28 #2
Beren y Tavra habían abierto un hueco.
Cevran escuchó ambas.
—Quemen las marcas del barrio norte —ordenó.
Los técnicos clavaron varillas junto a las primeras casas.
La pintura azul sobre las puertas empezó a arder.
El fuego subió por la madera.
La comisión estaba incendiando Neraval con sus habitantes dentro.
Isolde subió al brocal del pozo.
Se quitó la tela del rostro.
La plaza la vio.
Cevran levantó una mano hacia los núcleos.
—¡Viva!
Los técnicos desplegaron placas entre la multitud.
Isolde extendió los brazos.
El fuego de las puertas respondió.
Ochenta y seis marcas ardían en calles distintas. Isolde alcanzó primero las del pozo: reconoció la pintura azul, el aceite que alimentaba cada llama y la corriente que los técnicos habían unido a los núcleos.
Tiró del calor hacia arriba.
Dos puertas quedaron a oscuras. Después otras seis. El fuego siguió la misma pintura por los dinteles, arrancando astillas encendidas que caían en las calles. Una mujer las apagó con su manta; dos niños arrastraron un cubo hasta ella.
Isolde buscó el siguiente grupo de marcas. Las piernas le temblaban sobre el brocal. Vio a Ena señalando el barrio del río y reunió las llamas de aquellas puertas antes de que alcanzaran los tejados.
El cielo de Neraval se llenó de fuego.
Las casas que podía alcanzar dejaron de arder en los dinteles. Los vecinos seguían sacando telas y agua. Ella sostuvo la columna para darles ese tiempo.
Isolde sostuvo las llamas sobre su cabeza. El calor abrió un círculo alrededor del pozo. La gente retrocedió. Cevran ordenó que los núcleos absorbieran la columna.
Las placas se encendieron.
El fuego tiró de los hombros de Isolde.
—¡Ahora! —gritó ella.
Los representantes de barrio tocaron campanas, ollas y puertas. Los grupos abandonaron la plaza por seis calles. El padre de la niña corrió hacia el granero. Ena golpeó a uno de sus guardias con la cabeza y se soltó del otro.
Isolde giró la columna hacia los núcleos.
Cevran sonrió detrás de la máscara.
—Dámelo.
Las placas absorbieron el fuego.
Isolde cortó el vínculo.
La energía acumulada siguió entrando. Las runas se volvieron blancas. Los técnicos intentaron retirar las varillas.
—¡Al suelo! —gritó Isolde.
La primera placa se partió.
Una onda de calor recorrió la plaza. Isolde la condujo hacia arriba. Las ventanas estallaron. Los núcleos cayeron sobre la piedra. Cevran fue arrojado contra un carro.
El fuego se dispersó en el aire como una tormenta roja.
Quienes seguían en la plaza vieron el rostro de la guerrera bajo la luz. Isolde oyó gritar el nombre de Ena y las calles de salida. Bajó del brocal entre aquel ruido.
Ena llegó hasta el pozo.
—Quedan sesenta y tres personas dentro de las casas.
—¿Han cambiado de decisión?
—Cincuenta y ocho. Cinco siguen negándose.
—Lleva a las cincuenta y ocho por el túnel.
—¿Y las otras?
—Diles dónde estaremos. Su puerta permanece abierta hasta que cerremos la ruta.
Ena asintió.
Leth reunió a los soldados junto al puente.
—¡La mujer de fuego ha atacado el traslado! ¡Toda persona que huya será cómplice!
Una anciana levantó su documento.
—Ya nos llamasteis cómplices antes de que llegara.
Rompió el papel.
Las personas a su alrededor hicieron lo mismo.
La plaza se llenó de fragmentos.
Isolde corrió hacia el granero. El carro tres seguía allí. El padre golpeaba la cerradura con una piedra. Los niños dentro gritaban.
Isolde fundió el cierre. Abrió la puerta.
Diecinueve menores bajaron. La niña encontró a su padre. Los soldados que custodiaban el carro habían abandonado el puesto durante la explosión.
