27 #2
Vio a Leth levantar la orden de continuidad sobre el cuerpo de Darian.
Los guardias azules cerrarían las puertas.
Las familias se convertirían en testigos de un asesinato.
Aelyn tendría que elegir entre condenarla o perder el Consejo.
Varek heredaría las rutas mediante el mismo expediente que intentaban exponer.
También vio Cendral: la daga de Varek bajo las costillas, la mano de Darian sujetándole la muñeca quemada, su bota cerrando los dos pasos de suelo firme. El soporte cedía y él seguía mirándola.
El fuego le subió por la palma. Darian lo sintió y dejó de respirar un instante.
—Había sitio a tu lado —dijo Isolde.
Él miró el cuchillo.
—Sí.
—Me apartaste de ese sitio.
—Sí.
Durante años había discutido con respuestas que él aún no había dado. Aquella palabra las detuvo todas. Isolde tuvo que aflojar la mandíbula para poder seguir.
—En la plaza prometiste escucharme aunque te resultara difícil. ¿Qué quedó de eso cuando volviste a Caleryon?
Darian rozó con un dedo la marca que llevaba la mesa junto al cierre. Isolde esperó. Quería verle buscar una respuesta hasta el final.
—Guardé el anillo —dijo él.
—Lo vi en tu cadena antes de caer. ¿Qué esperabas conservar?
Darian levantó los ojos.
—A la persona que me lo dio.
Isolde sintió la presión del aro en el dedo, aunque llevaba años sin usarlo. Recordaba el estanque contra las piernas y la alegría de ofrecerle la mano. Había elegido aquel compromiso con condiciones que él había oído una a una.
—Esa persona quería vivir —dijo—. Te pidió que abrieras el paso.
La mano de Darian se cerró sobre la madera.
—Creí que, si regresabas, los partidarios de tu padre se levantarían y perderíamos el reino. Varek me ofrecía el mando. Lo elegí.
—Elegiste también lo que iba a pasarme.
—Te vi en la piedra. Di la orden antes de que cayeras.
La habitación parecía demasiado pequeña para el aire que Isolde necesitaba. Mantener el cuchillo firme le costaba más que al entrar.
—Y después seguiste firmando.
—Varek había puesto hombres suyos en los graneros, en las rutas, junto a mi padre. Cada vez que intentaba reducir una orden, presentaba otra emergencia.
Isolde miró el libro cerrado.
—Podías pedir nombres. Podías abrir estas páginas.
Darian asintió despacio.
—También temía lo que encontraría bajo mi firma.
Aquello le dio una respuesta. El dolor continuaba donde estaba.
—¿Me quisiste? —preguntó.
Darian cerró los ojos. Isolde casi retiró la pregunta. Le avergonzaba seguir necesitándola allí, con las familias aguardando al otro lado de la pared.
—Sí. Te quería cuando preparé aquellos votos. Te quería junto al estanque. En Cendral seguía queriendo volver contigo.
—Volviste solo.
—Elegí el lugar que Varek me ofrecía.
Ella miró la gota que había llegado al cuello de la camisa. Podía recordar la boca de Darian con una precisión que dolía y sostener, al mismo tiempo, el cuchillo contra su garganta. Había querido que una de esas cosas borrara la otra para que decidir resultara sencillo.
Dejó pasar una respiración.
—Mi vida seguirá incluyendo lo que quise contigo —dijo—. Lo que hagas ahora tendrá que sostenerse ante la gente que espera fuera.
Darian abrió los ojos.
Isolde mantuvo el filo en su sitio.
La puerta exterior recibió un golpe.
—Mi señor —llamó el guardia—. El capitán Leth exige acceso.
Darian volvió la cabeza hacia la puerta.
—Diez minutos.
—Ha invocado continuidad preventiva.
—Esa figura carece de validez mientras pueda responder.
—Pide que respondáis ante testigos.
Isolde oyó pasos en el pasillo. Leth estaba usando su ausencia para declarar incapacidad.
Darian señaló la caja con la mirada.
—La tercera cerradura se abre con la lámina.
—Cevran la tiene.
—Neral hizo una impresión antes de que Varek guardara la caja. Está bajo la balanza.
Isolde mantuvo el cuchillo en su cuello mientras buscaba con la otra mano. Encontró una placa de arcilla endurecida, delgada y marcada con los nueve círculos.
—¿Preparaste esto para mí?
—Lo preparé para abrir el libro sin Cevran.
—Sabías que vendría.
—Sabía que alguien seguiría las rutas.
Isolde encajó la impresión en el tercer hueco.
El cierre se abrió.
El registro contenía tiras de rutas, sellos de transporte y nombres escritos sobre márgenes estrechos. Oren había descrito la marca central: una línea roja bajo Cendral, seguida por la entrada activa.
Isolde la encontró.
Distribuidor C-0. Acceso por Halver, ramal de las Tres Agujas. Próxima sincronía: veinte días.
Debajo aparecían once convoyes.
—¿Conocías esto? —preguntó.
Darian leyó la línea.
—El acceso figuraba como ruta de suministros.
—Once convoyes llevan personas.
—Veo los nombres.
—Siempre estuvieron ahí.
—Los libros que recibía usaban códigos.
—Podías pedir los nombres.
Darian sostuvo su mirada.
—Sí.
La puerta tembló bajo otro golpe.
Leth habló desde el pasillo.
—Regente, la comisión asume custodia temporal.
Los dos guardias reales discutieron con él. Había más hombres detrás.
Darian tomó la caja de sellos y la arrojó contra la ventana. El cristal se rompió. La plaza quedó visible.
