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El técnico miró las ocho sillas.

—Me llamo Elar. Puedo abrir este nivel durante equilibrio. Los otros supervisores activarán alarma.

—¿Quieres salir? —preguntó Isolde.

—Quiero sacar a mi hermana de sus listas.

—Empieza por estas ocho personas.

Elar entregó su llave.

Dividieron el trabajo. Beren se quedó en la primera sala. Oren bajó hacia la segunda con Isolde. Llevarían a los liberados por el conducto de agua en grupos de diez.

La segunda sala estaba vacía.

Las diez sillas conservaban correas cortadas. Una pared tenía un hueco nuevo. Rheskan había pasado por allí desde la cámara inferior.

Isolde recibió una imagen: personas caminando detrás del dragón por un túnel oscuro. La niña se sujetaba a una de sus escamas sin que él la cargara. Rheskan avanzaba despacio para que pudieran seguirlo.

—Ha encontrado una salida inferior —dijo.

Oren tocó las correas.

—Se llevó a diez.

—Doce. Las jaulas y esta sala.

—Entonces quedan diez en la tercera aguja y ocho con Beren.

Subieron por una pasarela hacia el nivel superior.

La grieta estaba más cerca. El viento caliente empujaba desde abajo. Isolde vio vetas rojas intentar juntarse en los bordes. Cada pulso azul las separaba.

La prueba vivía en la piedra.

Oren señaló una escala grabada en la pared.

—Miden anchura.

La escala conservaba marcas fechadas desde la batalla. En varias ocasiones, la grieta había perdido centímetros. Cada reducción iba seguida por una sincronía y un aumento de conductores.

—Cendral intenta cerrarse —dijo Isolde.

—La mantienen abierta.

Oren hizo un calco de la escala y anotó temperatura, presión y hora. Isolde colocó una tira de metal entre los bordes para medir la anchura actual.

—Repetiremos después del corte.

—Si sobrevivimos.

—Incluye eso en el informe.

La tercera sala tenía diez sillas ocupadas y cuatro guardias.

Isolde usó el conducto de agua para llegar detrás de ellos. Oren esperó junto al control. Al sonar la segunda campana, ella abrió una válvula. El suelo se cubrió de agua.

Los guardias miraron hacia las tuberías.

Isolde cayó desde la pasarela.

Golpeó al primero con ambas rodillas. Rodó, tomó su bastón y barrió los tobillos del segundo. El tercero levantó una alarma. Oren cerró el circuito desde la mesa. La campana quedó muda.

El cuarto guardia sacó una espada azul.

Isolde evitó el primer golpe. La hoja absorbió calor al pasar. El segundo rozó su brazo. La piel se quedó fría.

Ella lanzó el bastón contra la válvula.

Un chorro de agua golpeó al guardia y lo empujó contra la pared. Isolde le quitó la espada.

Los otros tres estaban conscientes. Les ató las manos con las correas vacías.

—Equilibrio en treinta minutos —dijo Oren.

Isolde examinó a los conductores. Dos tenían el pulso débil. Una mujer abrió los ojos.

—¿Eres ella? —susurró.

—He venido a abrir las sillas.

—La de fuego.

—Hoy basta con las llaves.

La mujer sonrió y volvió a cerrar los ojos.

Un destello llegó por una rendija alta.

Kaoran enviaba dos pulsos.

Fuerzas de cierre.

Varek había adelantado también la cacería.

* * *

Kaoran vio las patrullas desde la ribera.

Treinta hombres entraban por la ruta de Halver. Diez rodeaban el bosque norte. Un carro técnico subía hacia las Tres Agujas. Cevran y Leth viajaban con el grupo central.

Eda Sol esperaba junto al río con dos inspectores de molinos. Habían colocado redes en tres curvas para recoger los cilindros. Un ataúd vacío aguardaba sobre un carro de registros.

—Llegan antes que la corriente —dijo Eda.

Kaoran miró la superficie. El agua de C-0 tardaba doce minutos desde el conducto hasta la primera red. La patrulla alcanzaría la ribera en ocho.

—Movemos la recogida —dijo.

—La segunda curva queda visible desde el puente.

—La tercera tiene cañas.

—También barro hasta la cintura.

—¿Quién sabe nadar?

Los dos inspectores levantaron la mano. Kaoran señaló a una mujer llamada Teren Val.

—Tomas la red y sigues la ribera. Eda prepara el ataúd. Soren deja huellas hacia el puente y regresa por las piedras.

—¿Y tú? —preguntó Eda.

—Señales.

La decisión le molestó. Antes del paso habría elegido la red, el barro y el trabajo que podía controlar con las manos. Su pecho convirtió esa costumbre en riesgo para todos.

Subió a una roca y preparó el espejo.

Un destello para Isolde: vanguardia en movimiento.

Dos: fuerzas de cierre.

Tres quedaron reservados para Rheskan.

La patrulla llegó al primer recodo. Soren cruzó delante de ellos y dejó caer una cartera vacía. Los jinetes encontraron huellas, papeles sin texto y una marca de ceniza hacia el puente.

Seis siguieron el señuelo.

El resto avanzó hacia el río.

Teren alcanzó la tercera curva. Extendió la red entre dos sauces. Eda llevó el carro por un camino agrícola y colocó sacos de grano sobre el doble fondo.

Kaoran escuchó la primera campana dentro de C-0.

El equilibrio se acercaba.

Un soldado apareció entre los árboles.

Vio a Teren en el agua.

—¡Sal de ahí!

Ella siguió ajustando la red.

El hombre bajó la ballesta.