—Pozo viejo —dijo Isolde—. La guía lleva una cinta amarilla.
El hombre tomó a dos niños de la mano. Otros adultos aparecieron para ayudar.
La evacuación continuó sin esperar a Isolde.
Era lo que necesitaba ver.
La tercera campana sonó desde la cantera.
Después se cortó.
Isolde sintió el cambio.
Corrió hacia los huertos norte.
* * *
Tavra había abierto la cantera a las nueve y doce.
El hueco permitía pasar de una persona en una. Beren esperaba al otro lado, organizando la bajada hacia el bosque. Oren copiaba nombres para comprobar cada grupo.
Los primeros soldados llegaron a las nueve y catorce.
Tavra los retrasó con dos carros de manzanas. Volcó las ruedas dentro del callejón y siguió pasando ancianos por el hueco.
—Cincuenta y seis —contó Beren.
—Faltan ciento veinte del barrio sur.
—El túnel puede recibirlos.
—Tiene niños dentro.
Una saeta golpeó la pared junto a Tavra.
Los soldados treparon sobre las manzanas. Ella disparó a una pierna y volvió a cargar.
—¡Cerrad la cantera! —gritó Leth desde la calle.
Dos técnicos llevaron una placa hasta el derrumbe. La clavaron en la roca.
El hueco empezó a contraerse.
La piedra se movía atraída por el núcleo. Beren metió una barra entre los bordes.
—¡Se cierra!
Tavra vio a un grupo de ancianos doblar la esquina. Detrás venían cuatro carros de mano.
—Sostén la barra.
—Necesito ayuda.
Tavra guardó la ballesta y empujó desde el otro lado. El hueco dejó de cerrarse.
Las personas pasaron bajo sus brazos.
Leth avanzó con el escudo levantado.
—Tavra Keral —dijo—. Tu padre habría entregado los canales.
—Mi padre cobraba por abrirlos.
—La comisión pagará tu casa.
—Lleva doce años vacía.
Leth atacó.
Tavra soltó la barra para desviar la espada. La piedra se cerró un palmo. Beren gritó su nombre desde dentro.
Ella volvió a empujar.
Leth levantó la hoja otra vez.
Un anciano le lanzó una cesta a la cara. Tavra golpeó su rodilla y lo derribó.
—Ciento sesenta y ocho —contó Oren.
—¿Faltan?
—Treinta y siete.
Tavra respiró entre dientes.
La barra empezaba a doblarse.
Al final de la calle apareció Isolde.
Leth recogió la espada.
Isolde le lanzó una piedra envuelta en fuego. Golpeó el escudo y derritió la correa. El capitán soltó el metal antes de quemarse el brazo.
—¡Pasa! —gritó Tavra.
El grupo del barrio sur alcanzó el hueco. Isolde se colocó junto a la barra. La piedra empujaba con el peso del núcleo.
—Yo sostengo.
—Necesita dos —respondió Tavra.
—Entonces sostenemos.
Los ancianos empezaron a pasar.
Cevran entró en la calle con cuatro técnicos. Llevaban otro núcleo sobre una plataforma. La máscara reflejaba el fuego del cielo.
—Aumentad presión —ordenó.
El hueco se cerró un dedo.
Isolde y Tavra empujaron.
La barra crujió.
—Veintinueve —contó Oren desde el bosque.
Leth tomó una ballesta de uno de los soldados.
Isolde vio el movimiento.
—¡Tavra!
La saeta cruzó la calle.
Tavra giró el cuerpo. La punta entró bajo las costillas.
Sus manos siguieron sobre la barra.
Isolde lanzó fuego contra Leth. Él se arrojó detrás de un muro. Las llamas golpearon piedra y volvieron hacia el cielo.
—Cruza —dijo Isolde.
—Faltan.
—Beren puede sostener desde dentro.
—La barra está doblada. Si cambio el peso, cae.
Sangre oscura cubría el abrigo de Tavra.
