28 #4
—Después te pagó el remo —dijo alguien.
—Pagó la mitad. Decía que la otra mitad correspondía a mi vergüenza.
Una curandera recordó que Tavra aprendía las dosis y luego discutía el sabor.
Un hombre del barrio sur contó que había vigilado tres noches a su hija enferma.
Oren habló de la cantera y de los seis disparos que mantuvieron libre la salida.
Kaoran describió la precisión con la que Tavra obedecía un límite cuando ese límite pertenecía a otra persona.
Beren escuchó hasta que Ena le tocó el brazo.
—Te corresponde.
Él sacó la hoja de Oeste-7.
—Tavra llevaba veintitrés nombres.
Los representantes se acercaron.
—Varek puede encontrar una lista —continuó Beren—. Le costará más encontrar seis.
Dividió los nombres. Cuatro viajaron con el norte. Cuatro, con el río. Los huertos tomaron otros cuatro. El barrio sur recibió cuatro. Los talleres guardaron cuatro. Los tres últimos quedaron con la gente del túnel.
—¿Quién conserva el conjunto? —preguntó la escriba.
—Cada barrio aprende los nombres de los demás al llegar al siguiente refugio —dijo Beren—. Dentro de dos días, todos podrán reconstruirlo.
—Tú los sabes —dijo Ena.
—Sí.
—La comisión puede capturarte.
Beren dobló la hoja original.
—Por eso dejo de ser el único.
Entregó el papel a la niña que había hablado primero.
—Léelo hasta el final.
La niña empezó. Tropezó con el tercer apellido. Una mujer del río la ayudó. En el séptimo nombre, otra voz se unió. Al llegar al once, Beren cerró los ojos. Tavra había muerto antes de oírlo en la cantera.
Esta vez continuaron.
Veintitrés nombres cruzaron la loma. Las voces cambiaban según el barrio. La lista llegó completa al final.
Después dijeron Tavra Keral .
Isolde sintió el vínculo de Rheskan como un calor lejano. El dragón seguía más allá de las montañas, atento a otra parte de la red. Ydrael aguardaba bajo sus cadenas. La gente de Neraval había construido la ceremonia con una puerta, piedras y una lista repartida.
Bajaron el cuerpo. Beren conservó la ballesta. Colocó sobre la manta una flecha sin punta.
—Decía que las armas descansaban descargadas —explicó.
La niña del túnel dejó un trozo de carbón.
—Para que encuentre las rutas.
Cada grupo añadió una piedra. Seis piedras grandes cerraron la parte superior. Las pequeñas llenaron los huecos. Ena grabó el nombre con un formón. Debajo escribió la cifra de la evacuación: 804 .
—Falta la fecha —dijo el escriba.
—Pon las horas —respondió Ena—. Primera campana: cierre de puertas. Tercera: salida del túnel. Sexta: recuento completo.
—Eso parece un informe.
—Lo es.
Isolde trazó el cruce sobre el mapa. Marcó las rutas que podían acercarse y las salidas que quedaban libres. Añadió la ubicación de la tumba a las copias de los seis barrios.
—Si una patrulla mueve las piedras, la señal cambia —dijo—. Tres montones junto al camino indicarán que el lugar está vigilado. Una flecha clavada en el pino señalará la ruta segura.
—La tumba formará parte del sistema —dijo el anciano.
—Tavra habría pedido una utilidad —respondió Beren.
Ena guardó el formón.
—También habría pedido comida. Llevamos una hora aquí.
Los grupos volvieron a los carros. Las personas encargadas del recuento pasaron por cada fila. Herramientas, mantas y sacos cambiaron de manos según los límites escritos en el aserradero.
Beren se quedó un momento junto a las piedras.
Isolde esperó a varios pasos.
—La casa de su madre tenía una caja —dijo él.
—Quedará donde Tavra eligió.
—La casa ha ardido.
—El lugar sigue existiendo.
Beren miró los caminos.
—Volveré cuando pueda hacerlo sin llevar soldados detrás.
—Puedes elegir compañía.
—Ena conoce el huerto.
Isolde asintió.
Beren se colgó la ballesta. Antes de bajar, tocó el nombre grabado una vez.
En el camino, seis niñas y niños repetían los veintitrés nombres por grupos. Se corregían entre ellos. La lista ya había empezado a sobrevivir a sus custodios.
Los seis grupos partieron al mediodía.
Isolde caminó con el barrio sur hasta el primer cruce. Ayudó a empujar dos carros y revisó la pierna rota de un hombre. Cuando el grupo llegó a la señal acordada, su representante asumió la ruta.
—¿Adónde irás? —preguntó Ena.
—A las Tres Agujas.
—Varek te espera.
—También espera ochocientas personas asustadas en sus carros.
Ena le entregó el mapa de Tavra.
—La casa junto al huerto era suya.
—Lo sé.
—La comisión la quemó después de cerrar la cantera.
Isolde pensó en la caja bajo la escalera.
—Tavra pidió que quedara allí.
—Entonces allí queda.
Ena siguió a su grupo.
Kaoran esperaba en el cruce con Oren. Beren llevaba la ballesta. La respiración del maestro había recuperado el ritmo.
—Seis grupos, doce salidas y dieciocho personas con autoridad para cambiar planes —dijo Kaoran.
—Cada refugio conoce su límite.
—¿Y la leyenda?
Isolde miró el camino vacío donde había desaparecido Neraval.
—Llega cuando puede. Nadie espera quieto.
Kaoran abrió el mapa de C-0.
—Quedan dieciséis días para la sincronía.
Isolde escribió Tavra Keral junto a la ruta de la cantera.
Después marcó las Tres Agujas.