28
El castigo de Neraval tenía horario.
A las seis, la comisión cerraría los pozos.
A las ocho, cada familia debía presentarse en la plaza con una manta, comida para dos días y sus documentos.
A las diez, empezarían los traslados.
Quien permaneciera en su casa perdería tierras, ganado y derecho de regreso.
La orden llevaba la firma de Varek.
Isolde la leyó desde la colina. Abajo, ochocientas cuatro personas formaban filas entre huertos mojados por la lluvia. Los soldados habían pintado una marca azul sobre cada puerta. Trece carros esperaban junto al camino de Cendral.
—Necesitarán cuarenta viajes —dijo Beren.
—Tienen veinte carros más al otro lado del río —respondió Tavra.
Había nacido en Neraval. Lo contó durante el trayecto, después de pasar una noche entera preparando rutas sin decir por qué conocía cada muro. Su padre cuidaba canales. Su madre escribía cartas para familias que jamás aprendieron a leer. Los dos murieron antes de que la comisión fundara Oeste-7.
Tavra conservaba una casa vacía junto al huerto norte.
—Los llevarán a C-0 por grupos —dijo Oren—. La sincronía requiere cuerpos distribuidos entre los pozos.
Kaoran estaba sentado contra un árbol. La marcha desde Halver había reabierto el dolor del pecho. Respiraba sin sangre, aunque cada frase le costaba un poco más al final.
—¿Cuántas salidas tiene el pueblo? —preguntó.
Tavra señaló el mapa.
—Un puente de piedra al este. Un vado al sur durante verano. Un túnel de riego bajo los huertos. La cantera vieja sube hacia esta colina.
—El vado seguirá crecido con estas lluvias —dijo Beren.
—Y vigilado —añadió Isolde.
—El túnel cabe para niños y personas delgadas —dijo Tavra—. La cantera lleva años cerrada.
Kaoran miró las filas.
—Cuatro rutas para ochocientas personas. Una funciona.
—Dos —respondió Isolde—. Abriremos la cantera.
—Eso requiere tiempo.
—Tenemos hasta las diez.
—La gente cree que la guerrera vendrá —dijo Tavra.
Isolde bajó el mapa.
En las paredes había dibujos de una figura envuelta en fuego. Algunas casas conservaban un cuenco de ceniza junto a la puerta. Los niños llevaban cintas rojas en las muñecas.
—¿Quién les dijo que venía?
—Nadie —respondió Beren—. La orden menciona colaboración con una figura anónima. Han convertido la acusación en una promesa.
—Esperarán.
—Ya esperan.
Isolde miró a Kaoran.
—Entraré con Tavra. Beren y Oren abren la cantera. Tú preparas refugios en tres direcciones.
—Puedo organizar la salida desde dentro.
—Tu pecho requiere terreno estable.
—La colina es estable.
—Entonces coordina desde aquí.
Kaoran aceptó el mapa.
—¿Qué límite pones al pueblo?
—Salimos antes de que empiecen los carros. Nadie espera una batalla. Nadie se queda para proteger propiedades.
—¿Y tu límite?
Isolde observó las placas azules junto al puente.
—Usaré fuego para mantener abiertas las salidas.
—Eso confirmará que estás aquí.
—Ochocientas cuatro personas confirmarán que salieron.
Tavra se ajustó la ballesta.
—Mi límite es la casa de mi madre.
Isolde la miró.
—¿Qué significa?
—No entraré. Si la veo por dentro, perderé tiempo recogiendo cosas que ya pertenecen a otra vida.
Isolde iba a ofrecerle tiempo para recoger algo. Tavra ya tenía la ballesta apoyada contra la cadera y la vista en los huertos.
—Mi ballesta salió de allí —dijo—. El resto puede esperar.
Isolde guardó el mapa. Se colocó a su lado para bajar, dejando que Tavra eligiera dónde mirar al pasar junto a la casa.
Isolde la siguió.
Entraron en Neraval por el canal de riego. El agua les llegó a la cintura. La reja final estaba oxidada. Tavra conocía una piedra que ocultaba la llave.
Salieron dentro de un cobertizo.
Una mujer mayor las esperaba con seis personas armadas de herramientas. Se llamaba Ena Vol y presidía el consejo de huertos.
—Tavra Keral —dijo—. Tardaste doce años.
—Estaba aprendiendo a volver.
Ena miró a Isolde.
—¿Ella es la guerrera?
—Ella trae un plan.
—Pregunté otra cosa.
Isolde retiró la capucha. El rostro seguía cubierto por una tela gris.
—La comisión empieza los traslados a las diez. Tenemos dos horas para sacar a las familias.
Ena mantuvo la vista en sus manos.
—La gente espera fuego.
—El fuego abrirá una ruta si hace falta. La salida depende del pueblo.
—Los soldados tienen el puente.
—Usaremos la cantera y el túnel de riego. Cada barrio saldrá en grupos de veinte.
Uno de los hombres negó con la cabeza.
—La cantera se hundió.
—La están abriendo desde fuera.
—¿Quién?
—Personas que necesitan que vosotros abráis desde dentro.
Ena examinó el mapa.
—El barrio sur tiene ancianos que no caben por el túnel.
—Irán hacia la cantera.
—La subida es larga.
—Prepararemos carros de mano.
—Los soldados verán el movimiento.
Tavra puso una copia del registro de Halver sobre la mesa.
—Estos son los destinos. C-0 recibe a Neraval como carga de sincronía.
Ena leyó los códigos.
—¿Puedes probarlo?
—El registro ya tiene copias en cuatro rutas —dijo Isolde—. Compara los nombres de esta página con la orden que recibisteis.
La mujer levantó la cabeza.
—Si salimos, quemarán el pueblo.
