Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 27
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Darian llegó a Halver con un ataúd vacío.

El carro negro viajaba detrás de su escolta. En los laterales llevaba el sello real y una placa de cobre donde podía grabarse un nombre. Los habitantes de la estación lo vieron entrar bajo la lluvia y entendieron el mensaje: el regente esperaba muertos.

Isolde observaba desde el campanario de un almacén.

La plaza estaba llena. Familias de personas trasladadas ocupaban la mitad occidental. Los escribas del Consejo esperaban bajo un toldo. Doce guardias de la Casa Real rodeaban a Darian. Seis observadores de la comisión vigilaban puertas y tejados.

La noche anterior, Isolde había hablado con tres personas de Halver dentro del mismo campanario.

Sil Dorna llegó primero. Llevaba dos años siguiendo el nombre de su hijo por registros contradictorios.

Harel Senn, guardia de la Casa Real, entró después con la coraza escondida bajo una capa.

Su hermana figuraba en C-7. La última fue Yaren Fol, encargada de pesar los libros antes de cada traslado.

Ninguno conocía la identidad de Isolde.

—El regente abrirá cuatro volúmenes —dijo Yaren—. El central permanecerá bajo tres llaves.

—La tercera viaja con la comisión —respondió Isolde.

—Cevran la tiene. Darian ha pedido una impresión al Archivo.

—¿Accederá a entregarla?

—Accederá a usarla. Entregarla implica perder el único control que conserva sobre el registro.

Harel puso un dibujo de la plaza sobre el suelo.

—La Guardia está dividida. Doce vienen con Darian. La mitad trabajó con él antes de la regencia. Los hombres de Leth ocupan las salidas.

—¿Qué harán si Darian cae? —preguntó Isolde.

—El protocolo obliga a entregar armas a la comisión hasta que el Consejo confirme sucesión.

—¿Obedecerán?

Harel miró la escalera.

—Cuatro tienen familia bajo custodia. Tres reciben comida de almacenes de Varek. Los demás pueden luchar. La plaza quedaría entre ambos grupos.

Sil Dorna golpeó el suelo con un nudillo.

—Mi hijo lleva dos años entre esos libros. Me importa poco quién gobierne después de abrirlos.

—Importará si vuelven a cerrarlos —dijo Yaren.

—¿La guerrera piensa matar a Darian? —preguntó Sil.

Isolde sostuvo su mirada.

—Piensa sacar el registro.

—Eso evita la pregunta.

—La respuesta dependerá de lo que encuentre y del coste en la plaza.

—Mi hijo también paga costes mientras decidís.

—Por eso abriremos el libro mañana.

Sil se acercó.

—La gente cree que el fuego resolverá la inspección. Si apareces, pueden atacar a los guardias.

—Diles que recojan cada hoja que caiga y mantengan libres las salidas civiles.

—Esperan una batalla.

—Necesito testigos.

—Eso decepcionará a muchos.

—Seguirán vivos para quejarse.

Sil aceptó la tarea.

Yaren marcó el conducto bajo la sala de pesaje y entregó a Isolde los tornillos exactos de la rejilla. También dibujó la balanza donde Darian escondería la impresión.

—¿Por qué ayudas? —preguntó Isolde.

—He pesado libros que salían con más nombres de los que traían al volver. Cada diferencia terminaba bajo una firma ajena a mi mesa. Mañana quiero verla delante de todos.

Harel eligió su límite.

—Mantendré a los guardias reales fuera de la sala durante diez minutos. Si empieza combate en la plaza, protejo a las familias. No seguiré el registro fuera de Halver.

—Aceptado.

Sil abriría los corrales cuando cayeran las hojas. Yaren conservaría una copia pública. Cada persona tenía tarea y salida.

Antes de marcharse, Sil volvió a preguntar:

—¿Quién eres?

—La persona que entrará por el conducto.

—Eso tampoco responde.

—Mañana basta.

Ahora Sil estaba entre la multitud. Harel ocupaba la puerta de la sala de pesaje. Yaren esperaba junto a los volúmenes.

El plan seguía vivo alrededor de Darian.

Kaoran permanecía en una casa de curtidores al otro lado del río. Podía caminar sin ayuda y viajar distancias cortas. La tos seguía, sobre todo al amanecer. Isolde había prohibido que cruzara el puente.

—Una prohibición solo funciona si tienes guardias —había dicho él.

Tavra respondió que ella disponía de cuerda.

Kaoran aceptó quedarse.

Beren y Oren esperaban junto a la compuerta sur. Su tarea consistía en copiar el registro cuando Isolde lo sacara. Después cada volumen seguiría una ruta distinta.

El plan dependía de que Darian abriera el archivo.

Lo hizo al mediodía.

Subió a una tarima frente a la estación. Llevaba un brazal real sobre la manga y la quemadura de la marisma visible en el cuello.

—Durante cuatro años —dijo—, Halver ha registrado traslados bajo códigos de emergencia. A partir de hoy, cada entrada tendrá nombre, destino y autoridad firmante. Las familias podrán solicitar copia.

Una mujer levantó una hoja.

—Mi hijo salió por C-7 hace dos inviernos. La comisión dice que llegó a Arkhe. Arkhe dice que el carro iba vacío.

Darian indicó a un escriba que tomara el documento.

—Buscaremos ambos registros.

—Ya los buscó Aelyn Teravel.

La plaza murmuró.

—Su equipo comparte información con esta inspección —respondió Darian.

—¿Cuándo volverá mi hijo?

Darian miró la hoja.

