27 #3
Los habitantes cerraron puestos y puertas. Una carreta apareció cruzada en el primer callejón. Un tonel rodó hacia el segundo. Nadie miraba directamente a Isolde. Todos sabían por dónde había pasado.
Llegó al puente alto.
Tavra esperaba con un caballo sin silla.
—El libro va por el túnel —dijo Isolde.
—Kaoran prepara las copias.
—Hay seis detenidos saliendo por los corrales.
—La familia de Dorna los llevará a la ribera.
Subieron al caballo. Tavra tomó las riendas. Cruzaron el puente antes de que Leth recuperara hombres suficientes.
La estación quedó atrás bajo la lluvia.
* * *
Darian bajó a la plaza.
La ceja sangraba sobre el ojo derecho. Los guardias reales habían detenido a dos observadores. Leth seguía fuera, persiguiendo a la mujer sin nombre.
El consejero de archivos recogía páginas del barro.
—Falta el volumen central —dijo.
—Lo recuperaré —respondió Darian.
Sil Dorna se acercó con una lista.
—Mi hijo está aquí.
Señaló una línea. Rian había sido enviado a Oeste-6 como conductor de reserva. El traslado llevaba sello de la comisión y autorización renovada por la regencia.
Darian leyó su propia firma.
—Encontraremos la estación.
—Eso dijiste antes.
La mujer le entregó la hoja.
—La guerrera abrió un carro mientras tus hombres discutían quién mandaba.
Darian miró el patio vacío.
—Los seis detenidos quedan liberados por la inspección. Publiquen sus nombres.
El escriba anotó la orden.
—¿Y el capitán Leth? —preguntó uno de los guardias reales.
—Queda suspendido por desobediencia y uso de fuerza entre civiles.
—La comisión rechazará la suspensión.
—Registre también el rechazo.
Darian sostuvo la lista de Rian.
Isolde podía haberle abierto el cuello. Había sentido el calor junto a la piel y visto la decisión formarse en sus ojos. Su vida dependía ahora de consecuencias que Varek había creado.
Isolde había dejado abierta su responsabilidad ante Halver. Darian miró otra vez la firma de la lista que Sil le había entregado bajo la lluvia.
—Traed el ataúd —ordenó.
Los guardias acercaron el carro negro.
Darian arrancó la placa vacía del lateral.
—Llenadlo con copias de los traslados y llevadlas a Caleryon. El Consejo recibirá el primer inventario.
El símbolo de muerte salió de Halver cargado de nombres.
La lluvia siguió golpeando la plaza después de que el carro cruzara la puerta.
Leth regresó por el callejón sur con barro en las botas y el cierre azul torcido sobre el cuello. Los dos soldados que lo habían acompañado caminaban detrás. Uno se sujetaba la muñeca. El otro evitaba mirar a los guardias reales.
Darian lo esperó bajo el alero de la estación.
—Entrega la espada.
Leth se detuvo a cuatro pasos.
—Mi comisión procede de lord Varek.
—Tu suspensión procede del regente.
Leth sacó del abrigo una tira estrecha de metal azul. El sello de continuidad ocupaba ambos extremos. Varek había preparado una autoridad capaz de viajar en un bolsillo.
—Las amenazas relacionadas con Cendral quedan bajo mando técnico —dijo Leth—. La mujer ha robado el registro y liberado detenidos.
—Los detenidos quedaron libres por orden de la inspección.
—La orden se emitió después del ataque.
—Entró en vigor antes de tu persecución.
Darian extendió la mano.
—La espada.
El capitán miró hacia la galería. Diez guardias reales ocupaban la plaza. Cinco avanzaron hasta colocarse detrás de Darian. Tres conservaron su posición. Dos bajaron la mirada hacia el broche de la comisión cosido en sus capas.
La división ya tenía cifras.
Leth apoyó la mano sobre la empuñadura.
—Si intenta detenerme, la comisión registrará una interferencia contra la seguridad del reino.
—Registra tú esto —dijo Darian al escriba—: el capitán Leth rechaza una suspensión pronunciada ante testigos. Conserva un arma real bajo autoridad privada. Hora: tercera campana después del mediodía.