—Pueden hacerlo aunque os quedéis.
Ena miró por la ventana. Las marcas azules brillaban sobre las puertas.
—Quiero que cada familia elija.
—Tienen una hora para recibir información y decidir. Después las rutas cerrarán.
—¿Te irás con quienes salgan?
—Me quedaré hasta el último grupo.
Tavra golpeó la mesa con un dedo.
—Ese límite no estaba en el plan.
—Lo está ahora.
—Kaoran va a enfadarse.
—Puede anotarlo en el mapa.
Ena reunió a los representantes de los seis barrios.
La evacuación empezó a las ocho y veintitrés.
Los representantes tocaron cada puerta.
Explicaron la orden, mostraron la copia y dieron tres opciones. Las familias podían salir por la cantera, usar el túnel de riego o permanecer en sus casas. Quienes elegían quedarse recibían una señal para cambiar de decisión hasta el último grupo.
Setecientas doce personas se prepararon para salir.
Noventa y dos eligieron quedarse.
Ena anotó cada nombre.
—No voy a obligarlos —dijo.
—Tampoco yo —respondió Isolde.
Tavra reunió carros de mano en el barrio sur. Los ancianos llevaron niños pequeños sobre las mantas. Cada grupo tenía dos guías y una persona encargada de contar. Si alguien faltaba, el grupo seguía y un guía regresaba.
—La leyenda llegará a una parte del pueblo —dijo Isolde a los representantes—. Cada barrio conserva su salida.
Un muchacho levantó la mano.
—¿Cuándo apareces tú?
—Ya estoy aquí.
—Me refiero al fuego.
—Cuando una ruta necesite abrirse.
—¿Y si vienen los soldados?
—Los guías continúan. Yo decidiré dónde contenerlos.
El muchacho miró a Ena.
—Pensé que lucharíamos.
—Luchamos por salir —dijo ella.
El primer grupo entró en el túnel. Cuarenta y tres niños avanzaron con cuerdas atadas a la cintura. Dos mujeres iban delante con lámparas. El canal los llevaría bajo la línea de huertos y saldría cerca del bosque.
El segundo grupo cruzó los cobertizos hacia la cantera.
Beren golpeaba desde el otro lado del derrumbe. Tavra respondió con una maza. Entre ambos quedaban seis metros de piedra y madera.
—Treinta minutos —calculó ella.
—Tenemos noventa —respondió Isolde.
La campana de la plaza sonó tres veces.
Los carros de la comisión empezaron a moverse.
Eran las ocho y cuarenta.
Un pregonero leyó una modificación de la orden. La presencia de actividad clandestina adelantaba los traslados. Cada familia debía presentarse de inmediato.
Cevran entró por el puente.
Llevaba una máscara sobre la quemadura de la cara. Veinte soldados caminaban detrás. Cuatro carros transportaban núcleos azules. Leth Arven iba a su lado, pese a la suspensión de Halver.
—Varek ha reunido a sus dos capitanes —dijo Tavra.
—Uno controla las placas. El otro conoce el pueblo.
—Leth nació al otro lado del río.
—¿Conoce la cantera?
—Sí.
Isolde miró el derrumbe.
—Seguid abriendo. Voy a retrasarlos.
Tavra la agarró por la manga.
—Tu límite era fuego para una salida.
—Aún lo es.
—No persigas a Cevran.
—Tú tampoco.
Se separaron.
Isolde llegó a la plaza dentro de una fila de familias. Llevaba una cesta y la cara cubierta. Los soldados contaban personas, marcaban documentos y dividían grupos por edades.
Una niña fue apartada de su padre.
—Mayores de doce con capacidad de trabajo, carro tres —dijo el escriba.
El padre intentó seguirla. Un soldado le cerró el paso.
—La orden dice familias —protestó.
—La distribución se hará en destino.
Isolde dejó la cesta.
Ena apareció junto al escriba con el registro del pueblo.
—La niña tiene once.
—Parece mayor.
—Su fecha está aquí.
—El registro local queda suspendido.
Ena se colocó entre ambos.
—Entonces careces de fecha para moverla.
La plaza escuchó.
Cevran se acercó.
—Retenga a la consejera de huertos.
Dos soldados agarraron a Ena.
Isolde dio un paso.
Ena la vio.
Negó apenas con la cabeza.
Los grupos seguían saliendo por los barrios. Una pelea en la plaza adelantaría el cierre.
Isolde volvió a la fila.
Cevran ordenó registrar las casas vacías. Leth envió seis hombres hacia los huertos norte y cuatro a la cantera.
El tiempo se redujo otra vez.
Isolde dejó pasar dos carros. Cuando el tercero ocupó el centro del puente, soltó una franja de calor bajo los ejes. La grasa de las ruedas se volvió líquida. Los pernos salieron. El carro se inclinó y bloqueó el camino.
Los caballos se detuvieron sin daño.
—¡Sabotaje! —gritó Leth.
Los soldados buscaron fuego. Solo encontraron metal caliente y una multitud.
Cevran miró las filas.
Sabía que Isolde estaba entre ellas.
—Cerrad la plaza —ordenó—. Revisad manos y rostros.
La gente empezó a apretarse contra las salidas.
Isolde encontró al padre de la niña.
—Llévala hacia el pozo viejo cuando suene la campana —murmuró.
—Está en el carro tres.
—El carro queda junto al granero. La puerta trasera se abrirá.
—¿Quién eres?
Isolde mostró la cicatriz de la mano.
El hombre entendió.
—Pensé que vendrías con un dragón.
—Él elige su camino.
—¿Podrás sacarnos?
—Tu barrio tiene guía. Síguela.
La primera campana de evacuación sonó desde los huertos.
El túnel había recibido a cien personas.
La segunda llegó desde la cantera.