—Veintiuno —contó Oren.
Cevran insertó una segunda varilla.
La presión se duplicó.
Isolde sintió la placa como una boca abierta detrás de la roca. Podía llenarla de fuego y romperla. La explosión cerraría el hueco sobre quienes cruzaban.
Esperó.
Una mujer empujó el último carro de mano. Sobre él iba un hombre que había elegido quedarse. Llevaba la llave de su casa alrededor del cuello.
—Cambié de idea —dijo al pasar junto a Tavra.
—Buena hora.
Tavra perdió aire al responder.
—Trece —contó Oren.
Leth disparó otra vez. Isolde levantó una pared de fuego. La saeta ardió y cayó. Cevran usó el núcleo para tirar de la barrera. El frío entró en los brazos de Isolde.
Tavra resbaló.
La piedra se cerró otro dedo.
Isolde sostuvo todo el peso durante un latido. Tavra recuperó apoyo.
—Siete.
Las últimas personas eran los cinco que habían decidido permanecer y dos guías que fueron a buscarlos. Pasaron uno a uno.
—Cero —gritó Oren.
—Ahora tú —dijo Isolde.
Tavra negó con la cabeza.
—La barra cae cuando suelte.
—Yo me quedo.
—Necesitan tu fuego para romper la placa.
—Puedo hacerlo desde aquí.
—La explosión te enterrará.
Isolde agarró la cintura de Tavra con un brazo. Mantuvo la barra con el otro.
—Cuando cuente tres, saltas.
—Nunca obedeces tus propios planes.
—Uno.
—La casa de mi madre tiene una caja bajo la escalera.
—Dos.
—Déjala allí.
—Tres.
Isolde empujó a Tavra por el hueco.
Beren la recibió desde el otro lado.
La barra cayó sobre el hombro de Isolde. La piedra empezó a cerrarse. Cevran cargó el núcleo hasta el límite.
Isolde soltó fuego dentro de la placa.
La presión atrapó la primera llamarada. Ella envió otra. Después una tercera, más estrecha y profunda. Las runas se volvieron blancas.
Isolde se metió en el hueco.
La placa estalló.
La onda la empujó hacia el bosque. Beren la agarró por la ropa. El derrumbe cerró la cantera detrás de sus piernas.
Piedras y polvo llenaron el aire.
Al otro lado, Cevran gritó órdenes. La salida había desaparecido.
—Tavra —dijo Isolde.
Beren estaba de rodillas junto a ella. La saeta había atravesado el costado. Oren cortó el asta y presionó tela alrededor de la herida.
—Necesitamos una curandera —dijo.
Tavra apartó su mano.
—Ha entrado demasiado arriba.
—Cállate —respondió Beren.
—Kaoran estará orgulloso.
Isolde se arrodilló.
—Te llevaremos al refugio.
—Lleva a Neraval.
—Los guías lo hacen.
Tavra miró los grupos que descendían por el bosque. Cada barrio mantenía su cuenta. Los niños del túnel aparecían entre los árboles. Ena levantó una bandera amarilla desde el camino sur.
—Funcionó —dijo Tavra.
—Sí.
—Mi casa sigue allí.
—La caja seguirá bajo la escalera.
—Bien.
Tavra buscó la mano de Beren.
—Oeste-7 tenía veintitrés nombres cuando cerró.
—Los tengo.
—Repítelos.
Beren empezó.
Tavra escuchó los primeros seis. La respiración se le fue haciendo más corta. Al llegar al séptimo, apretó los dedos de Isolde.
—Que la leyenda aprenda rutas —susurró.
Beren siguió contando.
Tavra murió antes del nombre once.
Él terminó los veintitrés.
Isolde mantuvo su mano hasta el final.
* * *
Neraval llegó a los tres refugios antes del anochecer.
Ochocientas cuatro personas respondieron al recuento. Había quemaduras, cortes y dos piernas rotas. Ninguna familia había entrado en los carros de C-0.