Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 29
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Cendral olía igual.

Hierro mojado, hierba aplastada y piedra después del fuego.

Casi cinco años habían borrado las tiendas, las banderas y los cuerpos. La lluvia seguía reuniéndose en las mismas hondonadas. El río conservaba el giro donde Isolde cayó. En la ladera crecían árboles jóvenes alrededor de las zanjas.

Las Tres Agujas dominaban el valle.

Eran columnas naturales de roca negra. Antes de la batalla servían como referencia para patrullas. Ahora llevaban plataformas, cables y luces azules.

C-0 respiraba debajo.

Isolde observaba desde el bosque oriental. Kaoran estaba a su lado, sentado sobre una raíz. Habían dejado los caballos a dos leguas. Beren y Oren estudiaban el registro dentro de una tienda baja.

—El puente estaba allí —dijo Kaoran.

Isolde miró la línea de piedras que cruzaba el río.

—Sí.

—Podemos entrar por el norte.

—La ruta más corta pasa junto al puente.

—La corta carece de valor si te deja dentro de otro día.

Isolde apoyó la mano sobre la cicatriz bajo las costillas. El cuerpo reconocía el terreno antes que sus ojos. La pierna izquierda se tensaba y dos dedos habían perdido sensibilidad.

Contó una respiración. El río seguía empujando contra las mismas piedras. En la segunda vio a Beren mover una estaca junto a la tienda. Oren discutía el sitio del canal en su dibujo.

Aflojó los dedos al tomar la tercera.

—Déjame mirar el puente.

Kaoran esperó sentado. Isolde siguió con los ojos la orilla desde el soporte roto hasta las luces de las Tres Agujas. Darian había cerrado aquella salida. El camino de hoy estaba delante y podía compararlo con el del norte.

—Entraremos por aquí —dijo—. El conducto de agua queda más cerca. Si la primera guardia sigue sobre la ribera, tomamos la otra entrada.

Kaoran acercó el mapa.

—Muéstrame dónde cambiaríamos.

—Dos puestos en la ribera. Patrullas cada media hora. Un núcleo bajo la segunda aguja. Carros de agua en lugar de mineral.

—¿Por qué agua?

—Para enfriar el distribuidor.

Oren salió de la tienda.

—La sincronía ha empezado antes.

Llevaba una tira del registro y un dibujo del cilindro de cierre. Había pasado tres días comparando las marcas.

—¿Cuánto? —preguntó Isolde.

—Cinco días.

—Neraval debía llegar en grupos durante dos semanas.

—Varek ha sustituido la carga humana. Usa las estaciones del este.

Beren apareció detrás.

—El registro menciona cuarenta y dos conductores en C-0.

—¿Prisioneros?

—Técnicos, soldados sancionados y personas sin origen. La categoría permite cualquiera.

Kaoran tomó el dibujo.

—Objetivos.

Oren señaló tres niveles.

—Primero liberamos a los conductores. Después registramos las mediciones. El distribuidor debe detenerse cuando las nueve líneas estén en equilibrio.

—Ocho —dijo Isolde—. Oeste-9 está cerrada.

—El hueco crea una desviación. Por eso adelantan la sincronía. Si retiramos el conductor central durante la fase alta, la presión puede rasgar la Cicatriz.

—Esperamos la fase neutra.

—Dura noventa latidos. Beren tendrá que abrir las abrazaderas mientras yo retiro el registro de presión.

—¿Y yo?

—El conductor central responde a fuego vinculado.

Kaoran miró el cielo vacío.

Rheskan seguía fuera. Habían encontrado otra marca de garras junto al camino, orientada hacia Cendral. El vínculo llevaba dos días lleno de roca y cansancio.

—Puede estar dentro —dijo Isolde.

—También puede haber elegido otra estación —respondió Kaoran.

—Lo sé.

—¿El plan depende de él?

—Depende de que el distribuidor reconozca mi fuego. Si Rheskan llega, elegirá su tarea.

Kaoran dobló el dibujo.

—Salidas.

Beren mostró el mapa. Un conducto de agua terminaba en el río. Un túnel de mantenimiento salía junto a la primera aguja. La ruta principal subía por una rampa vigilada.

—El conducto puede llevar documentos —dijo—. Oren ha preparado tres cilindros flotantes.

—¿Quién los recoge? —preguntó Isolde.

—Una cuadrilla de Halver espera río abajo. Uno irá hacia Aelyn por el hilo gris. Otro viajará a Arkhe. El tercero quedará con las familias de C-7.

—Personas.

—Mismo conducto hasta la ribera. Después bosque oriental.

—Límite.

Beren miró la ballesta de Tavra.

—Los conductores salen antes de perseguir a Leth.

—¿Y si aparece?

—La salida sigue primero.

Isolde sostuvo su mirada.

—Bien.

—Sigo queriendo matarlo.

—Lo sé.

Beren colocó la ballesta sobre el mapa, junto a las sillas que tendría que abrir. Después comprobó la cuerda y volvió a colgársela.

Kaoran dejó el mapa sobre la raíz.

—Mi posición estará aquí. Puedo ver las tres agujas y enviar señales por el río.

—Te quedas con dos personas —dijo Isolde.

—La cuadrilla de Halver.

—Dos contigo. Las demás reciben los cilindros.

—Eso reduce manos abajo.

—Aumenta tu salida.

Kaoran señaló su pecho.

—Respiro desde hace semanas.

—Quiero que continúes.

Él guardó el espejo de señales.

—Dos personas.

La noche cayó sobre Cendral.

* * *

El puente conservaba una cuerda nueva.

Isolde la encontró atada al mismo soporte que Darian había cortado durante la batalla. El cáñamo estaba encerado y llevaba campanillas. Un guardia podía cerrar la ruta desde la otra orilla.