Kaoran podía lanzar una piedra con la honda. El esfuerzo requería girar el costado y contener aire. La curandera había prohibido ambas cosas.

Eda tomó una pala del carro.

—¡La compuerta ha roto el canal! —gritó—. ¡Ayúdame o perderemos la cosecha!

El soldado miró el uniforme de inspectora, el sello real y el agua que crecía. Dudó.

—Buscamos saboteadores.

—Yo busco dos molinos que pagan impuestos.

Eda le puso la pala en las manos.

—Sujeta ese saco.

La autoridad de una mujer acostumbrada a revisar cuentas hizo el resto. El soldado dejó la ballesta sobre el carro y levantó el saco. Eda ocultó el doble fondo con su cuerpo.

Kaoran vio a Rheskan cruzar una abertura de la aguja y envió tres destellos. Después repitió la señal larga que habían acordado para el río: las redes seguían recibiendo.

Durante los minutos siguientes, Eda abrió sacos, pesó harina y corrigió al soldado cada vez que colocaba una caja fuera del inventario. Kaoran siguió mirando el agua. El primer cilindro apareció en la red cuando las campanas de sincronía ya habían callado.

Teren lo metió bajo su ropa.

Dos jinetes más bajaron hacia la curva.

—La zona queda cerrada —dijo el primero—. Regresen a Halver.

Eda mostró la orden del ataúd.

—Transportamos registros del regente.

—Revisaremos el carro.

—En presencia de un archivero.

—La emergencia suspende esa condición.

Kaoran vio el segundo cilindro salir del conducto. La corriente lo llevó más allá de la red. Había quedado atrapado bajo una rama.

Teren avanzó hacia él.

Un jinete la vio.

—¡Detente!

Kaoran tomó la honda.

El pecho protestó antes de tensarla. Bajó el arma.

—Teren —llamó—. Compórtate como inspectora.

Ella entendió. Sacó una cinta de medir, se agachó junto a la rama y anunció una cifra absurda sobre el nivel del agua. Guardó el cilindro dentro del estuche de herramientas.

El jinete llegó hasta ella.

—¿Qué recogiste?

—Una medida que su capitán debería haber pedido antes de colocar un carro técnico sobre terreno inundable.

Le entregó la cinta.

El hombre examinó los números sin comprenderlos.

Eda cerró el ataúd.

—Los registros parten ahora.

—Falta revisar el carro.

—Su compañero puede acompañarnos hasta el Archivo y registrar allí la inspección.

Ningún soldado quería viajar dos días dentro de un carro de harina por una sospecha sin objeto visible. El primero devolvió la pala.

—Salgan de la zona.

Eda obedeció.

Teren salió del río una curva después con el primer cilindro y se separó hacia Arkhe. Soren regresó por las piedras cuando las patrullas abandonaron el señuelo. Recibió el segundo dentro del estuche de herramientas y tomó una ruta hacia las familias de C-7.

Kaoran esperó el tercero.

Una campana de alarma volvió a sonar en C-0.

Hombres armados llenaban ambas riberas. Su pecho había empezado a silbar. Permanecer añadía un riesgo que ya superaba el límite.

Kaoran dejó una red vacía y se retiró hacia el bosque oriental.

Eda conservó el carro junto a la tercera curva. Su autorización cubría una hora más de inspección. El tercer cilindro llegó cuando Kaoran ya estaba bajo los árboles. Eda lo sacó del agua, lo guardó en el doble fondo del ataúd de registros y tomó el camino de Halver.

Dentro de C-0, Isolde siguió contando.

Isolde abrió las abrazaderas de reserva con la llave de Oren. Los cierres activos esperarían al equilibrio. Preparó a los conductores para moverse. Cada persona recibió agua, una manta y un compañero.

—Cuando se abran, seguís a Oren —dijo—. El túnel inferior conduce al bosque.

—¿Y tú? —preguntó la mujer despierta.

—Cierro la ruta.

—La grieta tira de todo cuando cambia la fase.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevo dos años aquí.

Se llamaba Vena Or. Había enseñado cálculo en una escuela de Caleryon. La detuvieron por negarse a corregir cifras de impuestos.

—La fase neutra empieza con tres campanas —dijo—. Dura menos cada mes.

—Oren calcula noventa latidos.

—El último duró setenta y cuatro.

Isolde cambió el tiempo en el plan.

—Gracias.

Desde el bosque llegaron tres destellos y, después, el brillo sostenido del espejo. Rheskan elegía terreno y las redes del río seguían abiertas.

El dragón había llevado a las doce personas hasta la salida inferior. Después regresó bajo la segunda aguja. Mostró a Isolde el aro rojo encajado en una rueda y una línea de presión que llegaba hasta la cámara central.

Había preparado el control inferior.

Oren dejó a los diez de la sala superior preparados para levantarse en cuanto se abrieran las abrazaderas. Vena contaría las campanas y ayudaría a quienes tuvieran menos fuerza. Isolde bajó hasta el distribuidor.

El centro de C-0 era una plataforma suspendida sobre la grieta. Nueve brazos de metal terminaban en un cilindro rojo. Ocho brillaban. El noveno, Oeste-9, estaba oscuro.

Una silla ocupaba el centro.

El hombre atado llevaba meses allí. Tenía el pelo blanco por zonas y la piel cubierta de líneas azules. Una tablilla colgaba de su cuello.

Rian Dorna. Conductor central.

Isolde recordó a su madre en Halver, sosteniendo una lista bajo la lluvia.

Rian abrió los ojos.

—¿Inspección? —preguntó.

—Salida.

—La llave está arriba.

—La encontraremos.