Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 28 #3
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Kaoran recibió a Isolde en un aserradero abandonado. Vio la ballesta de Tavra sobre la mesa y comprendió.

—¿Cómo? —preguntó.

—Leth disparó mientras sostenía la cantera.

—¿Salieron los últimos?

—Todos.

Kaoran tocó la madera del arma.

—¿Qué pidió?

—Que la leyenda aprendiera rutas.

Ena había reunido a los representantes en el aserradero. Traían cuentas de comida para dos días y un mapa donde tres pueblos podían alojarlos.

Isolde dejó la capa quemada junto a la ballesta de Tavra.

—Cevran buscará esos pueblos —dijo.

—También buscan a familias nuestras allí —respondió Ena—. Tendremos que avisarlas.

Durante una hora compararon refugios, heridas y carros.

Kaoran preguntó por los puentes; los guías descartaron dos caminos al saber que los ancianos tendrían que recorrerlos a pie.

Cada barrio eligió dos destinos y un relevo capaz de recibir a quienes necesitaban curas.

Las familias decidieron juntas dónde entrarían en el mapa.

El representante del río pidió que Isolde los acompañara.

—Puedo llegar al primer cruce —dijo ella—. Después sigo hacia Cendral. La patrulla irá detrás de mí.

—Volveremos a necesitar fuego.

Ena señaló el túnel por el que habían salido sus nietos.

—Hoy tuvimos que abrirlo con palas. Busquemos quién puede llevarlas.

El hombre anotó dos nombres. Los huertos reservaron semillas para la siguiente siembra. El barrio norte ofreció seis noches de alojamiento y pidió revisar la harina al tercero. Las barcas aceptarían la carga que decidieran sus dueños al llegar al río.

Un niño miraba la capa sobre la mesa.

—¿Vendrás si ponemos ceniza en otra puerta?

Isolde se agachó a su altura.

—Vendré si recibo el aviso y puedo llegar.

—Entonces pondremos una campana. La oyen antes.

Ena le dio un trozo de carbón para que dibujara dónde.

Beren permanecía lejos de la mesa. Limpiaba la ballesta de Tavra con un paño. La sangre se había secado junto al gatillo.

Isolde se acercó.

—Leth seguirá a Cevran hacia C-0.

—Podemos alcanzarlo antes de las Tres Agujas.

—Podemos.

—Tavra murió por su saeta.

—Lo vi.

—Quiero matarlo.

—Tienes derecho a quererlo.

Beren levantó el arma.

—¿Y a hacerlo?

—Decidirás cuando lo tengas delante. Hoy hay ochocientas cuatro personas que conocen tu cara y necesitan salir de su mapa.

—Siempre hay alguien que necesita salir.

—Sí.

—Así escapó Cevran. Así vivió Darian.

Isolde recibió las palabras.

—También así salió Nara. Tu hermana volvió a abrazarte. Luma sigue con su familia.

—Tavra estaría aquí si hubieras quemado a Leth en la plaza.

—Podría estar. Otros podían haber quedado dentro.

Beren apretó la mandíbula.

—Odio las cuentas que siguen después de un nombre.

—Yo también.

—¿Por qué puedes continuar?

Isolde se sentó en el suelo, junto al banco donde él limpiaba la ballesta.

—Por mi cumpleaños me dio sopa —dijo—. Me preguntó si quería algo más. Estoy pensando en aquella mesa y en cuánto tiempo tendremos que caminar sin que vuelva a sentarse.

Beren dejó el paño. Durante un rato solo se oyeron las voces del aserradero.

—Le faltaron trece nombres —dijo él.

—Tú llegaste hasta el final.

—Esperaba que me corrigiera uno.

Isolde apoyó la mano en el banco, cerca de la suya. Beren cerró los ojos y dejó que el llanto le doblara los hombros. Ella permaneció a su lado hasta que pudo tomar aire.

Al levantarse, él buscó de nuevo el arma.

—La llevaré a C-0. Hoy ayudaré a Ena con los guías.

Isolde le dio el paño limpio que guardaba en la bolsa.

—Tavra pediría que acabaras con eso antes de tocar sus cuerdas.

Beren miró la mancha que aún tenía en la mano.

—Durante horas.

Al amanecer llegaron noticias de Neraval.

Varek había enviado un informe a todas las estaciones. La guerrera anónima había atacado una evacuación, incendiado propiedades y secuestrado a la población. La comisión ofrecía amnistía a quienes regresaran y entregaran información sobre ella.

Cevran colocó patrullas en los caminos hacia tres refugios previsibles.

Las rutas elegidas por los barrios pasaban lejos de los tres.

—El relato llegará antes que nosotros —dijo Ena.

—Enviamos testigos —respondió Isolde.

Cada grupo eligió a dos personas para contar lo ocurrido. Una llevaba la orden de Varek. La otra llevaba nombres, horas y daños. Sus relatos viajarían separados y se compararían en destino.

El registro de Halver permitió añadir los códigos de C-0.

—¿Decimos que vimos tu cara? —preguntó una escriba.

—Podéis contar lo que ocurrió —dijo Isolde.

—¿Escribimos una descripción?

—Eso facilitará la cacería.

Ena intervino.

—Escribiremos lo que hizo. El rostro pertenece a quienes estaban allí.

La escriba aceptó.

El anonimato protegía la ruta hacia Cendral. También permitía que Varek llenara el nombre ausente con cualquier acusación. Neraval respondería mediante hechos verificables.

Antes de partir, Ena pidió que llevaran a Tavra hasta el cruce de los seis caminos.

Habían colocado su cuerpo sobre una puerta del aserradero. Una manta de lana cubría la herida. La ballesta viajaba con Beren. Dos mujeres del barrio de los huertos cargaban la puerta por delante; Oren y un carpintero sostenían la parte trasera.

Quienes seguían en los refugios formaron una fila irregular entre los pinos.

Algunos terminaban de preparar los carros.

Otros habían salido ya hacia los puntos intermedios y dejaron a un representante.

Cada barrio acudió con una piedra, una herramienta y una persona capaz de recordar el camino de regreso.

El cruce ocupaba una loma baja. Desde allí se veían los seis senderos elegidos durante la noche. La lluvia había llenado las rodadas y dejaba franjas oscuras sobre la tierra.

—Aquí puede encontrarla una patrulla —dijo el representante del río.

—También puede encontrarla cualquiera de nuestros grupos —respondió Ena.

—La comisión arrancará su nombre.

Beren dejó la ballesta sobre la manta.

—Lo escribiremos en más lugares.

Ena miró a Isolde.

—¿Qué hacíais con los muertos en tu casa?

La pregunta llegó sin título. Isolde agradeció eso.

—En Caleryon he visto urnas de piedra. La familia se reunía para escuchar el nombre y contar algo de la persona.

—Tavra se reiría de una urna —dijo Beren.

—Se reía de cualquier cosa que necesitara dos criados para moverla —añadió Ena.

Varias personas sonrieron. El dolor cambió de postura dentro del grupo.

La tierra de la loma estaba trabada por raíces y piedras. Los carpinteros trajeron cuñas y mazos. Abrieron una cavidad entre raíces mientras los barrios colocaban piedras alrededor. Trabajaron por relevos. Nadie esperó una orden de Isolde.

Un anciano del norte preguntó quién hablaría.

—Todos los que tengan algo comprobable —dijo Ena.

La primera fue una niña del túnel.

—Tavra me contó dos veces aunque yo dije que ya estaba fuera.

Un barquero levantó la mano.

—Me rompió un remo en la cabeza cuando intenté cobrar por sacar a una familia de Luzmer.