—Aún carezco de esa respuesta.

—Tienes una corona sobre la silla de otro hombre. Encuéntrala.

Los guardias se tensaron.

Darian bajó de la tarima y recibió la hoja de sus manos.

—Nombre.

—Sil Dorna.

—El de tu hijo.

—Rian Dorna.

Darian repitió ambos para el escriba.

Isolde conocía el gesto. Cuando Darian quería que una sala confiara en él, abandonaba la altura y pedía un nombre.

Años atrás lo había visto escuchar a soldados, nobles y criados con la misma atención.

Aquella habilidad había hecho posible amarlo.

Ahora sostenía una regencia construida sobre ausencias.

El capitán de la comisión se acercó a la tarima. Se llamaba Leth Arven. Tenía el cabello gris y un broche azul en el cuello.

—La apertura del registro expone rutas activas —dijo.

—Las páginas militares tendrán copia restringida —respondió Darian.

—Lord Varek ha suspendido el acceso hasta completar la evaluación de Oeste-9.

—Lord Varek carece de mando sobre esta inspección.

Leth mostró una orden.

—El protocolo de continuidad concede a la comisión control de las rutas ante una amenaza contra el regente.

—Sigo aquí.

—La amenaza también incluye incapacidad, captura o muerte.

El ataúd vacío ocupaba el fondo de la plaza.

Isolde comprendió por qué Darian lo había llevado. El protocolo exigía una prueba visible de su muerte antes de transferir autoridad. El carro declaraba que la comisión tendría que mostrar un cuerpo.

—La inspección continúa —dijo Darian.

Leth bajó la orden.

Los guardias reales abrieron el archivo.

Cuatro libros salieron dentro de cajas separadas. El central era de cuero azul, con cierres de hierro. Oren había explicado que guardaba las entradas activas hacia Cendral. Cada vez que una estación cambiaba acceso, el libro recibía una tira nueva.

Darian tomó la caja azul.

—La revisaré en la sala de pesaje —dijo.

—Debe permanecer ante los escribas —protestó Leth.

—Compararé los códigos militares antes de entregar páginas públicas.

—Irá acompañado por la comisión.

—Irá acompañado por mis guardias.

Darian eligió a dos. Cruzó el patio hacia un edificio bajo junto al río.

Isolde bajó del campanario.

Había preparado tres caminos. El primero entraba por el tejado de la sala de pesaje. El segundo seguía un conducto bajo el muelle. El tercero consistía en cruzar la puerta con una identificación falsa.

Eligió el conducto.

La lluvia llenaba el canal hasta la mitad. Isolde entró con el cuerpo pegado a la piedra. Avanzó entre agua helada y raíces. La rejilla final estaba bajo el suelo del archivo.

Escuchó voces encima.

—Espere fuera —ordenó Darian.

—Mi señor, la comisión tiene hombres en el patio —respondió un guardia.

—Por eso necesito que vigiles la puerta.

—¿Y el libro?

—Lleva cuatro años encerrado. Sobrevivirá diez minutos conmigo.

Los dos guardias salieron.

Isolde retiró los tornillos de la rejilla.

Darian abrió la caja.

El registro tenía un cierre de tres dientes. Usó una llave real y otra tomada del inventario. El tercer hueco quedó vacío.

La lámina de cobre de Oeste-9.

Cevran se la había llevado.

Darian sacó una herramienta fina y empezó a trabajar sobre el cierre. Isolde levantó la rejilla sin hacer ruido.

El agua cayó de su ropa.

Darian vio el reflejo en una balanza de metal.

—Has elegido el camino más frío —dijo.

Isolde salió del conducto.

—El tejado estaba vigilado.

Él dejó la herramienta sobre la mesa.

—Mis guardias pueden entrar en un grito.

—Grita.

Darian miró el agua que caía de su capa. Acercó un paño limpio a la balanza y dejó libre el espacio entre ambos.

Isolde reconoció el gesto. Podía recordar sus dedos retirándole el pelo mojado del cuello junto a la fuente, la respiración compartida hasta que el miedo perdía fuerza. Tomó el paño con la mano izquierda y se secó el agua que le resbalaba hacia la empuñadura.

—El registro —dijo.

—Varek espera que vengas.

—Tú también.

Darian miró la rejilla abierta.

—Esperaba una señal.

—Has dejado una entrada y traído un ataúd.

—El protocolo lo obliga a mostrar mi cadáver antes de reclamar el mando.

Isolde avanzó hasta poner la punta bajo su mandíbula. El paño cayó junto a la balanza.

—¿Has calculado qué haré al verlo?

Darian mantuvo las manos abiertas sobre la mesa. Ella observó la línea del pulgar, una uña rota, el temblor que intentaba detener apoyando más peso en la madera. Había besado aquellas manos. Ahora le bastaba un giro para impedir que volvieran a firmar.

—La plaza quedará bajo la comisión —dijo él—. Aelyn perderá el Consejo. Leth cerrará el libro antes de que llegues al conducto.

—He hablado con gente de Halver.

—Entonces sabes lo que ocurrirá.

La punta entró en la piel. Una gota bajó hasta el borde de su camisa.

—Sé lo que has puesto entre tu vida y mi cuchillo.

Darian tragó. El movimiento rozó el filo.

—Tendrás que decidir con ello.

Isolde podía cortar la arteria antes de que los guardias alcanzaran la puerta. Había practicado el movimiento miles de veces. Un giro pequeño, un paso atrás, la salida por el conducto.

Vio el ataúd en la plaza.