—¿Qué haces? —preguntó Isolde.
—Responder ante testigos.
Se acercó al hueco.
—¡Capitán Leth! —gritó—. Sigo consciente y he abierto el registro. Toda orden preventiva queda anulada.
Las familias lo oyeron.
Los escribas levantaron la cabeza. Leth quedó atrapado entre el protocolo y la plaza.
Darian volvió hacia Isolde.
—Tienes un minuto.
—Puedo llevarme la tira.
—Varek dirá que la fabricaste. Lleva el libro.
—Te conviene que desaparezca.
—Me conviene que aparezca donde él carezca de control.
Isolde bajó el cuchillo.
La gota de sangre había llegado al cuello de su camisa.
—Vives por lo que ocurriría después —dijo.
—Lo entiendo.
—Esa razón puede cambiar.
—También lo entiendo.
Isolde tomó el registro.
Darian agarró su muñeca antes de que se apartara.
El fuego respondió bajo sus dedos. Isolde dejó el libro sobre la mesa y miró la mano cerrada sobre ella.
—Suéltame.
Darian abrió los dedos. La presión había dejado una marca roja alrededor de la muñeca de Isolde.
—Aelyn conserva una copia del expediente. Varek sabe que existe.
Isolde recogió el registro con ambas manos.
—Entonces retira las guardias de su puerta y deja que decida por dónde enviarla.
—La comisión...
—Conoces las órdenes que llevan tu sello.
La puerta volvió a temblar. Darian se apartó del camino hacia la ventana.
La puerta empezó a abrirse.
Isolde golpeó a Darian con la empuñadura.
Él cayó contra la mesa. La herida de la ceja parecía suficiente. Isolde volcó la balanza, metió el registro dentro de una bolsa de grano y saltó por la ventana rota.
La plaza la vio caer.
Isolde aterrizó sobre el toldo de los escribas. La tela se rasgó. Cayó entre dos mesas, con la bolsa contra el pecho.
Leth salió de la sala de pesaje.
—¡Detenedla!
Los observadores de la comisión cerraron la salida norte. Los guardias reales seguían dentro del edificio, atendiendo a Darian.
Las familias formaban una pared al oeste.
Isolde corrió hacia el patio de transportes.
Un soldado lanzó una red. Ella saltó sobre una mesa. Los plomos golpearon las listas de nombres y las arrastraron al barro. Sil Dorna recogió una página antes de que la pisaran.
—¡Aquí están! —gritó—. ¡Los nombres están aquí!
Otras personas se agacharon. Cada mano levantó una hoja.
Los soldados dudaron ante la multitud.
Leth desenvainó.
—¡La figura lleva material militar!
—¡El registro se ha abierto por orden real! —respondió el consejero de archivos.
—¡Ha robado el volumen central!
Isolde llegó al patio.
Tres carros esperaban junto a las cuadras. Dos llevaban jaulas vacías. El tercero tenía seis personas dentro. La orden de inspección había detenido su salida durante unas horas.
Un guardia cerraba la puerta.
Isolde le golpeó la muñeca con la bolsa. La llave cayó. Una mujer dentro del carro la recogió entre los barrotes.
—Abre —dijo Isolde.
—Nos dispararán.
—La salida sur queda detrás de los corrales.
La mujer giró la llave.
Los seis bajaron. Dos familias de la plaza los reconocieron. El patio se llenó de gritos.
Leth llegó con cuatro hombres.
—¡Fuego autorizado!
Los soldados levantaron ballestas.
Darian apareció en la ventana rota, con sangre sobre una ceja.
—¡Bajad las armas!
—El registro está comprometido —gritó Leth.
—Hay civiles en la línea.
—La continuidad permite fuerza letal.
—Yo sigo gobernando.
Los guardias reales entraron en la plaza. Se colocaron frente a las ballestas de la comisión.
La división abrió un corredor.
Isolde llevó a los seis detenidos hacia los corrales. Sil caminó detrás con un puñado de hojas. Otros habitantes se unieron. La comisión podía perseguirla o contener la plaza.
Leth eligió perseguirla.
Dos hombres lo acompañaron por el callejón sur.
Isolde saltó una valla y llegó al canal de compuertas. El río había crecido con la lluvia. Beren esperaba bajo el puente, dentro de una barca de fondo plano.
—¡El libro! —gritó.
Isolde lanzó la bolsa.
Beren la atrapó. Oren abrió la cubierta y guardó el registro.
—¡Salid! —ordenó Isolde.
—Faltas tú.
—Os seguiré por el puente alto.
Beren cortó la amarra. La corriente llevó la barca hacia el túnel del molino.
Leth apareció detrás de Isolde.
—Se acabó la ruta.
Tenía la espada levantada. Los dos soldados cerraron los lados del canal.
Isolde sacó el cuchillo.
—Tu regente ha ordenado bajar las armas.
—Lord Varek gobierna las amenazas.
—Díselo a Darian.
—Su incapacidad se documentará hoy.
Leth atacó.
Isolde desvió la hoja y entró bajo su brazo. Golpeó el broche azul con la palma. El cierre se clavó en su cuello. Leth retrocedió.
Los soldados avanzaron a la vez.
Isolde arrojó fuego al canal.
La superficie se convirtió en vapor. Los hombres perdieron la vista. Ella saltó sobre una rueda de compuerta, agarró la cadena y se dejó llevar hasta la pasarela alta.
Una saeta atravesó su capa.
Isolde cortó el tejido y cayó al otro lado de la barandilla. La pierna izquierda recibió el impacto. Rodó sobre las tablas, se levantó y corrió.
El campanario marcó una alarma.