El escriba empezó a mover la pluma.
Leth observó las ventanas. Los habitantes de Halver miraban desde talleres, corredores y puestos cerrados. La plaza se había convertido en un archivo.
—Abriremos una investigación en Caleryon —dijo.
—Acudirás sin mando y con el arma depositada.
—Varek decidirá eso.
La respuesta recorrió a los guardias. Uno de los hombres situados bajo la galería caminó hacia Leth. Otro lo siguió.
Darian pudo ordenar el arresto. Cinco espadas saldrían de sus fundas. Las otras responderían. La sangre caería sobre las hojas que acababa de prometer al Consejo.
—Abrid las puertas exteriores —dijo.
El jefe de la Casa Real dudó.
—Alteza, puede escapar.
—Quiero que todos vean quién elige seguirlo.
Las hojas de madera se abrieron. Leth pasó entre ellas con sus dos soldados y los dos guardias reales que acababan de unirse a él sin permiso. Tomaron caballos de la comisión y partieron hacia el este.
El escriba anotó los nombres.
Darian los reconoció. Había ascendido a uno tras la batalla de Cendral. Al otro le había concedido una casa para su familia durante el segundo invierno de la regencia. Varek llevaba años construyendo obediencias dentro de sus favores.
Sil Dorna permanecía junto al carro negro. Sostenía la hoja con el traslado de Rian pegada al pecho.
—Le has permitido marcharse —dijo.
—Una detención habría dividido la plaza con acero.
—Mi hijo lleva meses dentro de una división hecha con acero.
Darian sintió las miradas de los habitantes.
—Abriré Oeste-6.
Sil extendió la hoja.
—Escríbelo.
—La estación puede haber cambiado de código.
—Escribe lo que sabes y lo que ignoras. Ya he oído suficientes promesas completas.
Darian pidió una tablilla. El escriba colocó otra hoja sobre ella.
El regente redactó una orden de acceso a Oeste-6, autorizó la presencia de dos testigos civiles y exigió el historial de cambios de cada conductor. Cuando llegó al espacio de la firma, Sil cubrió el papel con dos dedos.
—Añade quién lo envió.
Darian miró la autorización renovada.
—Mi firma permitió el traslado.
—Más alto.
Él repitió la frase para la plaza.
Un murmullo pasó bajo los aleros. El escriba incorporó la declaración. Sil retiró la mano. Darian firmó.
—Quiero una copia —dijo ella.
—Recibirás la primera.
—La primera se queda en la pared de la estación. Yo tomaré la segunda.
El consejero de archivos protestó.
—Una orden real expuesta puede ser alterada.
—Habrá doce copias antes de que se seque —respondió Sil.
Yaren Fol apareció con una tabla de tipos y un cubo de pasta.
Había dejado el pesaje a su ayudante para trabajar con el impresor durante la inspección.
Había reunido hojas caídas, comprobado números y separado duplicados.
Colocó la declaración bajo una prensa pequeña que dos aprendices habían llevado desde su taller.
—Doce tardan media hora —dijo—. Puedo hacer cuarenta.
Darian pensó en retirar el documento. También pensó en los años durante los que sus órdenes habían viajado hacia estaciones cerradas sin que una familia pudiera leerlas.
—Haz cuarenta —respondió.
Yaren preparó la tinta.
—Todas llevarán la relación completa: la liberación de los seis, la suspensión de Leth, los nombres de quienes lo siguieron y la autorización de Oeste-6.
—Incluye que el registro central ha sido sustraído —dijo el consejero.
Sil volvió la cabeza.
—Incluye que una copia salió hacia el Consejo por orden del regente.
—El volumen que tomó la guerrera contiene rutas sensibles.
—También contiene a nuestros hijos.
Darian observó el lugar vacío donde había estado el registro. Isolde había elegido llevarse el conjunto. Él había elegido abrirlo cuando la presión ya cercaba Halver. Cada decisión quedaría en la misma página.
—Imprime ambas frases —ordenó.
El consejero guardó silencio.