Beren sacó un tubo de aceite.

—La quemo.

—Sonará cuando pierda tensión.

—¿La congelamos?

—Cruzo primero.

Isolde se metió en el río.

El agua alcanzó la herida antigua. La corriente tiró de sus piernas. Durante un instante volvió a sentir la caída, el peso del vestido de batalla y el aire que desaparecía.

Una garra antigua se apoyó dentro de su conciencia.

Ydrael esperaba bajo la piedra.

Isolde tocó el lecho del río con una mano.

—Estoy aquí.

La presión respondió desde C-0.

Avanzó bajo el puente y llegó a la otra orilla. Cortó las campanillas una por una. Beren y Oren cruzaron por las piedras.

El primer puesto estaba vacío.

Había dos tazas calientes y una silla caída. Las huellas salían hacia la primera aguja. Algo había llamado a los guardias.

Isolde encontró cuatro surcos sobre la puerta.

Rheskan.

Esta vez la marca terminaba con una línea hacia arriba.

Una sombra pasó entre las nubes.

El dragón descendió detrás de la aguja.

Llevaba una cadena azul alrededor del cuello.

El metal estaba roto. Un extremo golpeaba sus escamas al caminar. Tenía heridas en las alas y barro hasta el pecho. En la boca sostenía un aro de piedra roja.

Isolde dio un paso.

Rheskan dejó el aro en el suelo. Le mostró túneles, tres estaciones y jaulas vacías. Había seguido la red, cortado un enlace y encontrado una entrada inferior a C-0.

Después mostró la cadena.

Llevaba dos días rompiéndola contra la roca.

Isolde acercó las manos al cierre.

Rheskan enseñó los dientes.

—¿Quieres que la quite?

El dragón bajó la cabeza.

Isolde examinó el metal. La anilla se había deformado. Usó una cuña y fuego breve. Beren tiró del extremo cuando Rheskan indicó el ángulo con una imagen.

La cadena cayó.

Rheskan la empujó hacia el río.

—Tú eliges tu objetivo —dijo Isolde—. Hay cuarenta y dos personas dentro. El distribuidor debe cerrarse durante la fase neutra.

Rheskan mostró el túnel inferior. Había placas, una cámara de agua y dos jaulas ocupadas.

—¿Personas?

Una niña y un hombre viejo aparecieron en su respuesta.

—Empieza por ellos si quieres.

Rheskan tomó el aro rojo y se internó entre las rocas.

Había hecho su plan antes de encontrarlos.

Isolde, Beren y Oren subieron hacia la primera aguja.

La entrada de mantenimiento estaba detrás de una cisterna. Oren usó el cilindro de Oeste-9 sobre el cierre. Una de las nueve líneas se apagó. La puerta abrió una ranura.

Entraron.

C-0 descendía en espiral alrededor de una grieta roja.

La herida en la piedra tenía tres metros de ancho. Luz, calor y viento salían de ella. Las paredes del complejo se habían construido después de la batalla. Mortero fresco cubría las juntas. Tuberías de agua enfriaban plataformas donde las placas azules dirigían presión hacia el centro.

La Cicatriz estaba abierta delante de ellos.

Isolde esperaba una fuerza salvaje. Encontró válvulas, turnos escritos y cubos numerados.

Alguien cuidaba la fractura cada día.

Oren abrió un armario de control.

—Registros.

Había cinco libros. Cada página anotaba hora, estación, presión y respuesta. La mañana posterior al cierre de Oeste-9 mostraba una caída en la grieta. El supervisor había ordenado aumentar carga desde el este.

Beren leyó la siguiente línea.

— La lesión inicia contracción espontánea. Compensar hasta recuperar anchura operativa.

—Copiadla —dijo Isolde.

Oren colocó papel fino sobre la página y frotó carbón. Las letras aparecieron invertidas. Beren tomó el segundo libro.

—Aquí están los conductores.

Cuarenta y dos nombres. Treinta y uno seguían marcados como activos. Cinco habían muerto durante la última semana. Junto a los seis de reserva había una anotación de esa mañana: trasladados al este antes de la sincronía.

Beren copió esa línea aparte. Quedaban treinta y una personas a las que podían encontrar dentro; las otras seis tendrían que seguir en la búsqueda.

—¿Dónde? —preguntó Isolde.

Oren señaló tres niveles.

—Hay diez puestos en cada aguja y doce en la cámara inferior. Algunos estarán vacíos; revisaremos todos.

—Rheskan ha visto dos abajo.

—Las otras diez pueden estar detrás de la pared de enlace.

Una campana sonó dentro del complejo.

Cambio de turno.

Isolde guardó los calcos. Bajaron por la espiral hasta la primera sala de conductores. Diez sillas rodeaban una placa. Ocho estaban ocupadas. Dos personas llevaban uniformes de soldados sin insignias. Las otras seis vestían ropa de trabajo.

Un técnico vigilaba los pulsos.

Beren entró con la ballesta.

—Apártate de la mesa.

El hombre levantó las manos.

—Si interrumpes la fase, los matas.

—¿Cuándo se abren las abrazaderas?

—Durante equilibrio.

—¿Cuánto falta?

—Tres horas.

Oren revisó los indicadores.

—Miente. Faltan cuarenta minutos.

El técnico miró el cilindro.

—Eso pertenece a Oeste-9.

—Pertenecía —dijo Beren—. Nara salió viva.

El nombre cambió la cara del hombre.

—¿Nara Vel?

—Sí.

—Es mi hermana.

Beren bajó un poco la ballesta.

—Está con familias del oeste. Puede hablar.

—La comisión dijo que había muerto durante un sabotaje.

—La comisión necesitaba que siguieras trabajando.